La ventana de la cocina estaba entreabierta, como siempre. Bigotes, un gato rabeno de pelaje naranja, se deslizó por la abertura sin hacer ruido. Su ausencia de rabo le confería un aire de bola de billar viviente, un torpedo felino que se movía por la casa con la seguridad de un capitán en su propio barco. Se estiró con parsimonia, saltó a una silla y, sentado allí, observó la cocina como un terrateniente sus dominios.
Marise preparaba un café cuando llegó. Levantó la vista y sonrió.
—A buenas horas aparece por casa el señorito. ¿Ha tenido un buen día cazando murciélagos en el tejado?
Bigotes la ignoró con el desdén de un duque hacia su plebe. Saltó al suelo, recorrió el pasillo, el sofá, la estantería donde se acurrucó entre los libros, y finalmente se estiró en la franja de sol que entraba por el balcón.
Marise se apoyó en la encimera, con la taza humeante entre las manos. El reloj marcaba las once. En la casa solo se oía el silencio. Qué vida se dan los gatos, pensó. Tan dueños de todo, tan reyes de la casa… solo les faltaba con quien compartir el trono. Apuró el café, dejó la taza en el fregadero y cogió las llaves. Había que hacer la compra. Cerró la puerta con un golpe seco que resonó en el pasillo vacío.
En el centro comercial, tentada por una camisa de tonos cálidos, entró en una tienda. Tomó una cesta, pero pronto notó que miraba las prendas sin verlas. Cogió aquella camisa de colores vivos, quizá porque necesitaba un poco de luz, y se dirigió a la caja. Allí se topó con una escena desconcertante: donde antes había seis dependientas, ahora solo quedaba una. El resto lo ocupaban máquinas de autopago.
—¿Qué es esto? —preguntó en voz alta.
A su lado, una voz conocida respondió:
—La modernidad, Marise. Nos están sustituyendo.
Se giró. Era Elena, la tirana del instituto, con un montón de ropa en los brazos.
—¡Elena! —Marise la abrazó—. ¿Tú también has venido a protestar?
—No he venido a protestar, he venido a comprar —dijo Elena riendo—. Pero me niego a usar esas máquinas. Voy a que me cobre la única cajera que queda.
Mientras caminaban, Elena la miró con esos ojos que solo se ponen serios cuando va a decir algo importante.
—Marise, mi gata siamesa ha tenido gatitos. Cinco. Ya tienen seis meses y son preciosos, pero son muchos y no puedo quedarme con todos. ¿Por qué no te llevas una? Hay una hembra, gris, con unos ojos esmeralda que te van a hipnotizar. Es la más cariñosa de la camada.
Marise negó con la cabeza.
—No puedo. Ya tengo un gato en casa y es muy territorial.
Elena insistió:
—Solo una semana de prueba. Si no se llevan bien, me la devuelves. Pero te prometo que esta gata es especial.
Un recuerdo fugaz de Canela, su gata carey de ojos verdes, le atravesó el pecho. Y entonces, sin saber muy bien por qué, una chispa de locura le iluminó los ojos.
—Está bien —dijo—. Una semana. Pero solo una semana.
Elena dio un saltito de alegría, pero Marise notó algo en sus ojos. No era solo entusiasmo. Era algo más hondo, casi un alivio.
Mientras pagaban, Marise la observó de reojo. Elena hablaba sin parar, de los gatitos, de sus travesuras, de lo mucho que le costaba desprenderse de ellos. Pero Marise conocía esa energía. Era la misma que tenía en el instituto, cuando organizaba los trabajos en grupo, cuando decidía quién se sentaba con quién en el comedor. Elena siempre había necesitado colocar a la gente en su sitio.
—Oye —dijo Marise, mientras salían—. ¿Por qué insistes tanto en que me lleve una? Podrías habérsela ofrecido a cualquiera.
Elena se detuvo. Su sonrisa se desvaneció.
—Porque tú entiendes a los gatos —dijo, encogiéndose de hombros—. Y porque... no sé. Te veo sola.
Marise parpadeó.
—¿Sola? Tengo a Bigotes.
—Ya—carraspeo antes de continuar, —pero un gato no es suficiente —dijo Elena, y su voz se volvió más baja—. Y yo lo sé porque yo también estoy sola. Desde que mi marido se fue, la casa se ha vuelto demasiado grande. Los gatitos me han dado algo que hacer, pero son cinco y no puedo con todos. Necesito saber que al menos uno de ellos va a estar bien. Y cuando te vi, pensé... pensé que tú también necesitabas eso.
Marise no supo qué decir.
—No sabía que tu marido se había ido —dijo finalmente.
—Hace un año. No lo cuento mucho. Pero ver a esos gatitos crecer, ver cómo se necesitan unos a otros... me hizo pensar que quizá yo también necesito a alguien. Y que quizá tú también.
Marise la miró. Ya no era la tirana del instituto. Era una mujer con ojeras y una sonrisa cansada, que intentaba salvarse a sí misma salvando a otros.
—Elena —dijo Marise, tocándole el brazo—. Tráela mañana. Una semana. Ya veremos qué pasa.
Elena asintió, y por un instante, Marise vio a la niña que había detrás de la mujer. La que siempre necesitaba tener el control porque, sin él, no se sentía segura.
Cuando regresó a casa, al cruzar el recibidor, se encontró con Bigotes. Estaba sentado en mitad del pasillo, erguido, con los ojos de ámbar bien abiertos, fijos en ella. Como si ya lo supiera todo.
No se movió. No parpadeó. Cuando Marise entró en la cocina, Bigotes volvió a su sitio en el salón, sobre la franja de sol que ya empezaba a inclinarse hacia la tarde.
A la mañana siguiente, el timbre sonó. Elena estaba en la puerta con el transportín. Dentro, una bola de pelo gris con ojos de esmeralda observaba el mundo con curiosidad serena.
—Aquí está —dijo Elena, entregándole el transportín—. Esmeralda. Ya verás qué bien se porta.
Marise asomó la cabeza. La gata gris la miró con una calma que contrastaba con sus propios nervios.
—Hola, Esmeralda —susurró.
Elena se despidió con un beso en la mejilla. Marise cerró la puerta y se quedó mirando el transportín. Había tomado una decisión por Bigotes sin preguntarle.
Abrió la puerta. Esmeralda salió con cautela, olfateó el suelo, el sofá, la pata de la mesa. Bigotes no se movió. Solo la miraba desde el pasillo, con los ojos fijos.
Los primeros días fueron de tensión silenciosa. Bigotes no atacaba, pero tampoco se acercaba. Esmeralda se instaló en el sofá como si hubiera vivido allí siempre. Se lamía, bostezaba, observaba. Y Bigotes la seguía con la mirada, desconfiado.
Entonces empezaron las marcas. Una mañana, el zapato izquierdo empapado en orina. Al día siguiente, la alfombra del pasillo. Luego la bolsa de la compra. Bigotes marcaba territorio como un cartógrafo desesperado. Cada rincón olía a su estrés.
—Dadle tiempo —se decía Marise.
Pero una noche, Marise se despertó con un olor penetrante. Fue al baño. Allí encontró a Bigotes, subido al borde del váter, meando dentro con una precisión de francotirador. La tapa estaba levantada, el agua sonaba al caer, y Bigotes la miró con los ojos muy abiertos. Se había atrincherado en el baño.
—Bigotes, ¿qué te pasa? —dijo Marise—. Tú nunca haces esto.
Bigotes no se movió. Se lamía sin parar, se escondía tras las cortinas y miraba a la intrusa con una mezcla de odio y desesperación. Esmeralda, mientras tanto, se había adueñado de la franja de sol, y se tumbaba allí con la misma soberbia con la que Bigotes había tomado posesión del baño.
Marise limpiaba sin parar. La casa olía a amoniaco y a lejía. Cada mañana encontraba una nueva marca. Bigotes marcaba la casa como un mapa de guerra. A veces desaparecía por la ventana y volvía horas después, y se dirigía directo al baño.
Una tarde los sorprendió en pleno duelo de olores. Bigotes orinó sobre la pata de la mesa justo donde Esmeralda había dejado su marca el día anterior. Esmeralda, que tomaba el sol, abrió un ojo, lo observó con desprecio y, con lentitud deliberada, fue a la otra pata y orinó también.
Marise se llevó las manos a la cabeza.
—¡No, no, no! —gritó—. ¡El amor no es orinar muebles!
Bigotes no se dio por vencido. Esa noche, mientras Marise dormía, llevó a cabo su venganza. A la mañana siguiente, el olor la golpeó antes de verlo. En el centro exacto del sofá, justo donde Esmeralda se acurrucaba, reposaba un montículo de heces perfectamente formado.
Marise se quedó paralizada. Bigotes estaba sentado al lado, con la mirada fija en ella.
—¿En serio, Bigotes?
Bigotes se lamió una pata con indiferencia.
Marise retiró la prueba del odio de Bigotes. Luego se sentó en el borde del sofá y soltó una risa amarga.
—Esto no es una convivencia. Esto es una declaración de guerra.
El resto de la semana fue un infierno. Bigotes se paseaba con la dignidad de un general victorioso, pero siempre volvía al baño. Esmeralda, desde debajo del sillón, lo miraba con un odio que ya no era territorial, sino personal.
Al cumplirse la semana, Marise llamó a Elena.
—¿Elena? Soy Marise. Mira, te lo agradezco, pero… ¿puedes venir a recoger a Esmeralda? Siete días de orina, estrés, jarrón roto, planta muerta, heces en la almohada. Bigotes no la soporta. No se han arrimado ni un centímetro. Por favor, ven. Ya no puedo más.
Elena vino. Marise abrió, la abrazó, y entre las dos metieron a Esmeralda en el transportín. La gata gris no opuso resistencia. Elena se la llevó con una sonrisa apenada.
Marise cerró la puerta. Bigotes ya se había estirado en el sofá como un rey que recupera su trono.
Se sentó junto a él, acariciando su lomo naranja. El sol de la tarde entraba con la misma luz de siempre. Recordó a Elena en el centro comercial, ofreciéndole la gata. Recordó su propia ilusión, la chispa de locura que la había llevado a decir que sí. Y entonces entendió que no había sido solo un impulso. Había sido un intento de llenar un vacío que ni siquiera sabía que tenía.
Se llevó las manos a la cara y rompió a llorar.
—¿Qué me pasa, Bigotes? —susurró—. ¿Por qué no puedo tener lo que quiero?
Bigotes la miró con sus ojos amarillos. Se levantó del sofá y saltó a su regazo. Empezó a ronronear.
Marise lo abrazó contra su pecho. Sintió el calor de su pelaje, el ritmo de su respiración. Y entonces lo entendió.
—Solo te tengo a ti —dijo—. Y eso está bien.
Bigotes ronroneó más fuerte.
Marise se secó las lágrimas y se levantó. Le pareció oír un roce en la cocina. Bigotes levantó las orejas, saltó al suelo y se dirigió hacia allí.
Marise lo siguió. En la ventana, que seguía entreabierta, se movió una sombra. Se acercó. Allí, apoyada en el marco, había una gata callejera, de pelaje atigrado y ojos verdes, que la miraba con curiosidad. Bigotes saltó junto a ella. La gata no huyó. Rozó su lomo con el de ella. Luego saltaron al suelo, se olieron, y juntos se perdieron por el pasillo.
Cuando desaparecieron, se quedó allí, apoyada en la encimera. Cogió la taza que había quedado encima de la mesa y, mientras la enjuagaba, sintió el frío del suelo bajo sus pies descalzos y el rumor de la noche en la ciudad, al otro lado del cristal.
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