jueves, 17 de septiembre de 2026

Na’ Chan Kan - El hombre que eligió quedarse - Nahuatl IX

Capítulo XV
La Conversación

Esa noche, Guerrero y Aguilar se sentaron junto al fuego, en el patio de la casa principal del poblado. La casa estaba levantada sobre una plataforma de piedra, a pocos pasos de la orilla del río. La noche era cálida y húmeda, y el cielo estaba cuajado de estrellas. La selva rugía con sus mil voces invisibles. En el dintel de la casa, una talla de serpiente emplumada vigilaba la entrada.

El poblado no dormía del todo. Junto a las canoas varadas en el barro, un hombre remendaba una red con paciencia. De vez en cuando, el ladrido de un perro o el llanto de un niño llegaba desde alguna de las casas vecinas.

A unos pasos, en la penumbra del patio, Balam y los tres guerreros mayas se habían acomodado alrededor de una pequeña hoguera. Uno de ellos, un hombre joven de hombros anchos y una vieja cicatriz en el pómulo, llamado Kan Ek, afilaba su lanza con una piedra de obsidiana, sin dejar de escuchar. Los otros dos, más jóvenes aún, compartían un cuenco de atole y hablaban en voz baja. Ix Balam, el sobrino de Tabscoob, permanecía de pie, un poco apartado, observando la escena con una atención silenciosa que no se le escapaba a nadie.

Guerrero recibió a Aguilar con un abrazo breve, sin palabras, y luego lo invitó a sentarse junto al fuego. Durante un rato, ninguno de los dos habló. Se limitaron a mirar las brasas, como si el silencio fuera un lenguaje que ambos conocían y que ninguno quería romper primero. Al fin, Aguilar se decidió.

—¿Por qué decidiste no verme? —preguntó.

Guerrero guardó silencio un momento. Tomó un palo y removió las brasas.

—Por lo que traes. Tu voz, tu cara… todo me devuelve el naufragio. No quería recordar lo que ha quedado atrás. Porque sabía que si te veía, me dolería. Y no quería sentir ese dolor.

—¿Y ahora que estoy aquí? ¿Duele?

Guerrero sonrió, una sonrisa triste.

—Sí. Pero es un dolor diferente. Es el dolor de saber que aún hay alguien que recuerda cómo fui.

—Solo quiero oír de tu boca porque no quieres regresar—dijo Aguilar.

Guerrero asintió y miró el fuego.

—Tengo esposa aquí —dijo—. Una mujer maya que me amó cuando no tenía nada. Tengo tres hijos, Jerónimo. Son mi sangre, mi vida. ¿Crees que puedo abandonarlos para ir a un mundo que ya no es el mío?

Señaló hacia el norte, hacia donde los españoles acampaban.

—Esos hombres que han llegado a estas tierras, ¿piensas que vienen como amigos? No. Vienen a robar todo lo que puedan. Yo sé cómo somos. Yo he sido uno de ellos. Y no quiero ser parte de eso.

—Cortés es diferente —insistió Aguilar.

—¿Crees que Dios está en el oro que buscan? —Guerrero soltó una carcajada cansada—. No, Jerónimo. Cortés es igual que todos los demás. Llegó, quemó el templo de Ixchel en Cozumel, mató a nuestros guerreros en Champotón. Y solo es el comienzo.

En ese momento, Zazil salió de la casa. Era la esposa de Guerrero. Tenía el cabello largo y lacio, recogido en una trenza. Vestía un huipil blanco bordado con figuras de serpientes y flores, y sobre los hombros llevaba un manto de algodón azul. Su rostro era serio, pero no severo. En las muñecas llevaba brazaletes de concha.

—Así que este es tu amigo —dijo en maya.

Guerrero asintió.

—Este es Jerónimo. El hombre del que te hablé.

Zazil se acercó a Aguilar con un cuenco de barro lleno de balché. Se lo ofreció con ambas manos, como se ofrece a un invitado de honor.

—Bebe —dijo—. Has caminado mucho.

Aguilar tomó el cuenco y bebió. El sabor era extraño, dulce y amargo a la vez, con un dejo de miel fermentada y corteza de árbol. No era desagradable. Era, pensó, el sabor de una tierra que no era la suya.

—Gracias —dijo en maya, torpemente.

Zazil inclinó la cabeza, sin sonreír, pero con un gesto que Aguilar interpretó como aprobación. Luego se sentó junto a Guerrero, en silencio, y esperó. Aguilar le devolvió el cuenco a Zazil. Ella bebió y luego se lo pasó a Guerrero.

—Mi esposo me ha dicho que eres su hermano —dijo Zazil.

—Sí —respondió Aguilar—. Naufragamos frente a estas costas. De toda la tripulación solo quedamos él y yo. Eso une igual que la sangre.

Zazil asintió.

—Entonces eres bienvenido a mi casa. Mañana podrás hablar con mi esposo antes de que partas.

Los tres quedaron un momento en silencio, mirando el fuego. Las brasas crepitaban. En algún lugar, un ave nocturna lanzó un grito largo y lastimero. Desde la hoguera de los mayas llegó el murmullo de una conversación en voz baja: Balam le explicaba algo a Kan Ek, señalando el sendero por el que habían llegado. Ix Balam seguía de pie, sin moverse, con la vista puesta en Guerrero.

En la orilla, una canoa se deslizó suavemente hacia la casa principal. Un hombre mayor, de espaldas anchas y piel curtida, saltó a tierra con un atado de pescado fresco. Al ver a Guerrero junto al fuego, levantó una mano en señal de saludo y dijo algo en maya. Guerrero respondió con un gesto breve. El pescador dejó el atado junto a la puerta de la casa y se alejó hacia las otras viviendas, sin detenerse. Al pasar junto a la hoguera de los mayas, saludó a Balam con la cabeza, y Balam le devolvió el saludo sin dejar de hablar.

—¿Y qué será de ti, Jerónimo? —preguntó por fin Guerrero—. ¿Volverás con ellos? ¿Con Cortés?

Aguilar miró el fuego. Pensó en la nao, en los rostros de los soldados, en la cruz que llevaban en el pecho y en la espada que llevaban al cinto. Pensó en la misa del alba, en el latín, en las campanas. Y luego pensó en aquella noche, en el patio de la casa del cacique, en el balché que acababa de beber.

—No lo sé —dijo—. Ya no lo sé.

Guerrero lo miró largamente. Luego posó la mano sobre el hombro de Aguilar.

—Entonces quédate esta noche en mi casa —dijo—. Mañana veremos qué trae el día. Aquí siempre hay lugar para ti.

Zazil se levantó sin decir palabra y entró en la casa. Volvió al poco rato con una manta de algodón y unos tamales fríos envueltos en hoja, y una jícara de agua. Dejó la manta sobre el suelo, junto al fuego, para Aguilar, y les tendió la comida. Comieron en silencio, sin prisa. Luego Zazil se sentó de nuevo junto a su esposo.

Aguilar se recostó sobre la manta. El cielo seguía cuajado de estrellas. El río seguía fluyendo, lento y oscuro, hacia el mar. La selva seguía rugiendo. Y por primera vez en muchos días, sintió que podía dormir sin miedo.

—Buenas noches, Gonzalo —dijo.

—Buenas noches, Jerónimo —respondió Guerrero.

Y el fuego siguió ardiendo, pequeño y tenaz, en medio de la noche maya.

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Capítulo XVI
La Despedida

El poblado empezaba a despertar. En la orilla del río, tres canoas se deslizaban ya por el agua, con pescadores que lanzaban sus redes en silencio. Un perro flaco y amarillo bajó hasta el río, bebió largamente y volvió a subir, sacudiéndose el agua del lomo.

El fuego estaba casi apagado, apenas unas brasas cubiertas de ceniza. A su lado, envuelto en su manta, Balam, el viejo guerrero que los había guiado por la selva, ya estaba despierto, sentado y en silencio. Más allá, recostados contra el muro de la casa, estaban Kan Ek y los otros dos mayas, despiertos también, con las armas al alcance de la mano. Ix Balam, en cambio, había pasado la noche sentado con la espalda contra un poste, con la mirada fija en la puerta de la casa del cacique, como si hubiera velado hasta el amanecer.

Aguilar se incorporó con cuidado. La manta de algodón que Zazil le había tendido resbaló de sus hombros. Miró hacia la casa. La puerta estaba entreabierta, y en el interior se oía el murmullo suave de voces y el golpeteo rítmico de las manos sobre el metate. Un perro flaco y amarillo dormitaba junto al quicio, y al fondo, en la penumbra, se oía el llanto breve de un niño que se despertaba.

Se levantó y fue a la orilla del patio a hacer sus necesidades. Al pasar junto a la hoguera de los mayas, vio que Kan Ek estaba despierto, sentado y con la lanza sobre las rodillas, mirando la selva. El guerrero lo saludó con un leve movimiento de cabeza. Aguilar se detuvo un instante.

—¿Todo en orden? —preguntó en maya.

—Todo en orden —respondió Kan Ek—. La selva está tranquila. Demasiado tranquila, quizá. Pero es buena señal.

Aguilar asintió y siguió su camino. Cuando volvió, la puerta de la casa se había abierto del todo y salía Zazil, seguida de dos niños pequeños. El mayor, un varón de unos seis años, tenía el cabello negro y los ojos oscuros de su madre. La niña, más pequeña, de unos cuatro, se aferraba a la falda del huipil. Detrás de ellos asomó un tercer niño, aún más pequeño, que apenas caminaba y que se agarraba a la mano de su hermano.

Los tres miraron a Aguilar con curiosidad. El mayor se adelantó un paso y dijo algo en maya que Aguilar no entendió. Zazil sonrió y le puso la mano en la cabeza.

—Dice que si eres el hombre del que habla su padre —tradujo—. El que vino de la tierra de los dzules.

Aguilar se agachó hasta quedar a la altura del niño.

—Sí —dijo en maya, despacio—. Soy yo. Me llamo Jerónimo.

El niño lo miró con seriedad, luego asintió y se volvió hacia su madre, satisfecho. La niña, en cambio, siguió escondida tras el huipil de Zazil, mirándolo de reojo. El pequeño, sentado en el suelo, se manchó las manos de ceniza y se las miró con gravedad, como si acabara de descubrir un misterio.

En ese momento salió Guerrero de la casa. Vestía una túnica limpia de algodón blanco y llevaba el cabello recogido. Tenía los ojos aún cargados de sueño, pero la expresión serena. Al ver a Aguilar, sonrió.

—Veo que ya conociste a mis hijos —dijo—. El mayor se llama Chan Kin. La niña, Ixchel. Y el pequeño, Ah Kin.

—Buenos nombres —dijo Aguilar.

—Son nombres de esta tierra —respondió Guerrero—. Como el mío.

Zazil entró de nuevo en la casa y volvió acompañada de dos mujeres. Entre las tres traían dos canastas grandes, una tinaja de agua y otra de bebida fermentada, y varios cuencos y jícaras. Lo pusieron todo sobre la piedra plana que hacía las veces de mesa, junto al fuego. En las canastas había fruta, tortas de maíz, tamales envueltos en hoja y pescado curado. Los niños se sentaron en el suelo, alrededor de la piedra, y comieron en silencio. Guerrero y Aguilar se sentaron frente a frente.

—¿Dormiste bien? —preguntó Guerrero.

—Mejor que en muchos días —dijo Aguilar.

Comieron sin prisa. La fruta estaba dulce; el pescado curado, salado; las tortas de maíz, secas pero buenas; los tamales, tiernos y calientes todavía. La bebida fermentada pasó de mano en mano y alegró a los hombres. Las dos mujeres sirvieron la comida y escanciaron el agua y la bebida en los cuencos y jícaras.

Balam y los otros tres guerreros mayas se acercaron sin prisa. Kan Ek, el de la cicatriz en el pómulo, tomó una jícara y bebió sin apartar los ojos de Guerrero, midiéndolo. Los otros dos comieron en silencio, mirando de vez en cuando hacia la casa, como si les costara creer que aquel hombre blanco tatuado fuera el amo de todo aquello. Ix Balam, en cambio, apenas probó bocado: permanecía sentado un poco apartado, observando a Guerrero con una fijeza que no era hostil, pero sí intensa.

Cuando terminaron, las dos mujeres retiraron los cuencos, las canastas y las tinajas, y volvieron a entrar en la casa. Zazil se quedó en el patio. Los niños se dispersaron: Chan Kin se acercó a la hoguera de los mayas y se quedó mirando la lanza de Kan Ek con los ojos muy abiertos. Ixchel se sentó junto a su madre, con la cabeza apoyada en su falda. El pequeño Ah Kin gateó hasta el perro flaco y le tiró de una oreja.

En la orilla, una canoa se acercó lentamente a la casa principal. El mismo pescador de la noche anterior saltó a tierra y dejó un nuevo atado de pescado junto a la puerta. Miró a Aguilar con curiosidad, pero no dijo nada. Guerrero le hizo un gesto breve, y el hombre se alejó remando río abajo, hacia las otras casas. En la orilla opuesta, un grupo de niños corría persiguiendo a un perro que llevaba algo en la boca. Sus gritos llegaban amortiguados por el agua.

Entonces Guerrero se volvió hacia Aguilar.

—¿Ya decidiste? —preguntó.

Aguilar miró el fuego, que aún ardía.

—No puedo quedarme —dijo—. Tengo que volver. Tengo que dar cuenta de lo que he visto.

Guerrero asintió lentamente.

—Lo sabía —dijo—. Desde anoche lo sabía.

—¿Y tú? —preguntó Aguilar—. ¿No hay nada que pueda decirte para que vengas conmigo?

Guerrero negó con la cabeza.

—Ya te lo dije, Jerónimo. Tengo esposa, tengo hijos, tengo un pueblo que me reconoce como su cacique. No puedo abandonarlos. Y no quiero volver a un mundo que ya no me pertenece.

—Cortés te recibiría con honores —insistió Aguilar—. Podrías ser intérprete, consejero. Podrías ayudar a que esto no sea una carnicería.

—¿Ayudar? —Guerrero sonrió con amargura—. ¿Ayudar a que los españoles conquisten mejor? No, Jerónimo. Yo conozco a los hombres como Cortés. No vienen a dialogar. Vienen a someter. Y yo no quiero ser el que les enseñe el camino.

—Entonces, ¿qué le digo?

—Dile que los pueblos del altiplano son poderosos y no se dejarán conquistar fácilmente. Pero si busca aliados, que hable con los totonacas, que odian a los mexicas. Que use la lengua y la diplomacia antes que la espada.

—¿Y si él quiere venir por vos?

Guerrero sonrió.

—Dile que fui soldado antes de ser Na' Chan Kan. Conozco sus tácticas y sus armas. Que venga si se atreve.

Aguilar guardó silencio. Miró el río, que seguía fluyendo lento hacia el mar. Luego miró a Guerrero.

—Quédate hoy —dijo Guerrero—. Mañana temprano puedes partir. Los caminos no se van a mover de sitio.

Aguilar negó con la cabeza.

—No puedo, Gonzalo. Cortés no va a esperar por mí. La expedición parte hacia la costa dentro de unos días, y si no estoy de vuelta antes, seguirán sin mí. Me dejará una escolta en la desembocadura del río, pero si tardo, la perderé. Y entonces no habrá forma de alcanzarlos.

Guerrero lo miró largamente. No insistió.

—Entonces será esta mañana —dijo.

—Esta mañana —repitió Aguilar.

Se hizo un silencio. Luego, con la voz más baja, Aguilar preguntó:

—¿Y qué digo de vos si alguien pregunta?

Guerrero bajó la mirada. Por un momento, el cacique maya desapareció y quedó solo el hombre. No respondió de inmediato. Miró el fuego, y en sus ojos se acumularon ocho años de silencio.

—Diles que aquel soldado que conocieron ya no existe —dijo por fin, con la voz apenas un susurro—. Que el hombre que soy ahora encontró su hogar. Y que uno no es siempre del lugar donde nace, sino del lugar donde decide quedarse.

Se hizo un silencio largo. Los niños, que no entendían las palabras pero sí el tono, se quedaron quietos. Chan Kin dejó de mirar la lanza. Ixchel levantó la cabeza de la falda de su madre. Zazil bajó los ojos.

Luego, Guerrero se puso de pie. No hubo abrazo todavía. Se volvió hacia Zazil y le dijo algo en voz baja. Zazil asintió, entró en la casa y volvió con un atado de tortillas de maíz y pescado seco, envuelto en una hoja de plátano y atado con fibra de henequén. Se acercó a Aguilar y se lo puso en las manos, con las dos suyas.

—Lleva esto —dijo—. El camino es largo.

Aguilar tomó el atado y lo guardó en su bolsa.

—Gracias, Zazil —dijo—. Por todo.

Zazil lo miró con sus ojos grandes y serios. No sonrió. Pero tampoco apartó la mirada.

—No lo olvides, dzul —dijo—. Porque si vuelves, tendrás que responder por lo que dejaste aquí.

Aguilar sostuvo la mirada un instante. No preguntó a qué se refería. No hacía falta.

—Lo recordaré —dijo.

Zazil inclinó la cabeza, satisfecha, y retrocedió un paso. Su papel había terminado. Ahora le tocaba a Guerrero.

Guerrero estaba de pie en el patio, junto al fuego apagado. Chan Kin se había acercado y le agarraba la mano. Ixchel se apoyaba contra su pierna. Zazil, un poco detrás, tenía al pequeño Ah Kin en brazos.

Entonces, Ix Balam dio un paso adelante.

—Na' Chan Kan —dijo en maya, con una voz firme que sorprendió a todos—. Mi tío, Tabscoob, cacique de Potonchán, me dio un mensaje para ti antes de que partiéramos. Dice que ha oído hablar de ti. Que sabe que fuiste esclavo como tu amigo, que aprendiste nuestra lengua, que tomaste esposa maya y que has criado hijos en esta tierra. Dice que tú, como él, has encontrado tu lugar. Y que un hombre que elige quedarse, aunque haya nacido en otra parte, merece respeto. Te dice también que no olvides quién eres, aunque hayas cambiado de piel.

Guerrero lo miró largo rato. Las palabras del joven habían tocado algo profundo en él. No era el mensaje de un cacique derrotado. Era el reconocimiento de un hombre que entendía su elección porque él mismo, en su derrota, había tenido que hacer la suya.

—Dile a tu tío —respondió Guerrero en maya, con voz grave— que agradezco sus palabras. Y dile que no olvide que un cacique derrotado también puede ser un aliado.

Ix Balam inclinó la cabeza y se retiró.

Guerrero se volvió hacia Aguilar. Esta vez sí lo abrazó. Un abrazo breve, con el peso de ocho años en los hombros de los dos.

—Ve con Dios, Jerónimo —dijo.

—Y tú, Gonzalo —respondió Aguilar.

Entonces Guerrero llamó a dos de sus hombres y les dio una orden breve en maya. Los hombres asintieron y corrieron hacia la orilla, donde varias canoas estaban varadas en el barro. Aguilar lo miró, sorprendido.

—El camino de vuelta por tierra es largo y peligroso —dijo Guerrero—. El río es más rápido y más seguro. Os daré dos canoas para que bajéis hasta Potonchán. Desde allí podréis seguir el rastro de los españoles hacia el norte.

Aguilar iba a protestar, pero Guerrero levantó una mano.

—No es un regalo. Es un préstamo. Cuando termines lo que tengas que hacer, devuélvelas. O mejor aún, vuelve tú mismo a traerlas.

Aguilar sostuvo su mirada. Luego asintió.

—Gracias, Gonzalo.

Los hombres de Guerrero empujaron dos canoas hasta el agua. Eran canoas medianas, de las que usaban los pescadores para navegar el río, con el casco reforzado con resina y las amarras nuevas. Balam y Kan Ek se acercaron a inspeccionarlas. Ix Balam miró a Aguilar, esperando instrucciones.

Aguilar caminó hacia la orilla, seguido por Balam, Kan Ek, los otros dos guerreros mayas e Ix Balam. Las dos canoas ya estaban en el agua, mecidas por la corriente. Aguilar subió a la primera con Ix Balam y Balam. En la segunda subieron Kan Ek y los dos guerreros jóvenes. Aguilar fue el último en acomodarse, con el atado de Zazil todavía en la mano.

Desde la proa de la primera canoa, miró hacia el patio. Guerrero seguía de pie junto al fuego apagado, con Chan Kin a un lado, la mano del niño agarrada a la suya. Ixchel se había acercado y se apoyaba contra su pierna. Zazil, un poco detrás, tenía al pequeño Ah Kin en brazos. Los cuatro miraban las canoas. No decían nada. No hacía falta.

Balam hundió el remo en el agua. La primera canoa se deslizó río abajo, hacia el norte, hacia el mar. Detrás, la segunda canoa siguió a pocos remos de distancia. El sol aún no estaba alto. En la orilla, el golpeteo del metate de la casa vecina seguía, ajeno, hasta que la corriente y la distancia lo ahogaron.

Aguilar no apartó los ojos de Guerrero hasta que la figura del cacique se confundió con la sombra de la casa. Luego se volvió hacia la proa.

No miró atrás.

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Capítulo XVII
El Regreso a Potonchán

Tres días después, Aguilar y sus guías vieron Potonchán alzándose sobre la orilla del río, con su plaza y sus casas de piedra. Las dos canoas navegaban juntas, mecidas por la corriente. La ciudad no estaba vacía: los habitantes habían comenzado a regresar, y las calles, que semanas atrás habían estado ocupadas por soldados españoles, volvían a oler a maíz y a leña. En la plaza, donde habían estado instaladas las tiendas de los hombres de Cortés, solo quedaban las marcas en el suelo y algunos restos de cuerda y tela que el viento no se había llevado.

Las canoas vararon en el barro, una junto a la otra. Aguilar saltó a tierra el primero, seguido de Ix Balam y Balam. De la segunda bajaron Kan Ek y los dos guerreros jóvenes. En la orilla, los pescadores y las mujeres que lavaban ropa levantaron la vista, y algunos niños corrieron hacia las casas para avisar.

Tabscoob salió a recibirlos. Había recuperado sus vestiduras de gobernante: el algodón bordado, el penacho de plumas de quetzal, los brazaletes de jade. Ya no llevaba la manta de henequén ni la cinta de cuero de los días de la ocupación. Cortés, al partir, le había dejado el gobierno de la ciudad, y Tabscoob lo ejercía en su nombre. Una parte de sus guerreros había marchado con la expedición hacia el norte, integrados en la columna como guías y exploradores, porque conocían los caminos y los ríos de la costa mejor que nadie.

Aguilar se detuvo ante el cacique y ambos se miraron un instante. No hubo abrazo ni grandes palabras. Tabscoob inclinó apenas la cabeza, y Aguilar respondió del mismo modo. Los dos sabían lo que había costado llegar hasta allí. El cacique lo invitó a pasar a su casa, junto a la plaza, y allí, sentados sobre esteras de palma, con una vasija de chocolate entre ambos, hablaron como lo habían hecho semanas atrás.

Aguilar le preguntó por la partida. Tabscoob le contó que los españoles se habían ido hacia el norte siguiendo el río, y que con ellos había marchado un buen número de guerreros chontales. Luego, el cacique bajó la voz.

—Hay algo más que quiero deciros.

Aguilar esperó.

—Vuestro capitán no va derecho a tierras mexicas. Se detendrá en Xicallanco.

—¿Xicallanco?

—Un puerto, al norte de aquí, en la desembocadura de otro río. Es nuestro enclave comercial. Desde allí se controlan las rutas marítimas y fluviales de toda la región. Las canoas que bajan por los ríos, las que cruzan la costa, las que van y vienen de Yucatán... todo pasa por Xicallanco.

Tabscoob bebió un sorbo de chocolate antes de continuar.

—Cortés quiere asegurarlo antes de seguir. Si consigue una alianza allí, tendrá abiertas las rutas del norte y la costa entera bajo su protección. Y si no la consigue, tendrá un enemigo a la espalda. Por eso va. No es un simple alto en el camino.

Aguilar asintió lentamente. Tenía sentido. Un hombre como Cortés no dejaba nada al azar.

—¿Y qué sabéis de Xicallanco? —preguntó—. ¿Se aliarán con él?

Tabscoob negó con la cabeza.

—No lo sé. Son chontales, como nosotros. Pero en Xicallanco no manda un cacique solo: mandan los ancianos, los comerciantes, los que controlan las rutas. Comercian con todos y no se casan con nadie. Han visto pasar ejércitos antes. Saben esperar. Pero también saben cuándo una balanza se inclina. Si Cortés llega con fuerza suficiente, puede que se inclinen hacia él. Si no, le cerrarán el paso.

—¿Y vos qué haríais?

El cacique lo miró largamente.

—Yo ya hice mi elección. Y mis hombres que le acompañan hablarán de nuestra alianza con Cortés. Eso pesará en Xicallanco. Aun así, Cortés tendrá que negociar con ellos. Y si no sabe negociar, tendrá un problema.

Aguilar guardó silencio un momento. Luego, Tabscoob habló de nuevo, esta vez con otro tono.

—También dejó dos hombres en la desembocadura del río. Con provisiones para vos. Dijo que llegaríais, y que os esperaran.

Aguilar lo miró. No dijo nada. Pero por dentro sintió algo que no supo nombrar. Cortés había calculado hasta eso. Había dejado hombres, víveres, una orden. Todo previsto. Todo medido.

—¿Y vos, Tabscoob? —preguntó al fin—. ¿Qué vais a hacer ahora?

El cacique bebió un sorbo de chocolate antes de responder.

—Gobernar. Reconstruir. Mis guerreros volverán, o no volverán, pero Potonchán sigue aquí. Siempre ha estado aquí. Y seguirá estando cuando los españoles se hayan ido, si es que algún día se van.

Aguilar sonrió apenas. Era la primera sonrisa que se permitía en muchos días.

—Entonces me quedaré esta noche. Y mañana partiré hacia Xicallanco.

—Mañana partiréis —repitió Tabscoob, y llenó de nuevo las dos vasijas.

Fuera, sobre la plaza, caía la tarde. Los niños corrían entre las casas de piedra, y el humo de las cocinas subía recto hacia el cielo. Potonchán respiraba de nuevo.

Aquella noche, Aguilar no durmió en la casa del cacique. Prefirió salir al patio, junto al fuego que los sirvientes habían encendido para espantar a los mosquitos, y quedarse allí, mirando las estrellas. La ciudad dormía. El río sonaba, cercano, y de vez en cuando llegaba el ladrido lejano de un perro o el canto de un grillo. Río abajo, en la desembocadura, dos hombres velaban junto a una fogata. Aguilar pensó en ellos un instante. Luego volvió a mirar el cielo.

No oyó los pasos hasta que Ix Balam estuvo a su lado. El joven maya se quedó de pie, mirando también el cielo, sin decir nada. Durante un rato, ninguno de los dos habló. Luego, Ix Balam se sentó en el suelo, frente a él, cruzando las piernas.

—No duermes —dijo en maya.

—No puedo —respondió Aguilar.

—¿Piensas en Na' Chan Kan?

Aguilar lo miró, sorprendido por la pregunta directa.

—Sí. En él. Y en lo que dejo atrás. Otra vez.

Ix Balam asintió lentamente.

—Mi tío dice que Na' Chan Kan es un hombre sabio. Que eligió su lugar y que eso lo hace fuerte. Pero yo no lo entiendo.

—¿Qué es lo que no entiendes?

—Que un hombre pueda olvidar su tierra. Su sangre. Su lengua.

Aguilar guardó silencio un momento. Luego habló despacio, eligiendo las palabras.

—No la olvidó. La dejó. No es lo mismo.

—¿Y tú? —preguntó Ix Balam—. ¿Tú también la dejarás?

Aguilar miró el fuego. Pensó en España. En los olivares, en el campanario de su pueblo, en el rostro de su madre, que ya no recordaba con nitidez. Pensó en la nao, en la tormenta, en los cuerpos de sus compañeros flotando en el agua. Pensó en Guerrero, en Zazil, en los tres niños. Pensó en aquel patio, en aquella noche, en aquel joven maya que lo miraba con ojos serios.

—No lo sé —dijo—. Ya no sé nada.

Ix Balam no respondió. Se quedó mirando el fuego un rato más. Luego se puso de pie.

—Mañana seguiré con vosotros —dijo—. Mi tío quiere que vaya como embajador ante Cortés. Pero yo tengo mis propias razones.

—¿Cuáles?

—Ya lo vi en la tienda, cuando mi tío fue a hablar con él. No me gustó lo que vi. Sonríe como el que ofrece, pero mira como el que mide. Quiero verlo otra vez, de cerca, cuando no esté mi tío delante. Quiero saber qué promete y qué cumple. Quiero saber si mi tío tiene razón al confiar en él… o si nos está llevando al sacrificio.

Aguilar lo miró largamente.

—¿Y si no la tiene?

Ix Balam sostuvo su mirada.

—Entonces lo sabré. Y volveré a decírselo.

Se dio la vuelta y se alejó hacia la casa, sin esperar respuesta. Aguilar se quedó junto al fuego, solo. Miró las brasas, que se apagaban lentamente.

No supo cuánto tiempo pasó. La noche avanzaba despacio, y el fuego se consumía sin que él hiciera nada por avivarlo. En algún momento, la puerta de la casa se abrió y salió Tabscoob. El cacique se acercó sin hacer ruido y se sentó a su lado, en el suelo, como un hombre cualquiera. Durante un rato, ninguno de los dos habló.

—Ix Balam me ha dicho que quiere seguir con vosotros —dijo por fin Tabscoob.

—Sí.

—Es joven. Tiene más corazón que cabeza. Pero no es tonto. Sabe escuchar. Y sabe callar. Eso es más de lo que muchos pueden decir.

Aguilar asintió.

—¿Le dejaréis ir?

Tabscoob miró el fuego un momento.

—Le dejaré. Pero no porque yo quiera. Le dejo porque si no le dejo, se irá igual. Y prefiero que se vaya con mi bendición que sin ella.

Se volvió hacia Aguilar.

—Cuídalo. No porque sea mi sangre. Sino porque es la única persona de esta ciudad que se atreve a decirme que no. Y eso, en un cacique, no se compra con jade ni con plumas.

Aguilar lo miró. Por primera vez, vio en Tabscoob algo distinto: no al rey sereno, sino al hombre cansado. Al hombre que había perdido una guerra, que había visto su ciudad ocupada, que había tenido que ceder parte de sus guerreros a los invasores. Y que, aun así, seguía de pie.

—Lo cuidaré —dijo Aguilar.

Tabscoob asintió. Se puso de pie, lentamente, como si le costara. Luego entró en la casa sin decir nada más.

Aguilar se quedó junto al fuego. La noche estaba quieta. En algún momento, sin darse cuenta, se quedó dormido sobre la manta.

Cuando abrió los ojos, el cielo empezaba a clarear por el este y una luz gris y delgada se posaba sobre la plaza de Potonchán.
 

mvf.

 

 



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