La tienda está en la Calle de las Flores, donde el asfalto se vuelve adoquín y los adoquines, rumor de coches que ya no pasan. La fachada es de un gris que pudo ser blanco arena, como los patios andaluces en mayo. Un letrero con las letras pintadas a pincel sobre cristal azul dice "Librería Azahar", aunque nadie recuerda por qué. La puerta, siempre entreabierta, exhala olor a papel viejo, a cola de encuadernación, a humedad, a polvo que no se ha movido en décadas.
Dentro, la tienda es un laberinto. Las estanterías de roble y caoba se comban bajo el peso de los libros. Por todas partes hay torres de libros apilados, levantadas con la paciencia de un arquitecto medieval. En la base, los más pesados; en el centro, los de tapa dura; en la cima, los de tapa blanda, los más frágiles, que amenazan con que se derrumbe la torre en un montón de papel y polvo al más mínimo roce.
Hay una caja vacía junto a la puerta del fondo. El librero la conserva porque fue la primera que usó cuando abrió la tienda, hace treinta años, cuando su esposa aún estaba. Le gusta mirarla y recordar que todo llegó una vez en cajas. Que todo es transportable. Que todo podría volver a ser caja.
Clara murió en invierno.
El librero llegó y Clara no estaba. Pensó que se habría retrasado en la farmacia, o que había ido a comprar tabaco. La puerta estaba cerrada, pero no con llave. Entró. El olor a papel viejo y a café frío lo recibió como siempre, pero había algo distinto: un silencio más denso.
Llamó su nombre desde la entrada. Nada. Subió los dos escalones que separaban la tienda de la trastienda. Nada. Se dijo que igual se había entretenido hablando con la señora Rocío. Preparó café, ordenó los libros de la tarde anterior, esperó una hora. Pero Clara no llegaba.
Marcó el número de su madre.
—¿Mamá? ¿Está Clara ahí?
—No, hijo, no ha venido. ¿No está en la tienda?
—No ha llegado todavía.
—Llámame si aparece.
—Sí, te llamo.
Esperó otra media hora. Llamó a la amiga de Clara, la única que sabía de verdad cómo estaba ella.
—Oye, ¿Clara fue a verte? Es que no ha llegado y ya son casi las once y media.
—No, hace días que no la veo. ¿Has llamado a su móvil?
—Suena y no contesta.
—Mira, la vi hace dos días. Me dijo que andaba mal, que no dormía. Le dije que fuera al médico, pero se reía y decía que no servía de nada. No quiero preocuparte, pero...
—Pero ¿qué?
—Nada, que me sonó rara. Como si no le importara nada. Llámame si la encuentras.
—Sí, te llamo.
Colgó. Se quedó mirando el teléfono. El café, frío. La librería, vacía. Clara, en ninguna parte.
Cerró la librería y cruzó la calle. La casa estaba a dos puertas. Subió los tres tramos de escalera. Al abrir la puerta, notó que allí la ausencia de Clara era la misma que en la tienda, pero en el pasillo vacío de la casa, pesaba de otra manera. En la cocina, sobre la mesa, una taza de café sin terminar y una hoja de papel doblada. No la abrió. No se atrevió. Se dirigió al dormitorio. Al entrar, la encontró tendida sobre la cama, el libro de Pizarnik La tierra más ajena, abierto sobre el pecho y las manos quietas. A su lado, un frasco vacío. No hizo falta que nadie le dijera nada.
Salió al pasillo y llamó a su hermana. Le temblaba la voz. No supo qué más hacer. Volvió al cuarto, se sentó en el borde de la cama y esperó a que llegaran.
El librero no quiso abrir la tienda. Durante semanas permaneció sentado en el sillón de su casa, sin luz, sin teléfono. Su hermana Marta vino desde Madrid, lo obligó a comer, lo arrastró hasta la ducha. Pero él no quería volver a la librería. Porque la librería era el lugar donde Clara había pasado las tardes leyendo en voz alta, con los pies descalzos y el pelo suelto. Donde había dejado sus dedos en los lomos. Donde su olor aún se agarraba a las estanterías, como una niebla que no se disipa.
Una mañana, el librero soñó con Clara. Estaba en la librería, de espaldas a él, pasando los dedos por los libros. No se giraba hacia él, ni le hablaba, solo pasaba su mano por encima de los libros. Pero él sabía que tenía que volver a la librería, para buscar lo que quería decirle.
Se levantó, se vistió, caminó hasta la librería y abrió la puerta. El olor a papel viejo, a polvo, a cola de encuadernación le golpeó.
Una vez dentro, se dirigió al rincón junto a la ventana, donde Clara solía sentarse para leer con la luz que entraba por el patio. Allí, en un estante, había varios libros apilados sin mucho orden, los que ella dejaba a mano para las tardes de lectura. Reconoció, entre los libros, Las vasos comunicantes de Boris Vian, Gertrude Stein preguntándose qué era una rosa, y un cuaderno de tapas azules donde ella a veces copiaba versos. Pero había un libro que sobresalía en el estante, como si hubiera sido el último que tocó.
El librero lo cogió con las dos manos, con el mismo cuidado con que se coge algo que puede romperse. Era El rayo que no cesa, de Miguel Hernández. Una vieja edición amarilleada. Lo abrió.
Y entonces supo que no había visto los barrotes que habían ido creciendo en estos años, en su interior, mientras él ordenaba libros y se preocupaba de la tiendaEl librero cerró el libro, lo sostuvo un momento entre las manos. Lo posó junto al ventanal y se acercó a un montón de libros apilados detrás de la silla de Clara.
Eligió uno al azar y lo abrió para olerlo. Era un ejemplar de Góngora. Olía a cuero viejo, a incienso, a algo seco y antiguo. Ese olor era de alguien que lo había tenido mucho tiempo. Un sacerdote, quizá, que lo leyó en una celda, con las manos siempre frías, y que murió sin que nadie supiera que tenía ese libro. A continuación probó con una edición de La Regenta, de Clarín, encuadernada en tela oscura con el lomo desgastado. Las páginas estaban amarillentas y el corte superior lleno de polvo. Ese era el olor de un notario de provincias que la compró por su fama, la colocó en el estante y nunca la abrió. Olía a papel de buena calidad, a biblioteca de salón que nadie usaba, a una vida que transcurría entre expedientes y escrituras, sin tiempo para la literatura. Buscó por las estanterías, cogió una edición de las Poesías de Meléndez Valdés. Olía a miel y a cera de abejas, a madera de cedro. Este había sido de un estudiante de leyes que llegó a la ciudad con ese libro bajo el brazo. Subrayó algunos versos con lápiz, escribió una fecha en la última página —"Salamanca, 1947"—, y luego lo dejó en una pensión. Nunca volvió a por él.
Volvió a coger el libro de Miguel Hernández y lo acercó a su nariz. Allí seguía ella. El sándalo, el jabón, el tabaco de Orihuela mezclado con su piel.
Se dio de cuenta entonces que cada libro guarda algo más que su contenido. Guarda el olor de la mano que lo abrió, de la mesa donde se posó, de la habitación donde fue leído. Guarda la vida de quien lo sostuvo, como un eco que no se apaga del todo.
Esa tarde, empezó a clasificar los libros de poesía por olor. No por autor ni por fecha. Por olor. Porque cada olor era una vida. Porque cada olor era Clara.
Colocó un anaquel modesto junto a la ventana. Madera de abedul, cuatro baldas, tornillos que se aflojan cada dos meses. No se comba. Es el único mueble de la tienda que no se comba. En él guarda solo una docena de libros, los que más le gustan, los que ha leído más veces, los que tienen dedicatorias manuscritas. Sobre los más gruesos, coloca en horizontal ejemplares frágiles: Las flores del mal con el lomo despegado, el cuaderno de autor desconocido, Gertrude Stein preguntándose qué era una rosa.
En el anaquel modesto guarda también los libros que huelen a Clara. Solo aquellos en los que su olor se ha quedado pegado con más fuerza.
A veces cambia de opinión. Un libro que no había abierto en años se le aparece en un sueño y al día siguiente lo baja de la torre más alta y lo coloca en el anaquel. Y viceversa. No es un sistema para los demás. Es para él. Para recordar. Para oler. Para seguir sintiendo a Clara cerca
De regreso a casa enciende la pequeña lámpara que hay encima de la mesa, de su habitación. La luz de la lampara es tibia, amarilla, apenas un susurro de claridad en la penumbra. Sobre la mesilla, junto a un cuaderno de poemas de autor desconocido, está la edición vieja del Martín Fierro, con la cubierta desgastada y el lomo roto por el centro, como si alguien lo hubiera abierto demasiadas veces en el mismo lugar.
Su padre se lo había dado. Era el regalo de un tío enfermo, que había venido desde la Argentina a despedirse. O mejor dicho, su tío, el que vino desde Argentina, hace ya más de cuarenta años. "Es el favorito de tu padre", le dijo, y se lo entregó con las manos temblorosas, como quien entrega un tesoro que ya no le pertenece. El librero lo había leído de niño, en las tardes de lluvia, con su padre sentado a su lado, señalando los versos con el dedo.
Lo abre con las dos manos, con el mismo cuidado con que se coge algo que puede romperse. Las páginas huelen a papel viejo, a humedad de biblioteca de pueblo, a tierra de la pampa. Huelen a tabaco, a mate, a las manos de su padre, a la infancia. Huelen a algo que ya no está.
Al dia siguiente, baja pronto de casa, toma un café y unos churros en un bar de la esquina al terminar, paga y marcha a abrir la libreria.
Y entonces se pone a escribir una carta
Querida Clara:
He reordenado las estanterías. El Quijote ya no descansa: lo he puesto vertical, firme. Los hermanos Karamazov me pidió estar junto a Machado. Y lo he puesto ahí.
He empezado a clasificar la poesía por olor. Es la única manera que he encontrado de seguir aquí.
Góngora huele a incienso y a cola de conejo de un taller de Toledo. Quevedo, a cera de oídos —no sé por qué, pero es así. Darío huele a mar, aunque el de Buenos Aires huele a mate, a las manos de alguien que lo leyó en La Boca mientras llovía. Blas de Otero huele a polvo de tiza, a refugio, a tabaco de picadura que se fuma en silencio.
Los de ahora, los contemporáneos, casi no huelen. Papel libre de ácido, plástico caliente de imprenta. El futuro no huele, Clara. Y eso da miedo.
Pero cuando abrí La tierra más ajena, encontré tu olor. Y entonces supe que los libros guardan a quienes los leen. Que no se van del todo.
Pero hay algo que no te he dicho.
A veces, cuando huelo un libro y no encuentro tu olor, tengo miedo. Miedo de que te estés yendo. De que un día abra un libro y solo haya papel.
Ese día no sé qué haré.
Te echo de menos. Echo de menos tus pies descalzos en el taburete, tu pelo suelto, tu voz leyendo en voz alta. Pero cuando huelo los libros, te encuentro. Y eso es suficiente.
Cuando terminó la carta, la dobló con cuidado, sin prisas, como quien prepara un objeto que sabe que será encontrado. La deslizó entre las hojas de un libro. No eligió ninguno en particular. Solo un libro, uno de los que estaban junto a los que ella había tocado.
Luego lo cerró y lo devolvió a su sitio.
Sabía que Clara la leería.
Al terminar el día, cuando cierra la librería, huele a su padre, a Clara, a todos los que ya no están. Un olor que no se puede nombrar, pero que está ahí, pegado a los libros, a las estanterías, al polvo que no se mueve, le pide que se quede.
El librero se da la vuelta y regresa al interior de la tienda.
Atraviesa el laberinto de estanterías combadas, esquiva las torres de libros que apuntan al techo con la precisión de quien conoce cada amenaza de derrumbe. Camina hasta el rincón de Clara, junto a la ventana, donde el atardecer empieza a colarse entre los geranios mustios, del patio.
Allí, sobre la mesa, está Rayuela, de Cortázar. Una edición vieja, con la cubierta desgastada y el lomo roto por el centro, como si alguien lo hubiera abierto demasiadas veces en el mismo lugar. No sabe cómo ha llegado hasta allí. Tal vez Clara lo dejó en su rincón y él nunca lo vio. Tal vez siempre estuvo ahí, esperando. Olía a tabaco rubio, a noche de verano, a la humedad del asfalto de París después de la lluvia, a las manos de alguien que lo leyó en el suelo, con los pies descalzos. Se sienta, lo coge con las dos manos y empieza a leer.
Pero el tiempo pasa sin que él lo note. Las páginas se suceden, cuando el sol declina, cuando la claridad se vuelve dorada, cuando el atardecer tiñe los geranios de un rojo cansado. Y sigue leyendo cuando esa luz se apaga del todo y la penumbra lo envuelve. Solo entonces, cuando las palabras empiezan a difuminarse, alza los ojos. La noche ha llegado. La luz de las estrellas se cuela ahora entre los geranios mustios, que parecen revivir, y en la mesa, junto al libro, la lámpara que ha encendido sin darse cuenta proyecta un susurro de claridad amarilla sobre las páginas.
Y entonces, cuando vuelve a bajar la mirada al libro, siente algo.
Primero es un roce, leve, apenas un temblor en el cuero cabelludo. Luego, la presión de unos dedos que se meten entre sus pelos, despacio, con la misma suavidad con que Clara solía hacerlo cuando él estaba leyendo y ella se acercaba por detrás, sin avisar. Los dedos recorren su nuca, se enredan en las puntas, dibujan círculos en la coronilla. El librero cierra los ojos.
No se mueve. No abre los ojos. No quiere que el gesto se rompa.
Siente el peso de la mano, la temperatura de la piel, el latido de una vida que no debería estar ahí. Pero está. Y él sabe, con la misma certeza con que sabe que el azahar volverá a oler en las calles cada primavera, que no es un sueño. Que es Clara. Que ella está ahí, detrás de él, con los pies descalzos y el pelo suelto, pasándole los dedos por la cabeza como hacía en las tardes de lectura, cuando el mundo se detenía y solo existían ellos, el libro y el silencio compartido.
El librero no dice nada. No se gira. Solo deja que los dedos sigan moviéndose, que el olor a sándalo y a jabón impregne el aire, que la lámpara siga temblando sobre la mesa.
Sabe que cuando abra los ojos, la mano ya no estará. Que la librería volverá a estar vacía, que el polvo seguirá siendo el único lector en los rincones oscuros.
Pero ahora, en este instante, con los dedos de Clara en su cabeza, el librero entiende por qué volvió.
Volvió para esto. Para este momento. Para volver a estar juntos una vez más.
Y mientras los dedos juegan a enredarse en su pelo, el librero sonríe. No una sonrisa grande, no una sonrisa que se vea. Una sonrisa pequeña, casi invisible, que solo él sabe que está ahí, como el olor que queda en una habitación cuando ya no queda nadie, como el polvo que no se mueve, como Clara, que está y no se fue.
La lámpara parpadea. La luz de las estrellas se cuela por la ventana. La librería huele a los que ya no están.
"El librero sigue allí, con los ojos cerrados, sintiendo los dedos de Clara en su cabeza, mientras el libro de rayuela descansa abierto sobre sus rodillas, esperando a que alguien vuelva a leerlo.
mvf.
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