Wigfredo fue rechazado a los cinco años de la escuela infantil por su reiterado rechazo a los números enteros negativos: se negó a deberle una manzana a la maestra, motivo por el que se le abrió un expediente de expulsión. Aquel expediente fue lo primero que se archivó con su nombre.
Empezó a escribir en la adolescencia, en un ordenador de segunda mano. Cuando se puso por primera vez frente a una pantalla ya había oído hablar de los chats, y lo primero que hizo fue chatear. Descubrió que, si escribía «hola, ¿cómo estás?», a veces obtenía respuesta. No importaba que la conversación durara tres minutos; esos tres minutos eran los únicos en los que alguien le dirigía la palabra sin pedirle que «ordenara algo» o «barriera el suelo», y mientras esperaba no tenía que hacer los deberes. Dejó la escuela. Nadie lo notó.
Un amigo del chat, que resultó ser un vendedor de coches usados, le ofreció su primer trabajo en su concesionario. Wigfredo duró tres meses. No podía hacer cálculos de financiación. Pero descubrió que, si se ponía la chaqueta del jefe cuando este no estaba, podía ligar con las clientas, aunque no consiguió ir más allá. Se probaba la chaqueta frente al espejo mientras imaginaba cenas con mujeres que nunca aceptaban su invitación.
Después de cobrar el paro por primera vez, aquellos fueron para él los mejores momentos de su vida; trabajó en un supermercado reponiendo latas de atún. Por las noches, en su habitación, continuaba chateando con internautas —fundamentalmente mujeres— con la vana esperanza de obtener algo de ellas, propósito que jamás logró. Les contaba que era poeta. Les enviaba fragmentos de canciones traducidas mal del inglés. Algunas le pedían fotos; él enviaba la de un modelo de catálogo. Cuando lo descubrían, lo bloqueaban.
Consiguió trabajo en una librería de segunda mano, donde, con una lija del cien, lijaba los cantos de los libros para sacarles la suciedad y el amarilleo acumulados, y hacer pasar los libros viejos por seminuevos. En aquella época tuvo su primer contacto serio con la literatura, al leer los índices y las biografías de las solapas. Aprendió los nombres de los autores como otros aprenden las alineaciones de fútbol. Cuando algún cliente le preguntaba «¿qué me recomienda?», Wigfredo señalaba el más caro y decía «este es importante». A veces acertaba. La dueña le descontaba de su sueldo cada minuto que pasaba leyendo solapas, pero él seguía haciéndolo porque, en su cabeza, eso lo acercaba a ser «escritor».
Por las noches aprendió a sortear sus bloqueos abriendo una y otra vez cuentas nuevas en los chats. De aquella época se conservan episodios dispersos narrados por otros autores.
El más destacable fue cuando se presentó en un supermercado con su antiguo traje de reponedor y se acercó a una cajera, estiró el pecho y le dijo: «Esta noche salgo a las diez. ¿Te vienes a tomar algo? Luego te explico lo de la reposición de las latas de atún de la próxima semana». La cajera llamó a seguridad. Wigfredo fue detenido por acoso e intimidación. Esa noche, en el calabozo —una celda de paredes desconchadas que olía a orín y a tabaco rancio, iluminada por un tubo fluorescente que parpadeaba cada pocos segundos—, Wigfredo se propuso enderezar la deriva de su vida. Cuando salió, se sentó en una cafetería y chateó con una mujer de un país nórdico. Le escribió: «Soy un escritor perseguido por el sistema». Ella, que había confundido su perfil con el de un australiano, no entendió ni papa, y Wigfredo no obtuvo respuesta.
Después de deambular por varios foros, compró un título. Una mañana de septiembre recibió un diploma con ribetes dorados y letras azules que lo acreditaba como «Licenciado en Estudios Literarios Avanzados». Lo enmarcó y lo colgó en la sala de su casa, junto a un dibujo de un trazado único sobre un lienzo blanco, con su firma.
Aquella misma noche abrió una cuenta nueva. Se llamó Garcilaso. En la descripción puso: «Poeta. Licenciado en Estudios Literarios Avanzados. Autor de Lodijomarise. Escritor perseguido por el sistema.»
Malisima_4471: hola, ¿cómo estás?
Garcilaso: escribiendo. soy poeta.
Malisima_4471: ¿publicas algo?
Garcilaso: sí. soy licenciado en Estudios Literarios Avanzados. tengo el diploma enmarcado.
Malisima_4471: ¿y de qué universidad?
Garcilaso: una universidad internacional.
Malisima_4471: ¿cuál?
Garcilaso: no me gusta presumir.
Malisima_4471: no es presumir, es una pregunta normal.
Garcilaso: ¿te gusta la literatura?
Malisima_4471: sí. ¿has publicado algún libro?
Garcilaso: sí. se llama Lodijomarise.
Malisima_4471: no lo conozco. ¿de qué trata?
Garcilaso: es una odisea. sobre una mujer. y su madre.
Malisima_4471: ¿dónde se puede comprar?
Garcilaso: no está en librerías. es escritura post-impresa. para leer en internet.
Malisima_4471: ¿post-impresa?
Garcilaso: sí. no en papel. en pantalla.
Malisima_4471: vale. ¿me mandas un fragmento?
Garcilaso: claro.
Garcilaso: Lodijomarise (fragmento)
Garcilaso:
La noche cae sobre las latas de atún.
Repone, repone, repone,
y nadie le dice nada.
Yo le dije: «hola, ¿cómo estás?»,
y ella no me contestó.
La vi reponer el mundo
con las manos amarillas.
El sistema la persigue
por los pasillos del supermercado,
pero ella no se esconde.
Repone, repone, repone,
y nadie le dice nada.
Hola, ¿cómo estás?
Hola, ¿cómo estás?
Hola, ¿cómo estás?
Y nadie se acuerda de ella
al apagarse la luz en el supermercado.
La noche cae sobre las latas de atún.
Malisima_4471: eres un hombre solo que se inventa una vida.
Malisima_4471: y espera.
Malisima_4471: Garcilaso.
Malisima_4471: ese nombre me suena.
Garcilaso: es el mío.
Malisima_4471: Garcilaso de la Vega murió en 1536.
Garcilaso: ese era otro. yo soy Garcilaso. a secas.
Malisima_4471: nadie se llama Garcilaso.
Garcilaso: yo sí.
Malisima_4471: eres un mentiroso.
Malisima_4471: sabes, es muy injusto todo esto. estoy sola y sin compañía y entro en el chat para quedar con alguien y me ocurre esto.
Sistema: Malisima_4471 ha cerrado la sesión.
Garcilaso: ...
Garcilaso: hola, ¿cómo estás?
Sistema: No hay nadie conectado.
Garcilaso: ...
Garcilaso: hola, ¿cómo estás?
Así fue durante años. Abría una cuenta, escribía a alguien, mentía, lo bloqueaban, abría otra. Hola, ¿cómo estás? Hola, ¿cómo estás? Hola, ¿cómo estás.
Al cumplir los cuarenta años, alguien de su entorno —quizá un abogado de oficio— le dijo: «Si no dejas el chat y haces algo serio, te vas a quedar solo y nadie te va a cambiar los pañales cuando seas viejo». Esa noche, Wigfredo buscó en internet algún libro para cambiar de vida. Encontró un foro donde un usuario le recomendó la lectura de un libro titulado Si quieres impresionar a una mujer, di que sabes de números. El capítulo del libro dedicado a los números enteros negativos le recordó el episodio de su expulsión en la infancia, y quemó el libro. «No importa», dijo. «Yo soy fuerte. La vida sigue igual.»
Fue entonces cuando su madre, ya mayor, enfermó. Wigfredo no supo cómo consolarla. Le llevó un dibujo hecho con un solo trazo continuo que cubría toda la pared de la habitación del hospital. La enfermera dijo que era «perturbador». Su madre murió al mes siguiente. Wigfredo lloró frente al teclado del ordenador. Las mujeres del chat le decían «lo siento».
Durante un tiempo no escribió nada. Ni poemas, ni mensajes, ni «hola, ¿cómo estás?». Se quedaba frente a la pantalla encendida sin abrir ninguna cuenta. Luego volvió. Volvió porque no sabía hacer otra cosa. Y descubrió que ya nadie le respondía. Los foros habían cambiado, las cuentas se habían cerrado, y su nombre —Garcilaso, o el que fuera— ya no le sonaba a nadie.
En resumen, hay coincidencia general en que Wigfredo era incapaz de escribir una sola línea correctamente. Algunos críticos lo tildaron de dependiente de librería que, tras una vida de penurias, se creyó escritor al familiarizarse con los nombres de los autores cuyas obras ordenaba en las estanterías. Otros lo describen como un obrero metalúrgico que escribe a martillazos sobre pulpa de celulosa, sin creatividad ninguna. Sin embargo, estas versiones se contradicen con los estudios de sus primeros dibujos, que revelan un manejo del lápiz y el rotulador tan delicado como inconmensurable, capaz de cubrir por completo una hoja con un único y continuo trazado.
Para los foros de poesía y literatura, la obra de Wigfredo no entretiene ni ofrece placer alguno. Sus textos, plagados de anacronismos, se mueven en una temporalidad tan contradictoria y difusa que impide toda coherencia cronológica. Entre las inconsistencias más señaladas de su principal obra, Lodijomarise, se destaca la imposibilidad de que Marise haya tenido madre, y se duda incluso de la existencia de un padre. Para sus detractores, Marise no es sino un personaje de ficción, un mero artificio dentro de una odisea de nimiedades que Wigfredo, con visible empeño, nos escribe pretendiendo que se lea como en un libro algo que es escritura post-impresa, hecha para leerse en internet.
mvf
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