domingo, 16 de agosto de 2026

Cosas de chicas. Nada más.


 Después de un largo día de trabajo por fin llegué a casa, pero al abrir la puerta noté algo extraño. No era el olor habitual: ni a la comida de ayer, ni a café... Ese olor que al entrar actúa como un interruptor para dejar fuera el ruido del día cuando cierras la puerta. Esto era distinto. Algo seco, herbáceo y ajeno que me hizo fruncir el ceño, antes de colgar las llaves.

Al pasar a la sala, allí estaban mi madre y mi tía Laura. Habían venido de visitas sin previo aviso, y como mi madre tiene llave de mi casa, habían entrado para esperar dentro. Las dos estaban sentadas en el sofá, y su expresión era tan extraña que me detuve en seco. Me miraron con una lentitud que no se veía normal.

Parpadeaban con los ojos entrecerrados y las pupilas dilatadas, y en sus rostros flotaba una sonrisa idiota, como si no estuvieran del todo presentes. Entre ellas, en la mesita de centro, había dos tazas vacías, y al acercarme reconocí el olor de la entrada: ese mismo aroma seco y herbal llenaba ahora toda la sala.

—Huy, huy, huy —me dije para mis adentros—, vamos a improvisar, no vaya a ser lo que me estoy pensando.

—¿Mamá? ¿Tía Laura?

Me miraron en silencio y soltaron una risita cómplice entre ellas.

—Mira, mira, llegó mi niña —dijo mi madre, señalándome con una voz demasiado pausada.

—Marisé, caímos por tu casa sin avisar y como no estabas, abrimos y pasamos. Hicimos un té del tarro que encontramos en la cocina, el que ponía "té". Y nos ha dado por reírnos sin motivo, de cualquier cosa. Y ahora, de repente, nos está entrando una pereza...

Mi tía, después de dar otro sorbo, quiso levantarse. No pudo. Se hundió en el sillón y canturreó:

—¡Mariseeee! Tienes un té muy... muy rico y espiritoso.

Colgué la chaqueta en el respaldo de una silla y dejé caer las llaves sobre la mesa del recibidor. Y con disimulo, me acerqué a una de las tazas y la olfateé. Sentí que el suelo se hundía bajo mis pies. Aquello no era té. Era marihuana.

Reconocí el olor al instante. Era la marihuana que guardé en un frasco vacío de té y dejé escondida en un mueble de la cocina. Un amigo me la había regalado una semana antes, y ni siquiera recordaba que aún estaba allí.

—¿De dónde sacaron esto? —pregunté, mirando la tetera.

—Hicimos un té que había en la cocina, en el frasco de cristal que pone "Té" —explicó mi madre con una calma exasperante.

—Pues hemos hecho una infusión, ¿no? Y está de puta madre, hija. Estoy tan contenta que hasta no me duele nada. Ni la rodilla.

Mi tía Laura asintió con vehemencia, moviendo la cabeza, lo que la hizo marearse un poco. Se llevó una mano a la frente.

—Es ecológico, seguro —añadió—. Sabe un poco raro... pero efectivo. —cambió de tema— ¿Has venido tú en coche? Porque yo he visto unos colores...

—Mamá... tía... —dije, sentándome lentamente frente a ellas. *Ustedes no se han tomado una infusión de té precisamente*, pensé para mí, sin atreverme a aclararlo así de golpe.

Mi madre parpadeó lentamente y me respondió como si leyera en mis ojos mi pensamiento:

—¿Ah, no? ¿Y qué es?

Suspiré, pasándome una mano por la cara. *Mejor no voy a decir nada para que no se asusten.*

—El té está muy bueno, ¿verdad que sí? —solté finalmente—. Es un té que me trae un amigo cuando va de viaje a la India.

Hubo un silencio absoluto. Mi madre y mi tía se miraron. Luego, rompieron a reír. Pero no una risa normal. Se partían de risa.

Las dos se doblaron sobre el sofá, abrazándose, con lágrimas en los ojos.

—¿Estás de broma? —logró articular mi tía.—¡Nos sentimos como si fuéramos dos adolescentes!

—¡O como dos abuelas del copón! —añadió Laura, señalando a su hermana y riendo más fuerte.

Me quedé mirándolas, con las manos en las caderas, sin saber si reír, enfadarme o llamar a un médico. Finalmente, opté por sentarme con ellas.

—Bueno, si ya están colocadas, al menos que no estén solas —murmuré. Decidida a acompañarlas.

—Mamá, tía... —las miré con una mezcla de ternura y preocupación—. ¿Cuánta infusión se tomaron?

Mi madre hizo un gesto vago con la mano.

—Pues... dos tazas cada una. ¿Por qué?

—Por nada —mentí—. Oye, ¿tienen hambre?

Mi tía Laura levantó la cabeza de repente, como si hubiera tenido una revelación divina.

—La verdad es que ahora me está entrando un hambre...

—¿Tarta? —preguntó con los ojos muy abiertos—. Podríamos hacer una tarta.

—¿Una tarta? —repitió mi madre, iluminándose—. ¡Una tarta! Marise, hija, ¿tenemos harina?

—Y huevos —añadió mi tia—. Y chocolate. Mucho chocolate.

—¡De acuerdo! —corearon las dos al unísono, como niñas pequeñas.

Las miré alternativamente cuando las dos intentaban ponerse de pie con una coordinación nula. Mi tía Laura se agarró al respaldo del sofá como si fuera una boya en medio de un temporal para levantarse y tratar de seguir a mi madre, que parecía ir en línea recta... hacia la pared.

En la cocina, las acomodé en sendas sillas junto a la mesa.

—Vale —dije, tomando el control de la situación—. Ustedes se sientan y siguen hablando aquí. Yo preparo la tarta. ¿De acuerdo?

Mi madre se entretuvo contando los dedos de sus manos con expresión concentrada. Mi tía Laura descubrió el reflejo del microondas y se quedó fascinada.

—Hola, guapa —le dijo a su propio reflejo—. ¿Nos conocemos?

—Tía, eres tú.

—Ya —respondió ella con toda la sabiduría del mundo—. Pero me caigo bien.

Rebusqué lo que había en los armarios mientras mi madre comenzaba una explicación filosófica sobre las espátulas de silicona.

—Mira, Laura, las espátulas son como la vida: a veces duras, a veces flexibles, pero siempre útiles para darle la vuelta a las cosas.

—Profundo. Eres muy profunda, hermana —dijo Laura, asintiendo lentamente.

Ya había encontrado todo lo que necesitaba: harina, azúcar, huevos, mantequilla, levadura y una tableta de chocolate negro que me escondo en el fondo de un cajón, a sabiendas de que tarde o temprano terminaré encontrándola.

—Bien —dije—. Vamos a hacer una tarta de chocolate.

—¿Puedo cascar los huevos? —preguntó mi madre con una mezcla de ilusión y peligro en los ojos.

—No.

—¿Puedo remover? —ofreció mi tía Laura.

—Tampoco.

—¿Podemos comer chocolate mientras tanto?

—Eso sí, pero que quede para la tarta.

Les di a cada una unos cuadraditos de la tableta para mantenerlas entretenidas y comencé a trabajar. Mientras batía la mantequilla con el azúcar, escuchaba de fondo la conversación de mis dos seres queridos, que había derivado hacia territorios insospechados.

—¿Sabes qué, Laura? —decía mi madre con la mirada perdida—. Ahora entiendo por qué los gatos miran tanto al techo. Deben ver cosas que nosotros no.

—Tú siempre tan profunda, hermana —respondió Laura—. Pero tienes razón. Y la leche, ¿de dónde sale? La leche sale de las vacas y las vacas... existen. Es un milagro.

—La leche es un milagro. Todo es un milagro.

—Y la tarta también será un milagro.

—Un milagro de chocolate.

Sonreí a pesar de mí misma. Era imposible no quererlas.

Eché los huevos uno a uno, luego la harina tamizada y la levadura. La masa fue tomando cuerpo, sedosa y oscura. Derretí el resto del chocolate al baño maría.

Mientras, las dos se pusieron filosóficas y empezaron a debatir si era antes el huevo o la gallina.

—Es sorpresa —sentenció mi tía—. Como todo en la vida.

—Ojalá todo fuera sorpresa —suspiró mi madre—. Como hoy. Hoy ha sido una sorpresa muy bonita.

Vertí el chocolate derretido en la mezcla y removí con energía. Luego engrasé un molde, vertí la masa y lo metí en el horno precalentado.

—Treinta o cuarenta minutos —anuncié—. Ahora toca esperar.

—La espera es lo peor —dijo mi madre—. O lo mejor. Depende de lo que esperes.

—¿Y tú qué esperas, mamá?

Mi madre me miró con una ternura líquida.

—Estoy vigilando que no se te queme la tarta.

Las eché de la cocina y aproveché para irme a cambiar y ponerme ropa de casa.

Media hora después, la cocina olía a chocolate puro. La tarta había subido perfectamente, con esa ligera grieta en el centro que la hacía parecer auténtica. La desmoldé con cuidado y la dejé enfriar unos minutos mientras preparaba tres platos. Luego corté tres porciones generosas.

—A comer —dije.

Las tres nos sentamos a la mesa. Mi madre dio el primer bocado y cerró los ojos.

—Esto es... esto es un orgasmo de chocolate —sentenció.

—Mamá, por favor.

—¿Qué? Es la verdad. Laura, ¿no crees?

Laura, que ya había devorado medio trozo, asintió vigorosamente.

—Marise, cásate conmigo.

—Eres mi tía, no puedo.

—Ah, cierto. Bueno, pues cásate con tu madre.

—Tampoco puedo.

—Qué mala es la vida, que no nos deja hacer a las mujeres todo lo que queremos —dijo Laura, y volvió a su tarta.

Mi tía Laura dejó el tenedor sobre el plato y suspiró, con una mirada que se perdía más allá de la cocina.

—Ya sabes, Marise —dijo, jugando con las migas de la tarta—. Cuando una tiene cierta edad, la gente cree que ya no le quedan aventuras. Que todo lo que tenía que vivir, lo vivió. Que ya es puro recuerdo.

Mi madre la miró con complicidad y asintió lentamente.

—Yo a veces miro al espejo —continuó Laura— y me pregunto: ¿dónde está aquella chica que se fue de mochilera por Grecia con veinte años? ¿La que se coló en un concierto de los Rolling? ¿La que se lió con aquel escultor italiano que solo hablaba de mármol y de la luz de Florencia?

—¿Ese del que nunca nos contaste el nombre? —preguntó mi madre.

—Nunca lo supe —admitió Laura con una sonrisa pícara—. Me llamaba "la musa" y yo le llamaba "el artista". Suficiente.

—Y ahora, ¿qué? —dije yo.

—Es que la vida va haciendo mella, Marise. Las rodillas duelen, el cuerpo ya no responde como antes. Una se va volviendo una ruina...

Se inclinó hacia nosotras, bajando la voz como si fuera a compartir un secreto mayúsculo.

—... pero aún quedan algunas Pompeyas que descubrir, hija.

Mi madre soltó una carcajada y Laura se echó hacia atrás, satisfecha con su propia declaración, alzando la taza de café como si brindara.

Terminamos el resto de la tarta en un santiamén. Mi madre puso música a través de su teléfono —en algún momento del proceso aprendió a usar Spotify sin querer— y comenzó a bailar sola, y después me cogió a mí. Mi tía Laura se declaró "disc-jockey oficial" y empezó a pinchar canciones de los ochenta.

Bailamos un rato, entre risas y tropezones, hasta que el cansancio comenzó a mezclarse con los últimos coletazos del colocón. Miré el reloj. Eran casi las dos de la madrugada.

—Mamá, tía, creo que es hora de dormir.

—¿Dormir? —protestó mi madre, con los párpados a media asta—. Pero si estamos en el mejor momento...

—Mamá, estás a punto de caerte de la silla.

Preparé el sofá para mi madre y la habitación de invitados para mi tía, aunque finalmente las dos acabaron acurrucadas en el sofá grande, cubiertas con la misma manta, como cuando eran niñas. Las arropé y me fui a mi habitación, sonriendo.

A las tres y media de la madrugada, un sonido insistente rompió el silencio de la casa. El teléfono de mi tía Laura vibraba sobre la mesita del salón como un avispón enfadado.

Laura se incorporó con dificultad, frotándose los ojos. El colocón ya había remitido, pero la resaca vegetal le daba a todo un aire de irrealidad. Miró la pantalla. "Javier", decía. Su marido.

—¿Sí? —respondió con voz pastosa.

—Laura, ¿dónde estás? Son las tres y media de la mañana —la voz de su marido sonaba preocupada, casi irritada—. Llamé a casa y no contestabas.

Laura parpadeó, intentando recordar. A su lado, mi madre dormía plácidamente, con un hilillo de baba asomando por la comisura de los labios.

—Estoy en casa de mi sobrina —respondió Laura con una calma que no sentía—. Marise. No voy a ir esta noche a casa.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿Cómo? —preguntó Javier, con un tono que mezclaba el desconcierto y una incipiente sospecha.

Laura se incorporó un poco más, se pasó una mano por el pelo revuelto y, con una dignidad que solo una mujer recién colocada puede tener, respondió:

—Es igual. No eres mujer, no lo vas a entender.

Otro silencio. Luego, la voz de mi tío Javier, más baja y confusa:

—¿Pero... Laura? ¿Estás bien? ¿Has bebido?

—Estoy perfectamente —cortó ella, con un deje de superioridad—. Estamos haciendo... cosas de chicas. No te preocupes. Y no me esperes, no volveré a casa hasta mañana, y eso si vuelvo. Buenas noches.

Colgó antes de que su marido pudiera replicar. Durante unos segundos, se quedó mirando el teléfono con una sonrisa de satisfacción. Luego se dejó caer de nuevo sobre el sofá y cerró los ojos.

Mi madre, que en realidad no había dormido en todo el rato y lo había escuchado todo, susurró sin abrir los ojos:

—Laura... eres mi heroína.

—Lo sé —murmuró Laura, mientras se acurrucaba bajo la manta—. Ahora duérmete, que mañana desayunamos tarta.

—Mamá, ¿y tú no vas a llamar a casa?

—¿No oíste a tu tía? —respondió mi madre, con un tono que no admitía réplica.

Por la mañana, cuando los efectos habían pasado por completo, despertamos con una resaca más moral que física, mirándonos con una especie de vergüenza y complicidad.

—Marise —dijo mi madre, seria—. ¿Lo del baile de anoche pasó de verdad?

—Pasó. Y lo grabé.

—Bórralo.

—Ni de coña —respondí mientras le servía un café—. Ese vídeo vale oro. Lo usaré en uno de tus cumpleaños.

—No seas mala —respondió ella, sonriendo.

Mi tía Laura, sin embargo, tenía el ceño ligeramente fruncido.

—Oye, Marise... Javier me ha llamado esta noche y creo que le dije algo raro...

—No quieres saberlo, tía.

—¿Tan mal?

—Tan mal.

Sorbió el final de su taza de café. Decidió que algunos recuerdos de lo ocurrido era mejor no recuperarlos.

Cuando terminaba de fregar el molde de la tarta, mi madre soltó una frase con una naturalidad pasmosa.

—Marise, ¿qué te parece si hacemos otra infusión de ese té?

—¿Otra? —dije mientras me secaba las manos con el trapo de los platos—. Ya no queda, mamá. Son las once de la mañana y tengo que hacer cosas.

Hizo un gesto vago con la mano, como si eso fuera un mero detalle sin importancia.

—Bueno, pues nos iremos. Hemos pasado una velada muy agradable. ¿Verdad, Laura?

Mi tía Laura levantó la vista.

—Muy agradable. Me sentí joven otra vez. Y creativa. ¿Sabes que anoche pensé en volver a escribir?

—No, tía, no lo sabía.

—Pues sí. Lo voy a colgar en internet, para que todo el mundo lo lea.

Y mientras me daba en la mejilla un beso de despedida, mi tía me dijo al oído:

—Marise, dile a tu amigo que traiga un poco más de ese té de la India. Para mí, que mis amigas no me lo van a creer si no lo prueban.

Me reí y las acompañé hasta el ascensor.

—Cuidaos —dije mientras se abrían las puertas.

—Tranquila, hija —respondió mi madre con una sonrisa—, cualquier otro día repetimos la visita.

—Sí, pero avisar con tiempo.

Las vi, aún riéndose de algo que solo ellas entendían, mientras se deslizaba la puerta del ascensor. Se cerró la puerta y ya no se veían.

Cuando desaparecieron, regresé a mi casa. Donde aún flotaba en el pasillo, el aroma de la marihuana y el eco de sus risas.


mvf.

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