miércoles, 2 de septiembre de 2026

El encuentro del compañero perdido - Nahuatl VIII

 

 Capítulo XI

 La Promesa de Tabscoob

Aguilar salió de la tienda de Cortés. El sol del atardecer teñía de rojo el campamento, y en la distancia, junto a un fuego próximo a la tienda del capitán, vio a Malintzin, sentada en el suelo, con las manos apoyadas sobre las rodillas, mirando el horizonte. Se detuvo un instante a observarla. Aquella muchacha, pensó, iba a ser clave en los días que estaban por venir. Y él debía asegurarse, junto con el escribano, de que aprendiera no solo palabras, sino el sentido de todo lo que estaba ocurriendo.

Apretó el paso hacia las afueras de la ciudad, donde los mayas, lejos de la presencia de los españoles, habían empezado a levantar chozas de paja y barro. El olor a humo y a comida cocinada flotaba en el aire, mezclado con el aroma de la selva que se extendía más allá de las últimas casas. No llevaba armas, y los pocos soldados que lo vieron pasar lo miraron con extrañeza, pero nadie lo detuvo. Al fin y al cabo, era el intérprete, el hombre que hablaba la lengua de los indios. Un ser ambiguo, demasiado cercano al enemigo para ser del todo confiable, pero demasiado útil para ser apartado.

Caminó sin prisa, sintiendo el cansancio en los huesos. El encuentro con Cortés, el peso de las palabras de Tabscoob en el aire, la imagen de la cruz clavada en el templo de Kukulkán... todo se mezclaba en su cabeza como una sopa espesa. Ocho años, pensó. Ocho años en estas tierras, y aún no sé si pertenezco a un mundo o al otro.

Llegó a la pequeña construcción de piedra caliza que había sido la casa de descanso del padre y el abuelo de Tabscoob. Allí, los antiguos caciques de la ciudad habían venido a cazar, a meditar, a alejarse del bullicio de la corte. Las paredes, aún firmes, conservaban restos de pintura roja y negra, y en el dintel de la entrada estaba grabado el glifo de su linaje: un círculo con un punto en el centro, el mismo que había firmado aquella mañana en el pergamino de los españoles. El techo de palma, aunque reparado a toda prisa, cubría apenas una estancia pequeña, de tierra apisonada y olor a humo.

Tabscoob estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en una columna de piedra. Tenía los ojos cerrados y las manos apoyadas sobre las rodillas. Su respiración era pausada, profunda. No parecía dormir, sino meditar. A su lado había algunas mantas de algodón extendidas, y de una viga colgaba su penacho de plumas de quetzal. El lugar era modesto, casi austero para quien había sido gobernante de Potonchán.

El cacique maya había cambiado sus vestiduras de algodón por una sencilla manta de fibra de henequén, y en lugar del penacho de plumas de quetzal llevaba una cinta de cuero que le sujetaba el cabello. Su rostro, que había mostrado dignidad en la batalla, ahora mostraba el cansancio del derrotado.

Abrió los ojos y reconoció a Aguilar. No se levantó, pero un destello de curiosidad cruzó su mirada.

—Aguilar —dijo Tabscoob, con voz grave—. ¿Qué os trae por aquí? ¿Viene vuestro capitán a pedirme más ofrendas? ¿O ha decidido que ya no le sirvo de nada y quiere deshacerse de mí?

—No, Tabscoob —respondió Aguilar en maya—. Cortés os devuelve vuestra casa. Quiere que regreseis en cuanto podáis.

Tabscoob lo miró con incredulidad.

—¿Devolverme mi casa? ¿Después de arrebatármela? ¿Qué clase de juego es este?

Aguilar se sentó frente a él, en el suelo, sin esperar invitación. No era un gesto de familiaridad, sino de respeto: un hombre que se sienta a la altura de otro.

—Esto no es un juego —repuso Aguilar, midiendo cada palabra—. Es una muestra de confianza. Cortés quiere que entendáis que la corona española os tiende su mano, y que los hombres que han llegado a estas tierras no buscan guerra, sino alianza. Anhela vuestra amistad.

Tabscoob soltó una risa amarga, seca como la tierra en sequía.

—¿Nuestra amistad? ¿Después de matar a mis guerreros, de tomar a mis mujeres, de arrancar a mis dioses de los altares? ¿Ahora tengo que entregar mi amistad?

Aguilar guardó silencio. Sabía que no había respuesta para eso. Tabscoob lo miró un largo momento, luego suspiró, como quien deja caer un peso que ha llevado demasiado tiempo.

—Vamos —dijo el cacique, levantándose con lentitud—. Acompañadme. Caminaremos mientras me contáis lo que vuestro capitán quiere realmente.

Salieron de la choza y caminaron juntos por la calle principal de Potonchán, flanqueados por las chozas de los mayas y las casas de piedra que los españoles habían ocupado. El sol se ponía tras el templo, tiñendo la cruz de madera de un rojo intenso, como si la sangre de los sacrificios aún manchara la ciudad. La brisa traía el olor a incienso de la iglesia de fray Bartolomé, pero también el aroma de la selva y la tierra mojada.

Avanzaron en silencio unos pasos. Tabscoob se detuvo y, sin volverse, preguntó:

—Decidme, ¿qué quiere Cortés de mí?

Aguilar se acercó y respondió:

—Cortés quiere saber si esa ciudad de oro que menciona Malintzin existe realmente. No le basta con los rumores ni con las historias que los mayas cuentan a sus hijos junto al fuego. Quiere saber su ubicación, su camino, sus guardianes. Quiere saber si el oro es tan abundante como dicen.

Retomaron la marcha. La luz del sol se desvanecía entre las ramas de los árboles, y el ruido de la aldea se iba apagando. Tabscoob guardó silencio durante un largo trecho. Luego, sin dejar de andar, miró de reojo a Aguilar y preguntó:

—¿Y vos qué queréis saber?

La pregunta, tan inesperada, hizo que Aguilar se detuviera un instante. Tabscoob lo había desarmado con esa sencillez. Porque lo que él quería saber no tenía nada que ver con el oro ni con las rutas hacia el altiplano. Era algo más antiguo, más personal, más hondo.

—Llevo muchos años en estas tierras —dijo Aguilar, retomando el paso—. Naufragué en vuestras costas, fui esclavo hasta que compraron mi libertad. Pero no vine solo. Otro hombre viajaba conmigo. Sobrevivimos, pero nos separaron. Desde entonces no sé de él. Quiero saber si aún vive.

Tabscoob lo miró con atención, sus ojos oscuros brillando bajo la luz del atardecer. No dijo nada durante un largo momento. Luego, en lugar de responder directamente, se detuvo en medio del camino.

—Antes de responder, decidme una cosa, Aguilar —dijo el cacique—. ¿Cómo acabasteis aquí? ¿Cómo llegasteis a estas tierras?

Aguilar sintió un nudo en la garganta. La pregunta, tan simple, le abría una herida que llevaba ocho años intentando cerrar. Tomó aliento. Las palabras no salían con facilidad; cada una pesaba como una piedra.

—Hace ocho años, mi barco naufragó cerca de Cozumel —dijo, con voz más ronca de lo que esperaba—. La tormenta fue terrible. Logramos llegar a la orilla varios hombres, pero los mayas nos capturaron. A la mayoría los sacrificaron. Sobreviví porque aprendí vuestra lengua. Solo quedamos dos: un andaluz llamado Gonzalo Guerrero y yo. Enseguida nos separaron. A él lo llevaron al continente; a mí, a una isla, donde un cacique me tuvo como esclavo. Luego un mercader me compró y me llevó a la costa de Yucatán. Allí he estado hasta que Cortés me rescató.

Hizo una pausa. La tarde se había vuelto más oscura, y el canto de los pájaros se iba apagando.

—Pero de Guerrero no sé nada —continuó, y su voz tembló apenas un instante—. Solo sé que sobrevivió. He oído rumores: que se convirtió en guerrero, que se tatuó el rostro, que tomó esposa maya y que ahora es un señor entre ellos. Pero no sé si es verdad. No sé si ese hombre es realmente mi amigo o solo un extraño del que hablan los rumores.

Tabscoob lo observó en silencio. Sus ojos, que habían visto la derrota y la muerte, se suavizaron por un instante. No dijo nada. Solo asintió lentamente, como si aquella historia le resultara familiar, como si hubiera oído antes el nombre de Gonzalo Guerrero en alguna conversación junto al fuego.

Caminaron un trecho más, alejándose de las últimas chozas, hasta llegar a un claro donde el río se abría paso entre la vegetación. La luz del sol se había desvanecido casi por completo, y el agua reflejaba los primeros destellos de las estrellas. Tabscoob se detuvo junto a la orilla y miró el río durante un largo momento. Luego, sin volverse, habló:

—Puede que conozca a ese hombre —dijo Tabscoob—. No lo he visto con mis propios ojos, pero los mercaderes que vienen del sur, de las tierras de los mayas de la costa, cuentan historias de un hombre blanco que lucha como un maya, que habla como un maya y que viste como un maya. Que ha tomado una mujer de linaje y que tiene hijos. Dicen que es un guerrero temido, que dirige a sus hombres en las batallas y que ha aprendido el arte de la guerra de los mayas. Dicen que se ha ganado el respeto de los caciques, y los mayas lo llaman Na' Chan Kan, el Guerrero de la Serpiente Celestial. Podría ser tu amigo. O podría ser otro.

Aguilar sintió que el corazón se le aceleraba. Las palabras de Tabscoob encajaban con los rumores que había escuchado durante años, pero oírlas de boca de un cacique, alguien que conocía las redes de comercio y los caminos de la costa, les daba un peso distinto. Durante un instante, el cansancio desapareció, reemplazado por una chispa que llevaba ocho años apagada.

—Entonces, ¿cómo puedo saber si es él? —preguntó Aguilar, y su voz sonó más aguda de lo que hubiera querido.

Tabscoob se volvió lentamente y lo miró con una expresión seria, la de quien ha medido cada palabra antes de pronunciarla.

—Escríbele una carta —dijo—. Una carta en tu lengua, con tu nombre, con las señas que solo tu amigo reconocería. Yo haré llegar esa carta al cacique Na' Chan Kan. Si el hombre del que hablan los mercaderes es realmente el hombre por quien preguntas, la recibirá. Y si es tu amigo, te responderá. Entonces sabrás la verdad.

Aguilar sintió un nudo en la garganta. Durante años había buscado respuestas, y ahora, por fin, alguien le ofrecía un camino. No un rumor, no una esperanza vaga, sino un gesto concreto, una mano tendida desde el mundo que había dejado atrás. Inclinó la cabeza en señal de agradecimiento, y cuando levantó la vista, sus ojos brillaban con una luz que la oscuridad no podía apagar.

—Os lo agradezco, Tabscoob —dijo, y su voz apenas era un susurro—. No sabéis cuánto significa para mí.

El cacique asintió sin decir palabra. La luz del sol se había apagado casi por completo, y las primeras estrellas comenzaban a asomar sobre el templo, titilando como pequeñas luces de esperanza en el firmamento. Aguilar supo que era momento de regresar al campamento español. Dio unos pasos, pero entonces la voz de Tabscoob lo detuvo.

—Espera —dijo Tabscoob—. Decidle a Cortés que mañana le visitaré y responderé cuanto pueda a todo lo que quiera saber.

Aguilar se volvió y asintió. En la penumbra, los dos hombres se miraron un instante. Luego se despidieron. En el camino de regreso, el eco de las palabras de Tabscoob resonando en su cabeza: —Na' Chan Kan. El Guerrero de la Serpiente Celestial.—

Aguilar regresó al pequeño cuarto de piedra que había ocupado desde que los españoles tomaron la ciudad. Era una de las casas mayas abandonadas, cerca de la plaza, con una sola estancia, un hogar de piedras en el centro y un hueco en el techo por donde se escapaba el humo. Los antiguos dueños se habían marchado antes de que llegaran los españoles. Solo quedaron los utensilios rotos y una estera de palma que él había extendido en un rincón.

Se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra la pared de cal y observó la llama temblorosa de la vela. La luz bailaba sobre los muros desnudos, dibujando sombras que se movían como fantasmas. Fuera, el silencio de la selva lo envolvía todo.

Tomó la pluma y el papel que el escribano le había prestado. No escribía en español desde hacía años. Las primeras letras del castellano le salieron torpes, pero poco a poco la mano fue recordando. Puso en la carta señas que solo Guerrero reconocería: el nombre del barco en el que naufragaron, el nombre del capitán, el lugar exacto donde se separaron, y una pregunta que solo su amigo sabría responder.

Cuando terminó, dobló el papel con cuidado y lo guardó en el pliegue de su camisa. Mañana, después de la visita de Tabscoob a Cortés, se lo entregaría personalmente. Y entonces, solo entonces, comenzaría la espera.

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Capítulo XII
La Visita a Cortés

A la mañana siguiente, Tabscoob salió de la pequeña construcción de piedra caliza donde se había refugiado. Lo acompañaba un guerrero joven, su sobrino, que caminaba en silencio a su lado, sin más carga que su propia sombra.

Atravesaron la zona donde los mayas habían levantado sus nuevas chozas de paja y barro. El olor a humo y a comida cocinada flotaba en el aire, mezclado con el aroma de la selva que se extendía más allá de las últimas casas. Algunos hombres y mujeres que ya estaban despiertos los saludaron con breves gestos, pero nadie preguntó adónde iban.

Apenas habían dejado atrás las últimas chozas cuando vieron a Aguilar esperándoles junto al camino, apoyado en un tronco caído. El intérprete llevaba la misma camisa blanca de la noche anterior y el rosario colgando del cuello. Al verlos llegar, se enderezó y les salió al encuentro.

—Buenos días, Tabscoob —dijo en maya, con un gesto de saludo—. He pensado que sería mejor que fuera con vos hasta el templo. Así no tendréis que explicar a los soldados quién sois.

Tabscoob asintió. No dijo nada, pero agradeció el gesto. Caminar junto al intérprete le ahorraría preguntas y malentendidos.

—Vamos, pues —respondió, y los tres emprendieron juntos el camino.

El sendero hacia el templo donde Cortés había instalado sus nuevas dependencias estaba polvoriento y lleno de huellas de cascos y sandalias. Caminaron en silencio la mayor parte del trayecto. El sobrino de Tabscoob observaba a Aguilar con curiosidad, como si aquel hombre de barba entrecanosa y acento extraño le resultara tan fascinante como inquietante.

Desde la noche anterior, Tabscoob había meditado sobre lo que diría al capitán español. Aguilar le había advertido que Cortés no era hombre de rodeos, que prefería las respuestas claras y los gestos concretos. Pero Tabscoob sabía que, para un cacique maya, las palabras eran como semillas: había que plantarlas con cuidado para que dieran fruto.

Cuando llegaron ante la entrada de la antigua sala de audiencias del templo, dos soldados españoles montaban guardia junto al vano de piedra. Sus corazas relucían bajo la luz matinal, y sus arcabuces descansaban contra el muro, pero sus manos no se apartaban de las empuñaduras. Al ver al cacique maya, uno de ellos dio un paso al frente y alzó la mano, deteniéndolos.

El soldado los examinó con desconfianza. Su mirada se posó en el sobrino, en las manos vacías de Tabscoob, y luego en Aguilar, que caminaba justo detrás de ellos.

—Son conmigo —dijo Aguilar en español.

El soldado lo reconoció, relajó los hombros y asintió. Se apartó a un lado, y el otro imitó el gesto, dejando libre el vano.

—Pasad —dijo el primero, con un movimiento de cabeza—. El capitán os espera.

Tabscoob no entendió las palabras, pero el tono y el gesto de apartarse le bastaron. Cruzó el umbral, seguido de su sobrino y de Aguilar.

La penumbra del templo olía a incienso viejo y a cera, pero también a tinta y a cuero, los olores que los españoles habían traído consigo. En el centro, una gran mesa de madera estaba cubierta de mapas, pliegos de papel y pequeñas figuras de metal que representaban barcos y soldados.

Junto a la mesa, de pie, estaba Hernán Cortés. Vestía un jubón oscuro, con las mangas recogidas, y sus dedos descansaban sobre un pergamino enrollado. Pero lo que hizo detenerse a Tabscoob no fue el capitán, sino la mujer que permanecía a su lado, junto a la puerta, con las manos cruzadas sobre el vientre.

Malintzin.

La joven —pues eso era, una muchacha de unos veinte años, de rostro impasible y ojos negros que observaban sin parpadear— estaba allí, junto a la entrada, como una sombra más en la penumbra. Tabscoob no esperaba verla. Había oído rumores de que Cortés la mantenía cerca, que la había recibido como parte del tributo de los mayas de la costa, pero verla allí, vestida con una falda de algodón y un rebozo oscuro, le recordó que los españoles no viajaban solos. Llevaban consigo a personas de estas tierras, gentes que hablaban lenguas que él a veces entendía y otras no.

Junto a Cortés, además, se hallaban otros dos hombres: un joven capitán de cabello rubio, de mirada desafiante, y un fraile de hábito pardo que sostenía un crucifijo entre los dedos. Tabscoob no supo sus nombres, pero intuyó que eran importantes.

Cortés levantó la vista y sonrió. No era una sonrisa amable, sino la de un hombre que calcula cada gesto.

—Tabscoob —dijo, y su voz resonó en el recinto—. Gracias por venir.

Aguilar tradujo al maya, y Tabscoob asintió sin bajar la mirada.

—Has traído a tu sobrino —señaló Cortés, y el muchacho dio un paso atrás, instintivamente.

—Es mi acompañante —respondió Tabscoob con calma.

Cortés entrecerró los ojos, pero no preguntó más. En lugar de eso, se volvió hacia la mesa y señaló con el dedo un punto en la costa norte, donde el mapa dibujaba una línea irregular quebrada por pequeñas bahías.

—Tabscoob —dijo, cambiando el tono—. Los totonacas. ¿Qué sabes de ellos?

El cacique maya se acercó a la mesa, aunque los trazos de los españoles le resultaban ajenos. Vio montañas dibujadas con tinta, ríos que no reconocía, nombres escritos en una lengua que no podía leer. Pero la pregunta era clara.

—Son pueblos del norte —respondió, apoyando una mano en el borde de la mesa—. Hablan otra lengua, pero los mercaderes los conocen. Tienen oro, y también miedo a los mexicas.

Aguilar tradujo al español, y Cortés asintió, satisfecho.

—Bueno —dijo, y aquella única palabra sonó como un veredicto—. Eso es exactamente lo que necesito.

Se enderezó y dio una vuelta alrededor de la mesa. El capitán rubio lo siguió con la mirada; el fraile, en cambio, mantenía los ojos bajos, como si rezara en silencio.

—Tabscoob —prosiguió Cortés, volviéndose hacia el cacique—. Partiré hacia el norte en una semana. Iré a ver a esos totonacas. Pero tú no vendrás conmigo.

Tabscoob levantó la vista, sorprendido. Su mano derecha buscó instintivamente el costado de su cintura, pero el saquito de cuero aún no estaba allí.

—¿No? —preguntó, y su voz sonó más aguda de lo que había querido.

—No —respondió Cortés, con firmeza—. Tú te quedarás aquí, en tu tierra. Gobernarás tu pueblo, como antes. Pero en mi nombre. Y cuando necesite provisiones o paso hacia el sur, me las darás.

El silencio se hizo pesado. El sobrino de Tabscoob contuvo la respiración. Malintzin fijó la mirada en el cacique, y por primera vez, sus labios se movieron. Habló en una lengua que Tabscoob reconoció al instante —la misma que hablaban los mercaderes del altiplano, la misma que él entendía desde niño por el comercio—, con una voz baja que apenas llegó a sus oídos.

—¿Tú conoces al gran señor de los mexicas? —preguntó ella, refiriéndose a Moctezuma.

Tabscoob la miró, sorprendido de que ella se dirigiera a él en aquella lengua. Respondió en el mismo idioma, con cautela.

—Lo conozco de oídas. Es poderoso. Pero nunca he estado en su ciudad.

Malintzin asintió lentamente. Luego, volviéndose hacia Cortés y los demás, señaló a Tabscoob y pronunció en español, con gran esfuerzo y torpeza, la única palabra que había logrado aprender aquella mañana:

—Moctezuma... —dijo, y luego repitió el nombre con claridad—. Moctezuma.

Cortés se quedó inmóvil. El capitán rubio frunció el ceño. El fraile levantó la vista del crucifijo.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Cortés, mirando a Aguilar.

Aguilar, que también había entendido el intercambio, tradujo al español:

—La joven dice que Tabscoob conoce a Moctezuma, o al menos sabe de él. No ha ido a Tenochtitlan, pero los mercaderes le han hablado del emperador.

Cortés sonrió de nuevo, pero esta vez la sonrisa era más intensa, casi hambrienta.

—Tabscoob —dijo, acercándose al cacique—. ¿Sabes algo más de Moctezuma? ¿De su ejército, de sus ciudades, de sus riquezas?

Tabscoob sintió el peso de la pregunta. Miró a Malintzin, que sostenía su mirada sin parpadear, y comprendió que ella había querido ayudar, o quizás tender una trampa. No lo sabía. Pero el nombre de Moctezuma había despertado un interés que no esperaba.

—Sé que es temido —respondió, y Aguilar tradujo—. Que tiene guerreros innumerables y que su ciudad está construida sobre un lago. Pero nunca he estado allí. Solo conozco lo que cuentan los mercaderes.

Cortés dio dos pasos atrás y se quedó mirando el mapa, como si trazara una ruta invisible.

—Bien —dijo al fin, más para sí mismo que para los demás—. Bien.

Se volvió hacia la mesa y desenrolló otro mapa, uno más pequeño, donde la costa norte aparecía trazada con mayor detalle. Sin mirar a Tabscoob, añadió:

—Entonces mañana mismo enviaré un mensajero a los totonacas. Que sepan que vengo en son de paz. Y si Moctezuma se entera, que se entere. Quizás sea mejor que sepa que tengo amigos en todas partes.

—¿Y si los totonacas no quieren recibiros? —preguntó el capitán rubio, por primera vez.

Cortés levantó la cabeza y sonrió de nuevo, pero esta vez la sonrisa era fría.

—Entonces iré en son de otra cosa. Pero primero, que sepan que pueden tener un aliado contra los mexicas. Eso les hará pensar.

Tabscoob comprendió entonces que aquel hombre no solo buscaba oro ni tierras. Buscaba enemigos de sus enemigos, y estaba dispuesto a usar a los mayas y a los totonacas como piezas en un juego que apenas comenzaban a entender. Y Malintzin, con aquella sola palabra, había encendido una llama que Tabscoob no sabía si podría apagar.

Cortés señaló la puerta con la mano. La reunión había terminado.

Tabscoob, su sobrino y Aguilar salieron juntos del templo. Al cruzar el umbral, el cacique maya sintió la luz del sol en el rostro y respiró hondo. Caminaron unos pasos en silencio, alejándose de la fachada de piedra, hasta que estuvieron fuera del alcance de los soldados.

Entonces Aguilar se detuvo. Metió la mano en el pliegue de su camisa y sacó un pequeño sobre de papel doblado, cerrado con un lacre de cera.

—Tabscoob —dijo en maya, alargando la mano—. Esto es para vos. La carta que os prometí anoche.

El cacique se volvió, sorprendido. Tomó el sobre, sintió el peso del papel en sus dedos y levantó la mirada.

—¿Es la carta para vuestro amigo?

—Sí —respondió Aguilar, en voz baja—. He escrito lo que os dije. Señas que solo él reconocerá. Si el hombre del que hablan los mercaderes es realmente Gonzalo Guerrero, esta carta llegará a sus manos. Y si es él, sabrá que yo sigo vivo y que le busco.

Tabscoob guardó silencio. Deslizó el sobre en el interior de su manta, junto a su pecho, y lo aseguró con un nudo de la tela.

—Llegará —dijo entonces, y su voz era firme—. La aldea de Na' Chan Kan está a pocas jornadas de aquí. En tres o cuatro días tendréis noticias. Si vuestro amigo responde, lo sabremos entonces.

Aguilar asintió, y sus ojos brillaron con una luz que Tabscoob no había visto antes en él. No era la luz del oro ni del poder. Era la luz de la esperanza, la misma que llevaba ocho años apagada.

—Os lo agradezco, Tabscoob —dijo Aguilar, y su voz apenas era un susurro—. No sabéis cuánto significa para mí.

El cacique asintió sin decir palabra. Luego miró a su sobrino, que observaba la escena en silencio.

—Vamos —dijo.

Caminaron de regreso a la aldea, dejando atrás el templo, los mapas, las armas de hierro y los ojos oscuros de Malintzin, que desde la puerta los siguió con la mirada hasta que desaparecieron entre las casas de piedra y las primeras sombras de la tarde.

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Tres días pasaron. Aguilar cumplió con sus obligaciones en el campamento: supervisó las primeras lecciones de español de Malintzin, asistió a misa en la iglesia del templo, tradujo las palabras de los mercaderes mayas que llegaban con noticias del interior. Pero su mente estaba lejos, extraviada en la selva del sur, en la aldea de un hombre que quizás ya no recordaba quién había sido.

Cortés, por su parte, mantenía al ejército ocupado con los preparativos para la marcha hacia la costa. Los soldados reparaban armaduras, cargaban barriles de agua y pólvora, y ensillaban los caballos. El campamento bullía de actividad, pero Aguilar se movía entre aquel bullicio como un fantasma.

Al tercer día, el emisario que Tabscoob había enviado regresó. Aguilar, que estaba en la tienda del escribano repasando los mapas que Cortés había encargado copiar, vio llegar al mensajero desde lejos. Salió a su encuentro con el corazón encogido.

El emisario era un hombre joven, de rostro cansado y pies polvorientos. No llevaba ninguna carta en la mano. Solo una expresión grave.

—¿Qué noticias traes? —preguntó Aguilar en maya.

El emisario bajó la mirada.

—He estado en la aldea de Na' Chan Kan. Le he entregado tu carta. La ha leído.

—¿Y qué dijo?

El emisario dudó.

—Nada, señor. La leyó en silencio. Luego, la dobló lentamente, la puso sobre el fuego de su hogar y la quemó. Cuando terminó, me dijo: "Dile a quien te envía que yo no soy quien él cree. Que el hombre que conoció ya murió hace muchos años en esta selva. Que se olvide de mí."

Aguilar sintió un vacío en el pecho. Se apoyó en el poste de una choza para no caerse.

—¿Eso fue todo? —preguntó, con la voz quebrada.

—Sí, señor. Solo eso. Luego me dio la espalda y entró en su choza.

Aguilar guardó silencio. Las palabras de Guerrero resonaron en su memoria: —ya no soy quien él cree que era. El hombre que conoció murió.— Pero algo dentro de él se negó a aceptarlo. No podía ser cierto. No después de tantos años de haberlo buscado, de haberlo dado por muerto, de haber rezado por su alma. No podía quedarse con esas palabras como única despedida.

Esa misma noche, Aguilar buscó a Tabscoob en su residencia recién recuperada. El cacique, aunque había recuperado su casa, no había recuperado su poder. Estaba sentado en el patio interior, con los ojos fijos en el cielo estrellado.

—Tabscoob —dijo Aguilar—. He recibido la respuesta de Guerrero.

El cacique lo miró sin sorpresa.

—¿Y bien?

—Me dice que ya no es quien yo creía. Que el hombre que conocí murió. Que me olvide de él.

Tabscoob guardó silencio. Luego, soltó una risa seca.

—Pero tú no piensas olvidarlo, ¿verdad?

Aguilar negó con la cabeza.

—No. No puedo. No después de todo lo que he vivido para llegar hasta aquí. Necesito mirarlo a la cara y saber si es verdad. No puedo quedarme con un mensaje. Necesito ir a su aldea.

Tabscoob lo miró largo rato.

—¿Y qué piensas hacer cuando estés frente a él?

—No lo sé —admitió Aguilar—. Pero tengo que ir. No puedo quedarme con la duda. Necesito saber quién es ahora, aunque él diga que ya no es el mismo.

Tabscoob asintió lentamente.

Irás con mi sobrino —dijo—. Te acompañará con cuatro hombres. Te guiarán hasta la aldea de tu amigo. La aldea está a solo dos jornadas de aquí. En cinco días puedes ir y volver.

Aguilar miró al joven, que hasta entonces había permanecido en silencio.

¿Tu sobrino?

Sí —respondió Tabscoob, con una voz que mezclaba orgullo y preocupación—Quiero que vea que hay hombres que han aprendido a respetar nuestra tierra, aunque no sean de ella.

Mañana, al amanecer, los hombres estarán listos. Y si encuentras a tu amigo, dile que un cacique derrotado de Potonchán le envía saludos. Pero, sobre todo, Aguilar, dile también que tú no has olvidado quién era él. Y que has venido a recordárselo.

Aguilar inclinó la cabeza.

—Gracias, Tabscoob. Estoy en deuda con vos.

El cacique asintió y se retiró al interior de su casa.

 

 

 

 

Aguilar caminó directamente hacia la tienda de Cortés. El capitán aún estaba despierto, repasando mapas sobre una mesa de madera, con una vela temblorosa que iluminaba apenas su rostro. Al ver entrar a Aguilar con el rostro agitado, alzó una ceja y dijo con tono burlón.

—¿Qué ocurre, fraile? ¿Los indios atacan?

—No, señor. Creo que sé dónde está Gonzalo Guerrero.

Cortés dejó el mapa y lo miró con interés.

—¿El que llegó a estas tierras con vos?

—El mismo, señor. Se ha convertido en un cacique maya. Tiene mujer e hijos.

El capitán guardó silencio durante un largo instante.

—¿Y qué piensas hacer ahora?

Aguilar tragó saliva.

—Señor, os ruego que me permitáis ir a buscarlo. Para verlo y saber qué fue de él. 


Cortés lo miró largo rato.

—¿Cuánto tiempo necesitas?

—Cinco días, señor, a lo sumo una semana. Tabscoob me ha dado cuatro hombres que conocen el camino. La aldea está cerca. Iré y volveré en cinco días.

Cortés asintió lentamente.

—Sea. Pero escuchadme bien, fraile: no puedo esperaros indefinidamente. La expedición partirá hacia la costa dentro de una semana. Eso os da tiempo de sobra para ir y volver. Si queréis venir con nosotros, tendréis que alcanzarnos. Os dejaré una escolta de dos hombres en la desembocadura del río, con provisiones para que podáis seguir el rastro de la expedición hacia el norte cuando regreséis. Allí nos encontraréis.

Aguilar inclinó la cabeza.

—Así lo haré, señor. Os lo prometo.

Salió de la tienda con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.

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Al llegar al campamento, Aguilar no se fue a descansar. Buscó al escribano, aquel hombre de manos manchadas de tinta que había leído el Requerimiento en la playa semanas atrás. Lo encontró en su tienda, inclinado sobre un pergamino.

El escribano se llamaba Alonso de Torres, aunque pocos en el campamento conocían su nombre completo. Para los soldados era simplemente "el escribano", ese hombre callado de mediana edad que pasaba los días copiando mapas y redactando cartas. Su cabello era canoso, su barba descuidada, y su espalda mostraba una ligera curvatura de tanto inclinarse sobre mesas y pupitres. De complexión delgada, no era un guerrero; nunca había empuñado una espada. Su lugar estaba en la retaguardia, entre los cofres de documentos y los tinteros de cuero.

Pero lo que le faltaba en fuerza física lo compensaba con una memoria prodigiosa y una letra clara y precisa que Cortés valoraba más que a muchos soldados. Alonso de Torres había sido clérigo menor en su juventud, antes de abandonar los hábitos por el oficio de escribano. Sabía latín y algo de griego, y en Sevilla había impartido clases a hijos de comerciantes. Quizás por eso no miraba a los mayas con desprecio, como la mayoría de los soldados. No los veía como bestias ni como almas perdidas, sino como hombres y mujeres con los que había que entenderse. Por eso Aguilar confiaba en él.

Aguilar se detuvo en la entrada de la tienda.

—Hermano —dijo, entrando sin anunciarse—. Necesito hablar con vos.

El escribano levantó la vista, sorprendido.

—Padre Aguilar. ¿Qué os trae a estas horas?

—El capitán general os ha encargado que enseñéis español a la muchacha maya, Malintzin.

El escribano asintió lentamente.

—Así me lo comunicó el capitán. Si Dios quiere, mañana comenzaré con lo básico.

—Bien —dijo Aguilar, sentándose frente a él—. Pero yo parto al amanecer hacia el sur. Una misión que puede llevarme cinco días. No podré estar aquí para supervisar las lecciones como el capitán me pidió. Por eso quiero deciros esto: no os limitéis a enseñarle el nombre de las cosas. Enseñadle también a escuchar. Que repita las frases que oiga, aunque no las entienda del todo. Que se acostumbre al sonido de nuestra lengua. Cuando yo regrese, me encargaré de darle sentido a esas palabras.

El escribano guardó silencio un momento.

—Lo haré, padre. Pero... ¿y si ella se resiste? Es una muchacha orgullosa.

—No se resistirá —dijo Aguilar—. Porque sabe que nosotros somos su única oportunidad. Y porque es inteligente. Aprended con ella, no le deis órdenes como a una esclava. Haced que os pregunte, que os corrija, que se equivoque sin miedo. Así aprenderá más rápido.

El escribano asintió.

—Así lo haré, padre. Cuidad vuestro viaje. Que Dios os guarde.

Aguilar se levantó y puso una mano en el hombro del escribano.

—Y vos, hermano, cuidad de ella. Porque ella, más que ninguna espada, nos abrirá las puertas de este mundo.

Dicho esto, salió de la tienda. La noche era oscura y el viento traía el olor a humo y a selva. Aguilar respiró hondo. Al día siguiente, al amanecer, partiría hacia el sur, hacia el encuentro con su pasado. Pero al menos sabía que, en su ausencia, la semilla del español estaba siendo sembrada en el corazón de Malintzin.

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Capítulo XIII
El Camino hacia el Sur

Aguilar partió al amanecer. El sol apenas asomaba sobre la selva cuando él y los cinco hombres —los cuatro guerreros que Tabscoob le había entregado, más el joven Ix Balam— cruzaron el último límite de Potonchán y se adentraron en el sendero que llevaba al sur.

El más viejo de ellos, de nombre Balam —Jaguar, en maya—, llevaba la delantera. Era un hombre de unos cuarenta años, de piel curtida y manos callosas, con una cicatriz que le cruzaba el pecho de hombro a costilla. Conocía los caminos del sur como la palma de su mano.

—El camino es corto —dijo Balam en maya, sin volverse—. Dos jornadas de marcha hasta la aldea de Na' Chan Kan. Allí descansaremos y buscaremos a tu amigo.

Aguilar asintió. No habló mucho durante el viaje. Caminaba con la cabeza gacha, sumido en sus pensamientos, mientras los mayas avanzaban en silencio a su alrededor. La selva era espesa y húmeda, y el sol apenas se filtraba entre las copas de los árboles. Los monos aulladores gritaban desde lo alto, y el suelo estaba cubierto de hojas podridas y raíces que se enredaban como serpientes.

Aguilar sintió el peso de los años que había pasado entre los mayas. Sus pies, acostumbrados a las piedras de los templos y a la tierra apisonada de las ciudades, se adaptaron pronto al barro y a las raíces. Los guerreros mayas lo observaban con respeto. No era un dzul blando, pensaban. Era un hombre que sabía caminar.

Ix Balam caminaba al final, justo detrás de Aguilar. No hablaba. Pero Aguilar sentía su mirada en la nuca, como un peso silencioso. De vez en cuando se volvía y lo veía observando el entorno con la misma atención con que observaba a los hombres que lo rodeaban. Aprendía. Memoria. Como su tío.

Al caer la tarde, Balam levantó la mano para detener la marcha. Señaló unas huellas en el barro.

—Jaguar —dijo en voz baja—. Grande. Ha pasado hace poco.

Los otros guerreros tensaron sus lanzas. Balam siguió las huellas con la mirada y luego se encogió de hombros.

—Se ha ido —dijo—. Pero esta noche tendremos fuego alto.

Acamparon en un claro. Aguilar no durmió bien. Cada ruido de la selva le parecía el rugido de una bestia. Pero al amanecer, cuando despertó y vio a los guerreros mayas roncando junto a las brasas, se sintió casi avergonzado de su miedo.

—¿Siempre es así? —preguntó a Balam mientras reanudaban la marcha.

Balam sonrió, mostrando sus dientes manchados de chicle.

—Siempre —dijo—. Pero tú has sobrevivido ocho años en estas tierras. Eso significa que los jaguares no te quieren. O que eres demasiado flaco para su gusto.

Aguilar no pudo evitar sonreír.

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El segundo día, al atardecer, llegaron a la aldea de Guerrero.

La aldea era pequeña, de unas pocas docenas de chozas de palma, rodeada de plantaciones de maíz y frijol. El humo de las hogueras se elevaba en el aire, y los niños correteaban entre las casas.

Aguilar se detuvo en la entrada. Su corazón latía con fuerza. Ocho años de espera.

Balam habló con unos guerreros que estaban de guardia. Señalaron hacia el centro de la aldea, donde una choza más grande que las demás se alzaba bajo la sombra de un ceibo.

—Allí —dijo Balam—. Tu amigo está allí.

Aguilar caminó lentamente hacia la choza. Sus piernas temblaban. Al llegar a la entrada, se detuvo. Podía oír el sonido de una lanza tallando madera, el rasgueo rítmico de la obsidiana contra la veta.

Aguilar respiró hondo. Se dijo a sí mismo: —Sea lo que sea que encuentre, tengo que verlo. He recorrido dos días de selva. No puedo volver sin saber.—

Carraspeó.

Guerrero levantó la vista.

Los dos hombres se miraron en silencio.

—Gonzalo —susurró Aguilar.

Guerrero se quedó inmóvil. La lanza cayó al suelo con un golpe sordo. Luego, lentamente, se puso en pie.

No era el Gonzalo que Aguilar recordaba. Aquel hombre delgado y pálido, con la barba descuidada y los ojos llenos de miedo, había desaparecido. En su lugar había un guerrero imponente, un señor maya. Su rostro estaba tatuado con líneas negras y rojas que dibujaban un jaguar estilizado alrededor de sus ojos. Sus orejas estaban perforadas, y en los lóbulos colgaban discos de jade verde. Llevaba un collar de colmillos de jaguar y un pectoral de oro que representaba a Kukulkán. De sus brazos colgaban plumas de quetzal.

Pero sus ojos seguían siendo los mismos.

—Jerónimo —dijo, y su voz era grave, profunda—. ¿Qué haces aquí?

—He venido a buscarte —respondió Aguilar—. Tabscoob me dijo que estabas aquí. He recorrido dos días de selva para verte. Mi carta... la quemaste. Pero no pude quedarme sin saber por qué.

Guerrero lo miró sin parpadear.

—¿Y por qué has venido? ¿Para llevarme de vuelta?

—No —dijo Aguilar—. He venido para verte. Solo para eso. Para saber que estás vivo. Para saber si eres feliz. Para entender por qué quemaste mi carta.

Guerrero guardó silencio. Luego, lentamente, dio un paso adelante y abrazó a su antiguo amigo.

—He echado de menos a mi hermano, Jerónimo.

Aguilar sintió el calor del abrazo y el peso de los tatuajes de Guerrero contra su pecho. Cerró los ojos. Las lágrimas que había contenido durante todo el viaje finalmente brotaron.

—Yo también te he echado de menos, Gonzalo.

Aguilar se volvió y buscó con la mirada a Ix Balam. El joven estaba al borde del claro, observando la escena en silencio. Sus ojos se habían vuelto más profundos, como si estuviera guardando cada instante en su memoria.


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