martes, 2 de febrero de 2021

Mes de marzo.

Había lloviznado durante la mañana pero la tarde se quedó con un cielo azul, limpio y calido, del mes de marzo. La gente esperaba el comienzo de la misa. El coche negro y fúnebre, hacía poco que había llegado. Aparcó frente a la iglesia y bajaron unos hombres con traje negro,  para abrir el portón de atrás del coche funebre y llevar el féretro al interior de la iglesia. Pero los vecinos, una vez abierto el portón, no les dejaron y sacaron ellos el feretro y lo auparon, echandoselo al hombro, dos de cada lado, y lo condujeron al interior de la iglesia, ante al altar.

Sonó la campana mayor, su tañido grave hizó vibrar a los presentes y se propago por el aire alejandose; entremezclado con los ecos de su tañido en la distancia, se descubrió que iba ser acompañada por los campanarios de los pueblos vecinos. Se hizo un silencio, tras el que se escuchó el tañido de la campana mayor, esta vez seguido por el tañido de la campana pequeña de la iglesia. Y estos tañidos se repitieron hasta el número de tres, pues el difunto era una mujer, y esta serie de golpes alternos fue repetida nueve veces, advirtiendo al cielo que el difunto por el que se oficiaba la misa era la campanera de Bástela.

La campanera había decidido hacer una tarta de manzana para el café con leche de la tarde. Era una sorpresa para su hija de Santiago que venía a casa a pasar unos dias. La tarta la hacía con una vieja receta, con uno o dos trucos que unía el tiempo pasado entre madres a hijas; aunque el ingrediente principal era hacer la tarta con la calma de los pueblos.

La cocina de la campanera tenía una cocina de hierro que funcionaba con el fuego de la leña de carballo. Una mesa grande, en la que se sentaban alrededor de ella, en sillas de mimbre, los de la casa y la gente de confianza, que en cualquier día se invitaban a comer, ocupaba el centro de la cocina. Pegado a la pared blanca de cal, un anciano chinero de castaño, de cuatro puertas, de estilo castellano, dejaba entrever entre sus vitrinas las piezas de distintos juegos de porcelana blanca, alguna de ellos con dibujo de otra epoca. Y un ventanal grande, por el que se veía la vida del campo.

La campanera, juntó los ingredientes que cariñosamente había preparado, en una tartera de barro, y cuando estaba en su punto el horno, la metió en el interior de la cocina de hierro. Se acercó al chinero para recoger un reloj de plastico verde amarillo con forma de pera, que esperaba su trabajo. Calculó el tiempo que tardaría en hornease la tarta y le puso el tiempo de espera. Después lo dejó encima de la mesa de pueblo, de madera de castaño. Sacudió el delantal de harina que llevaba puesto, al terminar.

Ya no quedaba nada más que hacer, el tiempo y la temperatura del horno haría el resto del trabajo.

Arrimó a la mesa su silla de mimbre y se sentó frente al reloj; hizo una almohada con sus brazos, encima de la mesa que aún conservaba restos de harina, para reposar su cabeza en ella. Y se durmió dejando que el sueño lo velase el tic tac con forma de pera que la despertaría al pasar el tiempo que que necesitaba estar la tarta en el horno.

En la cocina flotaba el aroma de la canela y la manzana, que había estado cociendo durante la mañana, en una pota de esmalte rojo, para añadirse a la masa de la tarta; y por  el ventanal entraba la luz del día que mantenía apagada la lampara de led que alguien, sin saberse cuando, había sustituido por la bombilla incandescente que siempre colgó del techo.

La siguiente visita que tuvieron eso mañana, los de Barcelona, fue la del perro de los labrada. El pastor se coló por debajo de los viejos alambres que separaba las dos propiedades vecinas y se plantó en medio y medio, entre Bribón y su amo, para olfatearles. Primero olió las piernas de Andres, dió un par de vueltas restregandose contra ellas y después se acercó a Bribon para repetir la operación; cuando terminó se dejó oler por él.

Con este intercambio de olores se hicieron las presentaciones.

Entonces, en señal de aceptación de la visita, Andres lanzó la pelota, que en el momento de las presentaciones tenía entre las manos, para que el recien llegado, fuera por ella; pero el perro de los labrada hizo caso omiso de este gesto. Al verlo Bribón, en el lenguaje de los gestos de los perros, apuntando con su miradas la dirección que había seguido la trayectoría de la pelota, mostrandose jadeante, trató de incitarlo para que echaran una carrera a ver quien era el primero en encontrarla y regresar con ella. 

- Busca busca ... insistió Andres, señalando la dirección en que había lanzado la pelota... 

Bribón miró con extrañeza para su amo y el perro impasible, que estaba ante ellos, haciendo caso omiso de sus señales; sin saber lo que pasaba.

Después de esto, el perro de los labrada dió media vuelta y pasó de nuevo bajo el alambre de espino, esta vez en dirección hacia su casa. Dando por terminada la visita.
Se daba por entendido que cada uno ya sabía lo suficiente de los otros.

mvf.

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