Capítulo XI
La Promesa de
Tabscoob
Aguilar salió de la tienda de Cortés. El sol
del atardecer teñía de rojo el campamento, y en la distancia, junto
a un fuego próximo a la tienda del capitán, vio a Malintzin,
sentada en el suelo, con las manos apoyadas sobre las rodillas,
mirando el horizonte. Se detuvo un instante a observarla. Aquella
muchacha, pensó, iba a ser clave en los días que estaban por venir.
Y él debía asegurarse, junto con el escribano, de que aprendiera no
solo palabras, sino el sentido de todo lo que estaba
ocurriendo.
Apretó el paso hacia las afueras de la
ciudad, donde los mayas, lejos de la presencia de los españoles,
habían empezado a levantar chozas de paja y barro. El olor a humo y
a comida cocinada flotaba en el aire, mezclado con el aroma de la
selva que se extendía más allá de las últimas casas. No llevaba
armas, y los pocos soldados que lo vieron pasar lo miraron con
extrañeza, pero nadie lo detuvo. Al fin y al cabo, era el
intérprete, el hombre que hablaba la lengua de los indios. Un ser
ambiguo, demasiado cercano al enemigo para ser del todo confiable,
pero demasiado útil para ser apartado.
Caminó sin prisa,
sintiendo el cansancio en los huesos. El encuentro con Cortés, el
peso de las palabras de Tabscoob en el aire, la imagen de la cruz
clavada en el templo de Kukulkán... todo se mezclaba en su cabeza
como una sopa espesa. Ocho años, pensó. Ocho años en estas
tierras, y aún no sé si pertenezco a un mundo o al otro.
Llegó
a la pequeña construcción de piedra caliza que había sido la casa
de descanso del padre y el abuelo de Tabscoob. Allí, los antiguos
caciques de la ciudad habían venido a cazar, a meditar, a alejarse
del bullicio de la corte. Las paredes, aún firmes, conservaban
restos de pintura roja y negra, y en el dintel de la entrada estaba
grabado el glifo de su linaje: un círculo con un punto en el centro,
el mismo que había firmado aquella mañana en el pergamino de los
españoles. El techo de palma, aunque reparado a toda prisa, cubría
apenas una estancia pequeña, de tierra apisonada y olor a
humo.
Tabscoob estaba sentado en el suelo, con las piernas
cruzadas y la espalda apoyada en una columna de piedra. Tenía los
ojos cerrados y las manos apoyadas sobre las rodillas. Su respiración
era pausada, profunda. No parecía dormir, sino meditar. A su lado
había algunas mantas de algodón extendidas, y de una viga colgaba
su penacho de plumas de quetzal. El lugar era modesto, casi austero
para quien había sido gobernante de Potonchán.
El
cacique maya había cambiado sus vestiduras de algodón por una
sencilla manta de fibra de henequén, y en lugar del penacho de
plumas de quetzal llevaba una cinta de cuero que le sujetaba el
cabello. Su rostro, que había mostrado dignidad en la batalla, ahora
mostraba el cansancio del derrotado.
Abrió los ojos y
reconoció a Aguilar. No se levantó, pero un destello de curiosidad
cruzó su mirada.
—Aguilar —dijo Tabscoob, con voz
grave—. ¿Qué os trae por aquí? ¿Viene vuestro capitán a
pedirme más ofrendas? ¿O ha decidido que ya no le sirvo de nada y
quiere deshacerse de mí?
—No, Tabscoob —respondió
Aguilar en maya—. Cortés os devuelve vuestra casa. Quiere que
regreseis en cuanto podáis.
Tabscoob lo miró con
incredulidad.
—¿Devolverme mi casa? ¿Después de
arrebatármela? ¿Qué clase de juego es este?
Aguilar se
sentó frente a él, en el suelo, sin esperar invitación. No era un
gesto de familiaridad, sino de respeto: un hombre que se sienta a la
altura de otro.
—Esto no es un juego —repuso Aguilar,
midiendo cada palabra—. Es una muestra de confianza. Cortés quiere
que entendáis que la corona española os tiende su mano, y que los
hombres que han llegado a estas tierras no buscan guerra, sino
alianza. Anhela vuestra amistad.
Tabscoob soltó una risa
amarga, seca como la tierra en sequía.
—¿Nuestra
amistad? ¿Después de matar a mis guerreros, de tomar a mis mujeres,
de arrancar a mis dioses de los altares? ¿Ahora tengo que entregar
mi amistad?
Aguilar guardó silencio. Sabía que no había
respuesta para eso. Tabscoob lo miró un largo momento, luego
suspiró, como quien deja caer un peso que ha llevado demasiado
tiempo.
—Vamos —dijo el cacique, levantándose con
lentitud—. Acompañadme. Caminaremos mientras me contáis lo que
vuestro capitán quiere realmente.
Salieron de la choza y
caminaron juntos por la calle principal de Potonchán, flanqueados
por las chozas de los mayas y las casas de piedra que los españoles
habían ocupado. El sol se ponía tras el templo, tiñendo la cruz de
madera de un rojo intenso, como si la sangre de los sacrificios aún
manchara la ciudad. La brisa traía el olor a incienso de la iglesia
de fray Bartolomé, pero también el aroma de la selva y la tierra
mojada.
Avanzaron en silencio unos pasos. Tabscoob se
detuvo y, sin volverse, preguntó:
—Decidme, ¿qué
quiere Cortés de mí?
Aguilar se acercó y
respondió:
—Cortés quiere saber si esa ciudad de oro
que menciona Malintzin existe realmente. No le basta con los rumores
ni con las historias que los mayas cuentan a sus hijos junto al
fuego. Quiere saber su ubicación, su camino, sus guardianes. Quiere
saber si el oro es tan abundante como dicen.
Retomaron la
marcha. La luz del sol se desvanecía entre las ramas de los árboles,
y el ruido de la aldea se iba apagando. Tabscoob guardó silencio
durante un largo trecho. Luego, sin dejar de andar, miró de reojo a
Aguilar y preguntó:
—¿Y vos qué queréis saber?
La
pregunta, tan inesperada, hizo que Aguilar se detuviera un instante.
Tabscoob lo había desarmado con esa sencillez. Porque lo que él
quería saber no tenía nada que ver con el oro ni con las rutas
hacia el altiplano. Era algo más antiguo, más personal, más
hondo.
—Llevo muchos años en estas tierras —dijo
Aguilar, retomando el paso—. Naufragué en vuestras costas, fui
esclavo hasta que compraron mi libertad. Pero no vine solo. Otro
hombre viajaba conmigo. Sobrevivimos, pero nos separaron. Desde
entonces no sé de él. Quiero saber si aún vive.
Tabscoob
lo miró con atención, sus ojos oscuros brillando bajo la luz del
atardecer. No dijo nada durante un largo momento. Luego, en lugar de
responder directamente, se detuvo en medio del camino.
—Antes
de responder, decidme una cosa, Aguilar —dijo el cacique—. ¿Cómo
acabasteis aquí? ¿Cómo llegasteis a estas tierras?
Aguilar
sintió un nudo en la garganta. La pregunta, tan simple, le abría
una herida que llevaba ocho años intentando cerrar. Tomó aliento.
Las palabras no salían con facilidad; cada una pesaba como una
piedra.
—Hace ocho años, mi barco naufragó cerca de
Cozumel —dijo, con voz más ronca de lo que esperaba—. La
tormenta fue terrible. Logramos llegar a la orilla varios hombres,
pero los mayas nos capturaron. A la mayoría los sacrificaron.
Sobreviví porque aprendí vuestra lengua. Solo quedamos dos: un
andaluz llamado Gonzalo Guerrero y yo. Enseguida nos separaron. A él
lo llevaron al continente; a mí, a una isla, donde un cacique me
tuvo como esclavo. Luego un mercader me compró y me llevó a la
costa de Yucatán. Allí he estado hasta que Cortés me
rescató.
Hizo una pausa. La tarde se había vuelto más
oscura, y el canto de los pájaros se iba apagando.
—Pero
de Guerrero no sé nada —continuó, y su voz tembló apenas un
instante—. Solo sé que sobrevivió. He oído rumores: que se
convirtió en guerrero, que se tatuó el rostro, que tomó esposa
maya y que ahora es un señor entre ellos. Pero no sé si es verdad.
No sé si ese hombre es realmente mi amigo o solo un extraño del que
hablan los rumores.
Tabscoob lo observó en silencio. Sus
ojos, que habían visto la derrota y la muerte, se suavizaron por un
instante. No dijo nada. Solo asintió lentamente, como si aquella
historia le resultara familiar, como si hubiera oído antes el nombre
de Gonzalo Guerrero en alguna conversación junto al
fuego.
Caminaron un trecho más, alejándose de las
últimas chozas, hasta llegar a un claro donde el río se abría paso
entre la vegetación. La luz del sol se había desvanecido casi por
completo, y el agua reflejaba los primeros destellos de las
estrellas. Tabscoob se detuvo junto a la orilla y miró el río
durante un largo momento. Luego, sin volverse, habló:
—Puede
que conozca a ese hombre —dijo Tabscoob—. No lo he visto con mis
propios ojos, pero los mercaderes que vienen del sur, de las tierras
de los mayas de la costa, cuentan historias de un hombre blanco que
lucha como un maya, que habla como un maya y que viste como un maya.
Que ha tomado una mujer de linaje y que tiene hijos. Dicen que es un
guerrero temido, que dirige a sus hombres en las batallas y que ha
aprendido el arte de la guerra de los mayas. Dicen que se ha ganado
el respeto de los caciques, y los mayas lo llaman Na' Chan Kan, el
Guerrero de la Serpiente Celestial. Podría ser tu amigo. O podría
ser otro.
Aguilar sintió que el corazón se le aceleraba.
Las palabras de Tabscoob encajaban con los rumores que había
escuchado durante años, pero oírlas de boca de un cacique, alguien
que conocía las redes de comercio y los caminos de la costa, les
daba un peso distinto. Durante un instante, el cansancio desapareció,
reemplazado por una chispa que llevaba ocho años
apagada.
—Entonces, ¿cómo puedo saber si es él?
—preguntó Aguilar, y su voz sonó más aguda de lo que hubiera
querido.
Tabscoob se volvió lentamente y lo miró con una
expresión seria, la de quien ha medido cada palabra antes de
pronunciarla.
—Escríbele una carta —dijo—. Una
carta en tu lengua, con tu nombre, con las señas que solo tu amigo
reconocería. Yo haré llegar esa carta al cacique Na' Chan Kan. Si
el hombre del que hablan los mercaderes es realmente el hombre por
quien preguntas, la recibirá. Y si es tu amigo, te responderá.
Entonces sabrás la verdad.
Aguilar sintió un nudo en la
garganta. Durante años había buscado respuestas, y ahora, por fin,
alguien le ofrecía un camino. No un rumor, no una esperanza vaga,
sino un gesto concreto, una mano tendida desde el mundo que había
dejado atrás. Inclinó la cabeza en señal de agradecimiento, y
cuando levantó la vista, sus ojos brillaban con una luz que la
oscuridad no podía apagar.
—Os lo agradezco, Tabscoob
—dijo, y su voz apenas era un susurro—. No sabéis cuánto
significa para mí.
El cacique asintió sin decir palabra.
La luz del sol se había apagado casi por completo, y las primeras
estrellas comenzaban a asomar sobre el templo, titilando como
pequeñas luces de esperanza en el firmamento. Aguilar supo que era
momento de regresar al campamento español. Dio unos pasos, pero
entonces la voz de Tabscoob lo detuvo.
—Espera —dijo
Tabscoob—. Decidle a Cortés que mañana le visitaré y responderé
cuanto pueda a todo lo que quiera saber.
Aguilar se volvió
y asintió. En la penumbra, los dos hombres se miraron un instante.
Luego se despidieron. En el camino de regreso, el eco de las palabras
de Tabscoob resonando en su cabeza: —Na' Chan Kan. El Guerrero de
la Serpiente Celestial.—
Aguilar regresó al pequeño
cuarto de piedra que había ocupado desde que los españoles tomaron
la ciudad. Era una de las casas mayas abandonadas, cerca de la plaza,
con una sola estancia, un hogar de piedras en el centro y un hueco en
el techo por donde se escapaba el humo. Los antiguos dueños se
habían marchado antes de que llegaran los españoles. Solo quedaron
los utensilios rotos y una estera de palma que él había extendido
en un rincón.
Se sentó en el suelo, apoyó la espalda
contra la pared de cal y observó la llama temblorosa de la vela. La
luz bailaba sobre los muros desnudos, dibujando sombras que se movían
como fantasmas. Fuera, el silencio de la selva lo envolvía
todo.
Tomó la pluma y el papel que el escribano le había
prestado. No escribía en español desde hacía años. Las primeras
letras del castellano le salieron torpes, pero poco a poco la mano
fue recordando. Puso en la carta señas que solo Guerrero
reconocería: el nombre del barco en el que naufragaron, el nombre
del capitán, el lugar exacto donde se separaron, y una pregunta que
solo su amigo sabría responder.
Cuando terminó, dobló
el papel con cuidado y lo guardó en el pliegue de su camisa. Mañana,
después de la visita de Tabscoob a Cortés, se lo entregaría
personalmente. Y entonces, solo entonces, comenzaría la
espera.
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Capítulo XII
La Visita a
Cortés
A la mañana siguiente, Tabscoob salió de la
pequeña construcción de piedra caliza donde se había refugiado. Lo
acompañaba un guerrero joven, su sobrino, que caminaba en silencio a
su lado, sin más carga que su propia sombra.
Atravesaron
la zona donde los mayas habían levantado sus nuevas chozas de paja y
barro. El olor a humo y a comida cocinada flotaba en el aire,
mezclado con el aroma de la selva que se extendía más allá de las
últimas casas. Algunos hombres y mujeres que ya estaban despiertos
los saludaron con breves gestos, pero nadie preguntó adónde
iban.
Apenas habían dejado atrás las últimas chozas
cuando vieron a Aguilar esperándoles junto al camino, apoyado en un
tronco caído. El intérprete llevaba la misma camisa blanca de la
noche anterior y el rosario colgando del cuello. Al verlos llegar, se
enderezó y les salió al encuentro.
—Buenos días,
Tabscoob —dijo en maya, con un gesto de saludo—. He pensado que
sería mejor que fuera con vos hasta el templo. Así no tendréis que
explicar a los soldados quién sois.
Tabscoob asintió. No
dijo nada, pero agradeció el gesto. Caminar junto al intérprete le
ahorraría preguntas y malentendidos.
—Vamos, pues
—respondió, y los tres emprendieron juntos el camino.
El
sendero hacia el templo donde Cortés había instalado sus nuevas
dependencias estaba polvoriento y lleno de huellas de cascos y
sandalias. Caminaron en silencio la mayor parte del trayecto. El
sobrino de Tabscoob observaba a Aguilar con curiosidad, como si aquel
hombre de barba entrecanosa y acento extraño le resultara tan
fascinante como inquietante.
Desde la noche anterior,
Tabscoob había meditado sobre lo que diría al capitán español.
Aguilar le había advertido que Cortés no era hombre de rodeos, que
prefería las respuestas claras y los gestos concretos. Pero Tabscoob
sabía que, para un cacique maya, las palabras eran como semillas:
había que plantarlas con cuidado para que dieran fruto.
Cuando
llegaron ante la entrada de la antigua sala de audiencias del templo,
dos soldados españoles montaban guardia junto al vano de piedra. Sus
corazas relucían bajo la luz matinal, y sus arcabuces descansaban
contra el muro, pero sus manos no se apartaban de las empuñaduras.
Al ver al cacique maya, uno de ellos dio un paso al frente y alzó la
mano, deteniéndolos.
El soldado los examinó con
desconfianza. Su mirada se posó en el sobrino, en las manos vacías
de Tabscoob, y luego en Aguilar, que caminaba justo detrás de
ellos.
—Son conmigo —dijo Aguilar en español.
El
soldado lo reconoció, relajó los hombros y asintió. Se apartó a
un lado, y el otro imitó el gesto, dejando libre el vano.
—Pasad
—dijo el primero, con un movimiento de cabeza—. El capitán os
espera.
Tabscoob no entendió las palabras, pero el tono y
el gesto de apartarse le bastaron. Cruzó el umbral, seguido de su
sobrino y de Aguilar.
La penumbra del templo olía a
incienso viejo y a cera, pero también a tinta y a cuero, los olores
que los españoles habían traído consigo. En el centro, una gran
mesa de madera estaba cubierta de mapas, pliegos de papel y pequeñas
figuras de metal que representaban barcos y soldados.
Junto
a la mesa, de pie, estaba Hernán Cortés. Vestía un jubón oscuro,
con las mangas recogidas, y sus dedos descansaban sobre un pergamino
enrollado. Pero lo que hizo detenerse a Tabscoob no fue el capitán,
sino la mujer que permanecía a su lado, junto a la puerta, con las
manos cruzadas sobre el vientre.
Malintzin.
La
joven —pues eso era, una muchacha de unos veinte años, de rostro
impasible y ojos negros que observaban sin parpadear— estaba allí,
junto a la entrada, como una sombra más en la penumbra. Tabscoob no
esperaba verla. Había oído rumores de que Cortés la mantenía
cerca, que la había recibido como parte del tributo de los mayas de
la costa, pero verla allí, vestida con una falda de algodón y un
rebozo oscuro, le recordó que los españoles no viajaban solos.
Llevaban consigo a personas de estas tierras, gentes que hablaban
lenguas que él a veces entendía y otras no.
Junto a
Cortés, además, se hallaban otros dos hombres: un joven capitán de
cabello rubio, de mirada desafiante, y un fraile de hábito pardo que
sostenía un crucifijo entre los dedos. Tabscoob no supo sus nombres,
pero intuyó que eran importantes.
Cortés levantó la
vista y sonrió. No era una sonrisa amable, sino la de un hombre que
calcula cada gesto.
—Tabscoob —dijo, y su voz resonó
en el recinto—. Gracias por venir.
Aguilar tradujo al
maya, y Tabscoob asintió sin bajar la mirada.
—Has
traído a tu sobrino —señaló Cortés, y el muchacho dio un paso
atrás, instintivamente.
—Es mi acompañante —respondió
Tabscoob con calma.
Cortés entrecerró los ojos, pero no
preguntó más. En lugar de eso, se volvió hacia la mesa y señaló
con el dedo un punto en la costa norte, donde el mapa dibujaba una
línea irregular quebrada por pequeñas bahías.
—Tabscoob
—dijo, cambiando el tono—. Los totonacas. ¿Qué sabes de
ellos?
El cacique maya se acercó a la mesa, aunque los
trazos de los españoles le resultaban ajenos. Vio montañas
dibujadas con tinta, ríos que no reconocía, nombres escritos en una
lengua que no podía leer. Pero la pregunta era clara.
—Son
pueblos del norte —respondió, apoyando una mano en el borde de la
mesa—. Hablan otra lengua, pero los mercaderes los conocen. Tienen
oro, y también miedo a los mexicas.
Aguilar tradujo al
español, y Cortés asintió, satisfecho.
—Bueno —dijo,
y aquella única palabra sonó como un veredicto—. Eso es
exactamente lo que necesito.
Se enderezó y dio una vuelta
alrededor de la mesa. El capitán rubio lo siguió con la mirada; el
fraile, en cambio, mantenía los ojos bajos, como si rezara en
silencio.
—Tabscoob —prosiguió Cortés, volviéndose
hacia el cacique—. Partiré hacia el norte en una semana. Iré a
ver a esos totonacas. Pero tú no vendrás conmigo.
Tabscoob
levantó la vista, sorprendido. Su mano derecha buscó
instintivamente el costado de su cintura, pero el saquito de cuero
aún no estaba allí.
—¿No? —preguntó, y su voz sonó
más aguda de lo que había querido.
—No —respondió
Cortés, con firmeza—. Tú te quedarás aquí, en tu tierra.
Gobernarás tu pueblo, como antes. Pero en mi nombre. Y cuando
necesite provisiones o paso hacia el sur, me las darás.
El
silencio se hizo pesado. El sobrino de Tabscoob contuvo la
respiración. Malintzin fijó la mirada en el cacique, y por primera
vez, sus labios se movieron. Habló en una lengua que Tabscoob
reconoció al instante —la misma que hablaban los mercaderes del
altiplano, la misma que él entendía desde niño por el comercio—,
con una voz baja que apenas llegó a sus oídos.
—¿Tú
conoces al gran señor de los mexicas? —preguntó ella,
refiriéndose a Moctezuma.
Tabscoob la miró, sorprendido
de que ella se dirigiera a él en aquella lengua. Respondió en el
mismo idioma, con cautela.
—Lo conozco de oídas. Es
poderoso. Pero nunca he estado en su ciudad.
Malintzin
asintió lentamente. Luego, volviéndose hacia Cortés y los demás,
señaló a Tabscoob y pronunció en español, con gran esfuerzo y
torpeza, la única palabra que había logrado aprender aquella
mañana:
—Moctezuma... —dijo, y luego repitió el
nombre con claridad—. Moctezuma.
Cortés se quedó
inmóvil. El capitán rubio frunció el ceño. El fraile levantó la
vista del crucifijo.
—¿Qué ha dicho? —preguntó
Cortés, mirando a Aguilar.
Aguilar, que también había
entendido el intercambio, tradujo al español:
—La joven
dice que Tabscoob conoce a Moctezuma, o al menos sabe de él. No ha
ido a Tenochtitlan, pero los mercaderes le han hablado del
emperador.
Cortés sonrió de nuevo, pero esta vez la
sonrisa era más intensa, casi hambrienta.
—Tabscoob
—dijo, acercándose al cacique—. ¿Sabes algo más de Moctezuma?
¿De su ejército, de sus ciudades, de sus riquezas?
Tabscoob
sintió el peso de la pregunta. Miró a Malintzin, que sostenía su
mirada sin parpadear, y comprendió que ella había querido ayudar, o
quizás tender una trampa. No lo sabía. Pero el nombre de Moctezuma
había despertado un interés que no esperaba.
—Sé que
es temido —respondió, y Aguilar tradujo—. Que tiene guerreros
innumerables y que su ciudad está construida sobre un lago. Pero
nunca he estado allí. Solo conozco lo que cuentan los
mercaderes.
Cortés dio dos pasos atrás y se quedó
mirando el mapa, como si trazara una ruta invisible.
—Bien
—dijo al fin, más para sí mismo que para los demás—. Bien.
Se
volvió hacia la mesa y desenrolló otro mapa, uno más pequeño,
donde la costa norte aparecía trazada con mayor detalle. Sin mirar a
Tabscoob, añadió:
—Entonces mañana mismo enviaré un
mensajero a los totonacas. Que sepan que vengo en son de paz. Y si
Moctezuma se entera, que se entere. Quizás sea mejor que sepa que
tengo amigos en todas partes.
—¿Y si los totonacas no
quieren recibiros? —preguntó el capitán rubio, por primera
vez.
Cortés levantó la cabeza y sonrió de nuevo, pero
esta vez la sonrisa era fría.
—Entonces iré en son de
otra cosa. Pero primero, que sepan que pueden tener un aliado contra
los mexicas. Eso les hará pensar.
Tabscoob comprendió
entonces que aquel hombre no solo buscaba oro ni tierras. Buscaba
enemigos de sus enemigos, y estaba dispuesto a usar a los mayas y a
los totonacas como piezas en un juego que apenas comenzaban a
entender. Y Malintzin, con aquella sola palabra, había encendido una
llama que Tabscoob no sabía si podría apagar.
Cortés
señaló la puerta con la mano. La reunión había
terminado.
Tabscoob, su sobrino y Aguilar salieron juntos
del templo. Al cruzar el umbral, el cacique maya sintió la luz del
sol en el rostro y respiró hondo. Caminaron unos pasos en silencio,
alejándose de la fachada de piedra, hasta que estuvieron fuera del
alcance de los soldados.
Entonces Aguilar se detuvo. Metió
la mano en el pliegue de su camisa y sacó un pequeño sobre de papel
doblado, cerrado con un lacre de cera.
—Tabscoob —dijo
en maya, alargando la mano—. Esto es para vos. La carta que os
prometí anoche.
El cacique se volvió, sorprendido. Tomó
el sobre, sintió el peso del papel en sus dedos y levantó la
mirada.
—¿Es la carta para vuestro amigo?
—Sí
—respondió Aguilar, en voz baja—. He escrito lo que os dije.
Señas que solo él reconocerá. Si el hombre del que hablan los
mercaderes es realmente Gonzalo Guerrero, esta carta llegará a sus
manos. Y si es él, sabrá que yo sigo vivo y que le busco.
Tabscoob
guardó silencio. Deslizó el sobre en el interior de su manta, junto
a su pecho, y lo aseguró con un nudo de la tela.
—Llegará
—dijo entonces, y su voz era firme—. La aldea de Na' Chan Kan
está a pocas jornadas de aquí. En tres o cuatro días tendréis
noticias. Si vuestro amigo responde, lo sabremos entonces.
Aguilar
asintió, y sus ojos brillaron con una luz que Tabscoob no había
visto antes en él. No era la luz del oro ni del poder. Era la luz de
la esperanza, la misma que llevaba ocho años apagada.
—Os
lo agradezco, Tabscoob —dijo Aguilar, y su voz apenas era un
susurro—. No sabéis cuánto significa para mí.
El
cacique asintió sin decir palabra. Luego miró a su sobrino, que
observaba la escena en silencio.
—Vamos
—dijo.
Caminaron de regreso a la aldea, dejando atrás
el templo, los mapas, las armas de hierro y los ojos oscuros de
Malintzin, que desde la puerta los siguió con la mirada hasta que
desaparecieron entre las casas de piedra y las primeras sombras de la
tarde.
---
Tres días pasaron. Aguilar cumplió
con sus obligaciones en el campamento: supervisó las primeras
lecciones de español de Malintzin, asistió a misa en la iglesia del
templo, tradujo las palabras de los mercaderes mayas que llegaban con
noticias del interior. Pero su mente estaba lejos, extraviada en la
selva del sur, en la aldea de un hombre que quizás ya no recordaba
quién había sido.
Cortés, por su parte, mantenía al
ejército ocupado con los preparativos para la marcha hacia la costa.
Los soldados reparaban armaduras, cargaban barriles de agua y
pólvora, y ensillaban los caballos. El campamento bullía de
actividad, pero Aguilar se movía entre aquel bullicio como un
fantasma.
Al tercer día, el emisario que Tabscoob había
enviado regresó. Aguilar, que estaba en la tienda del escribano
repasando los mapas que Cortés había encargado copiar, vio llegar
al mensajero desde lejos. Salió a su encuentro con el corazón
encogido.
El emisario era un hombre joven, de rostro
cansado y pies polvorientos. No llevaba ninguna carta en la mano.
Solo una expresión grave.
—¿Qué noticias traes?
—preguntó Aguilar en maya.
El emisario bajó la
mirada.
—He estado en la aldea de Na' Chan Kan. Le he
entregado tu carta. La ha leído.
—¿Y qué dijo?
El
emisario dudó.
—Nada, señor. La leyó en silencio.
Luego, la dobló lentamente, la puso sobre el fuego de su hogar y la
quemó. Cuando terminó, me dijo: "Dile a quien te envía que yo
no soy quien él cree. Que el hombre que conoció ya murió hace
muchos años en esta selva. Que se olvide de mí."
Aguilar
sintió un vacío en el pecho. Se apoyó en el poste de una choza
para no caerse.
—¿Eso fue todo? —preguntó, con la
voz quebrada.
—Sí, señor. Solo eso. Luego me dio la
espalda y entró en su choza.
Aguilar guardó silencio.
Las palabras de Guerrero resonaron en su memoria: —ya no soy quien
él cree que era. El hombre que conoció murió.— Pero algo dentro
de él se negó a aceptarlo. No podía ser cierto. No después de
tantos años de haberlo buscado, de haberlo dado por muerto, de haber
rezado por su alma. No podía quedarse con esas palabras como única
despedida.
Esa misma noche, Aguilar buscó a Tabscoob en
su residencia recién recuperada. El cacique, aunque había
recuperado su casa, no había recuperado su poder. Estaba sentado en
el patio interior, con los ojos fijos en el cielo
estrellado.
—Tabscoob —dijo Aguilar—. He recibido la
respuesta de Guerrero.
El cacique lo miró sin
sorpresa.
—¿Y bien?
—Me dice que ya no es
quien yo creía. Que el hombre que conocí murió. Que me olvide de
él.
Tabscoob guardó silencio. Luego, soltó una risa
seca.
—Pero tú no piensas olvidarlo, ¿verdad?
Aguilar
negó con la cabeza.
—No. No puedo. No después de todo
lo que he vivido para llegar hasta aquí. Necesito mirarlo a la cara
y saber si es verdad. No puedo quedarme con un mensaje. Necesito ir a
su aldea.
Tabscoob lo miró largo rato.
—¿Y
qué piensas hacer cuando estés frente a él?
—No lo sé
—admitió Aguilar—. Pero tengo que ir. No puedo quedarme con la
duda. Necesito saber quién es ahora, aunque él diga que ya no es el
mismo.
Tabscoob asintió lentamente.
—Irás con mi sobrino —dijo—. Te acompañará con cuatro hombres. Te guiarán hasta la aldea de tu amigo. La aldea está a solo dos jornadas de aquí. En cinco días puedes ir y volver.
Aguilar miró al joven, que hasta entonces había permanecido en silencio.
—¿Tu sobrino?
—Sí —respondió Tabscoob, con una voz que mezclaba orgullo y preocupación—Quiero que vea que hay hombres que han aprendido a respetar nuestra tierra, aunque no sean de ella.
Mañana, al amanecer, los
hombres estarán listos. Y si encuentras a tu amigo, dile que un
cacique derrotado de Potonchán le envía saludos. Pero, sobre todo,
Aguilar, dile también que tú no has olvidado quién era él. Y que
has venido a recordárselo.
Aguilar inclinó la
cabeza.
—Gracias, Tabscoob. Estoy en deuda con vos.
El
cacique asintió y se retiró al interior de su casa.
Aguilar caminó
directamente hacia la tienda de Cortés. El capitán aún estaba
despierto, repasando mapas sobre una mesa de madera, con una vela
temblorosa que iluminaba apenas su rostro. Al ver entrar a Aguilar
con el rostro agitado, alzó una ceja y dijo con tono burlón.
—¿Qué
ocurre, fraile? ¿Los indios atacan?
—No, señor. Creo
que sé dónde está Gonzalo Guerrero.
Cortés dejó el
mapa y lo miró con interés.
—¿El que llegó a estas
tierras con vos?
—El mismo, señor. Se ha convertido en
un cacique maya. Tiene mujer e hijos.
El capitán guardó
silencio durante un largo instante.
—¿Y qué piensas
hacer ahora?
Aguilar tragó saliva.
—Señor,
os ruego que me permitáis ir a buscarlo. Para verlo y saber qué fue
de él.
Cortés lo miró
largo rato.
—¿Cuánto tiempo necesitas?
—Cinco
días, señor, a lo sumo una semana. Tabscoob me ha dado cuatro
hombres que conocen el camino. La aldea está cerca. Iré y volveré
en cinco días.
Cortés asintió lentamente.
—Sea.
Pero escuchadme bien, fraile: no puedo esperaros indefinidamente. La
expedición partirá hacia la costa dentro de una semana. Eso os da
tiempo de sobra para ir y volver. Si queréis venir con nosotros,
tendréis que alcanzarnos. Os dejaré una escolta de dos hombres en
la desembocadura del río, con provisiones para que podáis seguir el
rastro de la expedición hacia el norte cuando regreséis. Allí nos
encontraréis.
Aguilar inclinó la cabeza.
—Así
lo haré, señor. Os lo prometo.
Salió de la tienda con
el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
---
Al
llegar al campamento, Aguilar no se fue a descansar. Buscó al
escribano, aquel hombre de manos manchadas de tinta que había leído
el Requerimiento en la playa semanas atrás. Lo encontró en su
tienda, inclinado sobre un pergamino.
El escribano se
llamaba Alonso de Torres, aunque pocos en el campamento conocían su
nombre completo. Para los soldados era simplemente "el
escribano", ese hombre callado de mediana edad que pasaba los
días copiando mapas y redactando cartas. Su cabello era canoso, su
barba descuidada, y su espalda mostraba una ligera curvatura de tanto
inclinarse sobre mesas y pupitres. De complexión delgada, no era un
guerrero; nunca había empuñado una espada. Su lugar estaba en la
retaguardia, entre los cofres de documentos y los tinteros de
cuero.
Pero lo que le faltaba en fuerza física lo
compensaba con una memoria prodigiosa y una letra clara y precisa que
Cortés valoraba más que a muchos soldados. Alonso de Torres había
sido clérigo menor en su juventud, antes de abandonar los hábitos
por el oficio de escribano. Sabía latín y algo de griego, y en
Sevilla había impartido clases a hijos de comerciantes. Quizás por
eso no miraba a los mayas con desprecio, como la mayoría de los
soldados. No los veía como bestias ni como almas perdidas, sino como
hombres y mujeres con los que había que entenderse. Por eso Aguilar
confiaba en él.
Aguilar se detuvo en la entrada de la
tienda.
—Hermano —dijo, entrando sin anunciarse—.
Necesito hablar con vos.
El escribano levantó la vista,
sorprendido.
—Padre Aguilar. ¿Qué os trae a estas
horas?
—El capitán general os ha encargado que enseñéis
español a la muchacha maya, Malintzin.
El escribano
asintió lentamente.
—Así me lo comunicó el capitán.
Si Dios quiere, mañana comenzaré con lo básico.
—Bien
—dijo Aguilar, sentándose frente a él—. Pero yo parto al
amanecer hacia el sur. Una misión que puede llevarme cinco días. No
podré estar aquí para supervisar las lecciones como el capitán me
pidió. Por eso quiero deciros esto: no os limitéis a enseñarle el
nombre de las cosas. Enseñadle también a escuchar. Que repita las
frases que oiga, aunque no las entienda del todo. Que se acostumbre
al sonido de nuestra lengua. Cuando yo regrese, me encargaré de
darle sentido a esas palabras.
El escribano guardó
silencio un momento.
—Lo haré, padre. Pero... ¿y si
ella se resiste? Es una muchacha orgullosa.
—No se
resistirá —dijo Aguilar—. Porque sabe que nosotros somos su
única oportunidad. Y porque es inteligente. Aprended con ella, no le
deis órdenes como a una esclava. Haced que os pregunte, que os
corrija, que se equivoque sin miedo. Así aprenderá más rápido.
El
escribano asintió.
—Así lo haré, padre. Cuidad
vuestro viaje. Que Dios os guarde.
Aguilar se levantó y
puso una mano en el hombro del escribano.
—Y vos,
hermano, cuidad de ella. Porque ella, más que ninguna espada, nos
abrirá las puertas de este mundo.
Dicho esto, salió de
la tienda. La noche era oscura y el viento traía el olor a humo y a
selva. Aguilar respiró hondo. Al día siguiente, al amanecer,
partiría hacia el sur, hacia el encuentro con su pasado. Pero al
menos sabía que, en su ausencia, la semilla del español estaba
siendo sembrada en el corazón de Malintzin.
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Capítulo XIII
El Camino hacia el Sur
Aguilar partió
al amanecer. El sol apenas asomaba sobre la selva cuando él y los
cinco hombres —los cuatro guerreros que Tabscoob le había
entregado, más el joven Ix Balam— cruzaron el último límite de
Potonchán y se adentraron en el sendero que llevaba al sur.
El
más viejo de ellos, de nombre Balam —Jaguar, en maya—, llevaba
la delantera. Era un hombre de unos cuarenta años, de piel curtida y
manos callosas, con una cicatriz que le cruzaba el pecho de hombro a
costilla. Conocía los caminos del sur como la palma de su mano.
—El
camino es corto —dijo Balam en maya, sin volverse—. Dos jornadas
de marcha hasta la aldea de Na' Chan Kan. Allí descansaremos y
buscaremos a tu amigo.
Aguilar asintió. No habló mucho
durante el viaje. Caminaba con la cabeza gacha, sumido en sus
pensamientos, mientras los mayas avanzaban en silencio a su
alrededor. La selva era espesa y húmeda, y el sol apenas se filtraba
entre las copas de los árboles. Los monos aulladores gritaban desde
lo alto, y el suelo estaba cubierto de hojas podridas y raíces que
se enredaban como serpientes.
Aguilar sintió el peso de
los años que había pasado entre los mayas. Sus pies, acostumbrados
a las piedras de los templos y a la tierra apisonada de las ciudades,
se adaptaron pronto al barro y a las raíces. Los guerreros mayas lo
observaban con respeto. No era un dzul blando, pensaban. Era un
hombre que sabía caminar.
Ix Balam caminaba al final,
justo detrás de Aguilar. No hablaba. Pero Aguilar sentía su mirada
en la nuca, como un peso silencioso. De vez en cuando se volvía y lo
veía observando el entorno con la misma atención con que observaba
a los hombres que lo rodeaban. Aprendía. Memoria. Como su tío.
Al
caer la tarde, Balam levantó la mano para detener la marcha. Señaló
unas huellas en el barro.
—Jaguar —dijo en voz baja—.
Grande. Ha pasado hace poco.
Los otros guerreros tensaron
sus lanzas. Balam siguió las huellas con la mirada y luego se
encogió de hombros.
—Se ha ido —dijo—. Pero esta
noche tendremos fuego alto.
Acamparon en un claro. Aguilar
no durmió bien. Cada ruido de la selva le parecía el rugido de una
bestia. Pero al amanecer, cuando despertó y vio a los guerreros
mayas roncando junto a las brasas, se sintió casi avergonzado de su
miedo.
—¿Siempre es así? —preguntó a Balam mientras
reanudaban la marcha.
Balam sonrió, mostrando sus dientes
manchados de chicle.
—Siempre —dijo—. Pero tú has
sobrevivido ocho años en estas tierras. Eso significa que los
jaguares no te quieren. O que eres demasiado flaco para su
gusto.
Aguilar no pudo evitar sonreír.
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El
segundo día, al atardecer, llegaron a la aldea de Guerrero.
La
aldea era pequeña, de unas pocas docenas de chozas de palma, rodeada
de plantaciones de maíz y frijol. El humo de las hogueras se elevaba
en el aire, y los niños correteaban entre las casas.
Aguilar
se detuvo en la entrada. Su corazón latía con fuerza. Ocho años de
espera.
Balam habló con unos guerreros que estaban de
guardia. Señalaron hacia el centro de la aldea, donde una choza más
grande que las demás se alzaba bajo la sombra de un ceibo.
—Allí
—dijo Balam—. Tu amigo está allí.
Aguilar caminó
lentamente hacia la choza. Sus piernas temblaban. Al llegar a la
entrada, se detuvo. Podía oír el sonido de una lanza tallando
madera, el rasgueo rítmico de la obsidiana contra la veta.
Aguilar
respiró hondo. Se dijo a sí mismo: —Sea lo que sea que encuentre,
tengo que verlo. He recorrido dos días de selva. No puedo volver sin
saber.—
Carraspeó.
Guerrero levantó la
vista.
Los dos hombres se miraron en silencio.
—Gonzalo
—susurró Aguilar.
Guerrero se quedó inmóvil. La lanza
cayó al suelo con un golpe sordo. Luego, lentamente, se puso en
pie.
No era el Gonzalo que Aguilar recordaba. Aquel hombre
delgado y pálido, con la barba descuidada y los ojos llenos de
miedo, había desaparecido. En su lugar había un guerrero imponente,
un señor maya. Su rostro estaba tatuado con líneas negras y rojas
que dibujaban un jaguar estilizado alrededor de sus ojos. Sus orejas
estaban perforadas, y en los lóbulos colgaban discos de jade verde.
Llevaba un collar de colmillos de jaguar y un pectoral de oro que
representaba a Kukulkán. De sus brazos colgaban plumas de
quetzal.
Pero sus ojos seguían siendo los
mismos.
—Jerónimo —dijo, y su voz era grave,
profunda—. ¿Qué haces aquí?
—He venido a buscarte
—respondió Aguilar—. Tabscoob me dijo que estabas aquí. He
recorrido dos días de selva para verte. Mi carta... la quemaste.
Pero no pude quedarme sin saber por qué.
Guerrero lo miró
sin parpadear.
—¿Y por qué has venido? ¿Para llevarme
de vuelta?
—No —dijo Aguilar—. He venido para verte.
Solo para eso. Para saber que estás vivo. Para saber si eres feliz.
Para entender por qué quemaste mi carta.
Guerrero guardó
silencio. Luego, lentamente, dio un paso adelante y abrazó a su
antiguo amigo.
—He echado de menos a mi hermano,
Jerónimo.
Aguilar sintió el calor del abrazo y el peso
de los tatuajes de Guerrero contra su pecho. Cerró los ojos. Las
lágrimas que había contenido durante todo el viaje finalmente
brotaron.
—Yo también te he echado de menos,
Gonzalo.
Aguilar se volvió y buscó con la mirada a Ix
Balam. El joven estaba al borde del claro, observando la escena en
silencio. Sus ojos se habían vuelto más profundos, como si
estuviera guardando cada instante en su memoria.
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