I. Darién, septiembre de 1511
El barro lo cubría todo en septiembre de 1511. No solo los tobillos de los marineros, sino también las conciencias. El puerto de Darién apestaba a salitre, pescado podrido, tabaco indígena, cuero húmedo y cordel enmohecido. También a sudor de esclavos cargando víveres hacia los bergantines. Las casas de madera se apretujaban contra la ladera como náufragas recién llegadas, agarradas a la tierra como quien aún no cree en ella. Todo parecía esperar algo que nunca terminaba de ocurrir.
Porque nadie había venido allí para echar raíces. Todos estaban de paso hacia el oro, las especias, la gloria prometida en los pliegues de mapas que mentían desde su propio trazo. Pero la gloria no llegaba. En su lugar, llegaban la fiebre, la desesperanza y ese lodo perpetuo que todo lo teñía de gris. Santa María del Darién era una ciudad recién nacida, un latido indeciso entre crecer o morir. Allí todo era provisional: el puerto, los sueños, las vidas.
El fango lamía los tobillos de los marineros, de los comerciantes, de los esclavos negros que cruzaban la rada con sus cargamentos. Y mientras tanto, los indígenas fumaban en cuclillas junto a sus hatos de algodón, ajenos a la fiebre de los mapas. Darién no era una promesa: era una pausa. Un lugar de paso donde el único horizonte verdadero era el lodo.
En el muelle de madera recién clavada, atada a un poste con cuerdas tan gruesas como el brazo de un hombre, aguardaba la *Santa María de la Barca*. Una carabela de unos sesenta toneles de desplazamiento —pequeña, achaparrada, de las que llamaban "de redondo" porque sus velas cuadradas le daban una silueta tosca y sin elegancia. Su casco, embreado con alquitrán caliente para proteger la madera de la humedad, mostraba ya las marcas de dos viajes anteriores a las islas: rozaduras contra los arrecifes, parches de tablón nuevo sobre la madera vieja, y ese aspecto cansado que tienen las naves que han navegado mucho y se han reparado poco. El palo de proa estaba ligeramente torcido hacia un lado, y las cuerdas que sujetaban los mástiles, vistas de cerca, tenían nudos recientes que disimulaban podredumbres viejas. Pero el capitán Pedro de Valdivia, un vizcaíno de nariz ganchuda y pocas palabras, juraba que la nave aguantaría la travesía hasta Santo Domingo.
—Aguanta el casco —solía decir a quien quisiera oírlo, palmeando la borda con confianza fingida—. Y lo que no aguante el casco, lo aguanta la fe.
Nadie le creía del todo, pero tampoco ninguno de los que iban a subir al barco quería ser pájaro de mal agüero.
El gobernador, sentado en su silla de cuero en la casa consistorial que olía a humedad y a cera y sudor, había firmado aquella mañana una orden de embarque para doce hombres. Eran los conflictivos, los descontentos, los que en las tabernas hablaban demasiado alto de motines y repartimientos. Había entre ellos un bígamo descubierto, dos deudores impenitentes, un soldado que le había roto la nariz a un alguacil en una reyerta de naipes, y otros cuyos delitos el secretario del gobernador anotó con letra menuda, sin ganas, porque a aquellas alturas ya nadie llevaba la cuenta exacta de las traiciones y las cuchilladas.
II. El embarque
En el puerto, la carabela *Santa María de la Barca* aguardaba para zarpar. Los doce hombres, custodiados por media docena de soldados, subieron al barco por la pasarela de proa, la que usaban los marineros y la carga, sin que nadie les tendiera la mano. Tras ellos subió Jerónimo de Aguilar, natural de Écija, clérigo de órdenes menores. Vestía su hábito franciscano raído pero limpio, y llevaba consigo un pequeño hatillo con sus libros de horas y un rosario de cuentas de hueso.
El capitán Valdivia lo recibió en persona en la pasarela de popa.
—Bienvenido, padre —dijo el vizcaíno, con un respeto que no mostraba a ningún otro pasajero—. He dispuesto para usted un lugar en la cámara de popa, junto a los oficiales. Allí estará protegido del mal tiempo y de las malas compañías.
Aguilar inclinó la cabeza.
—Dios se lo pague, capitán —respondió con voz pausada—. Rezaré por usted y por esta travesía.
El vizcaíno asintió, satisfecho. Para un capitán tan devoto como él, tener un clérigo a bordo era como llevar un amuleto viviente contra las tormentas y los naufragios. Aguilar comería en la mesa de los oficiales, dormiría en un catre junto a la despensa del capitán, y escucharía las confesiones de los hombres principales. Era uno de los suyos.
Aguilar, antes de retirarse a la cámara de popa, se detuvo un momento en la cubierta principal. Desde allí vio pasar a los doce hombres empujados por los soldados. Iban cabizbajos, encadenados unos a otros por los tobillos, con la ropa sucia y la mirada perdida. Los soldados los condujeron hacia la escalerilla de proa. Entre ellos, Aguilar fijó la atención en uno de los soldados: llevaba la capa deshilachada y la espada corta golpeándole el muslo. No supo por qué, pero aquel hombre le llamó la atención.
—Ahí abajo —dijo el contramaestre, un hombre con la nariz rota y los nudillos llenos de callos—. Con los barriles y las ratas. Que no estorben, o los cuelgo yo mismo.
Los soldados acompañaron a los colonos hasta el fondo de la bodega. Una vez allí, extendieron sus capas sobre las tablas y se acomodaron como pudieron entre los barriles y las sombras. Pero la humedad y la fetidez del lugar eran insoportables. Tras unos instantes, los soldados decidieron regresar a cubierta, junto al palo mayor, al aire limpio y la luz. El contramaestre ya empezaba a gritar órdenes.
Gonzalo Guerrero, sin embargo, no los siguió. Permaneció donde estaba, mirando a los colonos acurrucados en la penumbra, mientras arriba el sol golpeaba las tablas de cubierta.
—¿Qué haces? —le preguntó un compañero desde lo alto de la escalerilla.
Gonzalo no respondió. Buscó un hueco donde dormir entre los desterrados y se tumbó junto al colono más viejo, un hombre de barba canosa que no dejaba de murmurar algo en voz baja. Guerrero tardó un rato en entender qué decía. Era el padrenuestro. El mismo padrenuestro, una y otra vez, desde que habían zarpado.
Entonces la voz del contramaestre rompió el silencio:
—¡Suelten amarras!...
III. El fraile y el soldado
El mar estaba en calma, y la carabela navegaba con viento favorable. Llevaban ya varios días desde que zarparon de Darién. Una mañana, Aguilar subió a cubierta después de rezar sus horas. Iba solo; el capitán Valdivia había bajado a inspeccionar las bodegas. El fraile se apoyó en la borda y miró el horizonte, ese techo azul que nunca terminaba de abrirse.
—¡Eh, fraile! —gritó alguien, alzándose sobre un barril de harina—. ¿También a usted lo echan de Darién?
Aguilar se volvió. Entonces lo reconoció: era uno de los soldados que conducían a los colonos a la bodega. Lo recordaba bien. El contramaestre lo guiaba a él por el barco a su llegada, y ese soldado pasó junto a ellos, abriéndose paso entre la carga, con la espada corta golpeándole el muslo y la capa deshilachada.
Ahora lo tenía en cubierta frente a él.
—No me expulsan —respondió Aguilar al fin, con su voz pausada—. Voy por voluntad propia, a predicar a Santo Domingo.
Guerrero soltó una risa breve, con sorna.
—Voluntad propia —repitió, como si fuera la cosa más mentirosa que hubiera oído en meses—. Nadie viene a este fin del mundo por voluntad propia, padre. Unos vienen porque los echan. Otros porque no tienen adonde volver.
Aguilar lo miró en silencio.
—Usted, en cambio —dijo al fin—, viene a que lo encierren.
Guerrero soltó una carcajada.
—Pues rece por mí, hermano —dijo—, que en la bodega no hay capellán.
—Rece usted mismo —respondió Aguilar, y dio media vuelta.
El soldado se encogió de hombros, escupió por la borda y se alejó hacia la bodega de proa.
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## IV. El grumete
Guerrero se movía entre la tripulación. Compartía el rancho de los marineros —galleta dura y agua escasa—, dormía en la bodega de proa entre barriles de vino agrio y jamones salados, y entretenía a los hombres con historias de sus batallas en Nápoles y Granada. Los marineros lo respetaban porque sabía atar nudos, no se mareaba con el oleaje y podía sostener una botella de vino sin soltarla ni un momento.
Entre todos ellos había un grumete que no podía apartar la vista de Guerrero. Se llamaba Bartolo, aunque todo el mundo le decían "Muerdo" porque de pequeño había mordido a un contramaestre que le propinaba una paliza. Tenía quince años, era flaco como un esparto, y sus codos estaban siempre llenos de costras de brea, las manos siempre sucias de cáñamo. Muerdo había pasado los últimos días observando a Guerrero desde lejos, escondido tras los barriles, fascinado por la forma en que el soldado se reía con los marineros, contaba sus batallas con gestos anchos, bebía de la bota de cuero como si el vino no le hiciera mella. Para el muchacho, Guerrero era lo más parecido a un héroe que había visto nunca. Los otros soldados se mantenían rígidos en cubierta, tomando el sol junto al palo mayor, con las manos en las espadas y el ceño fruncido. Pero Guerrero no. Guerrero olía a mar y a pólvora, y caminaba por el barco como si fuera suyo.
Una noche, el grumete se armó de valor. Dormían todos revueltos en la bodega de proa —colonos, marineros, grumetes—, cada uno buscando un hueco entre barriles y jarcias viejas. Guerrero descansaba recostado en un montón de cuerdas, con los ojos abiertos mirando la oscuridad del techo, bebiendo de su bota de cuero. El muchacho se arrastró hasta él y se sentó a su lado, con las rodillas pegadas al pecho. Muerdo notó cómo el corazón le golpeaba las costillas, pero no retrocedió.
—Oye, Guerrero —dijo en voz baja, para que los demás no lo oyeran—. Tú has visto batallas de verdad, ¿no?
Guerrero lo miró. Tenía los ojos negros y brillantes en la penumbra.
—Hago mi trabajo, muchacho —respondió.
Muerdo se quedó callado un momento, mordisqueando una uña. Luego soltó:
—Lo he oído decir a los marineros viejos. Que los hombres como tú vienen al Nuevo Mundo por dos razones: o buscan algo… o huyen de algo.
Guerrero no dijo nada. Solo dio otro trago a la bota.
—Tú no buscas nada —insistió el chico, mirándolo fijamente en la penumbra—. No te veo registrar el barco con la mirada, ni preguntar por rutas, ni hacer planes en voz alta. Los que buscan algo no paran quietos. Y tú estás quieto. Demasiado quieto.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Guerrero, sin énfasis.
—Que no viniste a buscar. Viniste a huir. O a esconderte. O a que te pudras lejos de donde deberías estar.
Silencio. El crujido del casco de madera llenó la ausencia de palabras. Muerdo tragó saliva, temiendo haber ido demasiado lejos. Pero Guerrero no se enfadó. Movió apenas la cabeza hacia el chico y, por un instante, en sus ojos negros no hubo dureza, sino un cansancio profundo.
—Sigue preguntando así —dijo en voz baja— y terminarás conociendo los lugares oscuros de los que no se vuelve.
Pero Muerdo, con la curiosidad de los quince años, no se calló.
—Entonces ¿es verdad? ¿Te echaron?
Guerrero bebió otro trago. Se limpió los labios con el dorso de la mano.
—Sí —dijo al fin, y la palabra sonó más pesada de lo que parecía—. Me echaron.
—¿Por qué?
Guerrero se quedó callado un largo rato. La bodega crujía a su alrededor. Cuando habló, su voz era tan baja que Muerdo tuvo que acercarse.
—En Cádiz, una noche de vino y naipes, le saqué la navaja a un hombre. No quise matarlo. Solo asustarlo. Pero la navaja se le clavó en el costado.
Bebió otro trago.
—Me llevaron preso. Y como era soldado, me dieron a elegir: presidio o Indias. Elegí Indias. Y aquí me tienes, cuidando a estos infelices.
Muerdo lo miró sin saber qué decir. Luego preguntó en un hilo de voz:
—¿Y lo sueñas?
Guerrero no respondió. Solo bebió otro trago. El grumete calló, pensando en eso. Guerrero se encogió de hombros y añadió:
—Quién sabe. El rey es el rey. Si algún día me necesita de verdad en España, me perdonará. Mientras tanto, aquí me tienes. En esta carabela de mierda, con frailes que rezan sus horas y capitanes que huelen a brea y a sudor. Vigilando a los que sí van encadenados. Pero sin grilletes para mí. Eso es lo importante: sin grilletes.
Muerdo asintió, aunque no estaba seguro de haberlo entendido todo. Luego, sin pensarlo dos veces, alargó la mano hacia la bota de cuero. Guerrero sonrió —apenas, una mueca visible en la penumbra— y le tendió la bota.
—Bebe —le dijo—. Así dejas de hacer preguntas.
El muchacho bebió. El vino era agrio y fuerte, pero no dijo nada. De un trago terminó de vaciarla.
Guerrero lo miró, soltó una risa breve, y le tendió la bota vacía.
—Ya eres un hombre, Muerdo.
El grumete le devolvió la mirada, con los labios aún húmedos, y por primera vez en muchos días sintió que aquel hombre extraño y sombrío no era del todo inalcanzable.
A su alrededor, la bodega crujía con el balanceo del barco y los desterrados dormían entre barriles y ratas.
mvf
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