lunes, 26 de octubre de 2026

Chicomácatl , alianza con los tonocatas - Nahuatl XI

 

Capítulo XXIII: A bordo del bergantín

El bergantín navegaba pegado a la costa, evitando los manglares que se extendían como un laberinto verde. En la proa, un marinero lanzaba la sonda y cantaba las brazas; otro, junto al timón, corregía el rumbo a cada voz. Jaramillo iba de un lado a otro, atento al agua oscura, porque aquellas costas les eran desconocidas y temía que el bergantín encallara en un banco de arena o que algún arrecife abriera el casco.

Ix Balam observaba desde la borda. No entendía las voces de los marineros, pero entendía el temor: lo veía en la forma en que miraban el agua, en las manos que apretaban los cabos, en el silencio que se hacía cada vez que la sonda cantaba una braza menos. Había viajado en canoas toda su vida, pero nunca en un navío como aquel, y aquel viaje le parecía una temeridad.

Jaramillo se acercó a la proa, donde estaba Aguilar.

—Llevamos dos días sin noticias de Cortés. Se adelantó con la capitana y no hemos vuelto a verlo.

Ix Balam, que estaba cerca, miró hacia el horizonte sin esperar traducción. Algo no le cuadraba. Si Cortés se había adelantado, ¿por qué no lo habían visto?

—Tal vez haya encontrado algo —dijo en maya, y Aguilar tradujo—. O tal vez lo hayan encontrado a él.

Jaramillo lo miró con dureza.

—¿Qué quieres decir?

—Que estas costas no son seguras. Hay pueblos que no reciben bien a los extranjeros. Si Cortés desembarcó sin esperar refuerzos...

—Cortés sabe lo que hace —cortó Jaramillo, pero su voz traicionaba una duda.

La costa se cerró de pronto. El bergantín dejó el mar abierto y se internó por un brazo estrecho del manglar. El agua era oscura, y las raíces de los mangles arañaban los costados de la nave. La sonda seguía cantando, pero ahora las brazas eran cada vez menos, y los marineros miraban el fondo con desconfianza.

—Fondo de lodo —dijo el de la sonda—. Tres brazas. Dos y media.

Jaramillo ordenó acortar velas y echar los remos al agua. El bergantín avanzaba despacio, gobernado a fuerza de brazos, mientras los hombres de proa escrutaban el agua en busca de bancos de arena.

De pronto, Ix Balam levantó el puño.

—Alto.

—¿Qué pasa? —se extrañaron.

—Voces. Remos. —Ix Balam señaló hacia adelante.

Jaramillo ordenó detener los remos. Estaban todavía en la desembocadura, donde el canal era ancho y la vista alcanzaba lejos. A pocos centenares de pasos, una chalupa avanzaba despacio hacia ellos.

—Es una chalupa —dijo Jaramillo—. Y viene hacia aquí.

Ix Balam se deslizó hasta la proa, agazapado. En la chalupa iban cuatro hombres: dos soldados españoles y dos remeros indígenas. En la popa, un hombre con armadura ligera y barba espesa sostenía el timón.

—Es Alvarado —dijo Jaramillo, y su voz se relajó—. Maldita sea, por fin.

La chalupa se detuvo junto al bergantín. Alvarado se puso de pie y, con la agilidad de quien lleva años en el mar, agarró la escala de cuerda y subió a bordo. Detrás de él subieron sus hombres. Tenía el rostro sudoroso y la ropa manchada de barro.

—Xaramillo —dijo—. Me alegra ver que no has perdido a tus gallegos. Los necesitaremos para navegar en estas aguas.

Jaramillo asintió con una media sonrisa.

—Me alegro yo también de veros a vos, señor. Un marinero gallego no se pierde en estas tierras. Como ya nos conocemos, sabéis por experiencia propia que me pierdo en las tabernas, pero no en el mar.

Y los dos hombres se fundieron en un abrazo.

Cuando se separaron, Alvarado se secó la frente con el antebrazo.

—Hemos acampado en la playa, frente a la isla. Una playa amplia, de arena firme. Hay agua dulce, y los indígenas que viven cerca no parecen hostiles. Es un buen sitio para desembarcar.

—¿Una isla? —preguntó Jaramillo.

—Sí. Los naturales la llaman Chalchicueyecan, por los arenales. Los nuestros la llaman San Juan de Ulúa, porque Grijalva llegó allí el día de San Juan, hace un año. Yo venía con él. Desembarcamos frente a la isla, no en ella.

Jaramillo mandó servir la mesa en el castillo de popa. No era gran cosa: tasajo, bizcocho duro, un poco de vino aguado. Pero después de dos días de sonda y manglar, a los hombres les supo a gloria.

Alvarado comió con apetito. Ix Balam, sentado al lado de Aguilar, miraba el tasajo con desconfianza y lo apartó con el dedo.

—¿Qué es esto? —preguntó en maya.

—Carne de vaca —dijo Aguilar—. Seca y salada. No es venado.

Ix Balam lo probó. Hizo una mueca.

—Me quedo con el pescado.

Alvarado se rió.

—El muchacho tiene buen paladar.

Jaramillo sirvió más vino.

—Señor, contadnos qué habéis visto. ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?

Alvarado dejó la copa.

—Salí a explorar desde el campamento, buscando paso hacia el norte. Me interné por las aguas del manglar, por un brazo como el vuestro. No hay paso: solo lodo, raíces y agua cada vez más somera. Tuvimos que volver atrás, y al regresar al mar por uno de los canales, dimos con vosotros. Buena suerte, porque ya no sabía cómo volver a la playa sin cruzar el manglar.

—¿Y la playa? —preguntó Jaramillo.

—Es buena. Arena firme, agua dulce, y los naturales que viven cerca no parecen hostiles. Cortés ya ha mandado levantar el campamento: pozos, chozas, una cruz plantada en la arena. Pero faltan manos. Y faltan soldados.

—¿Y Cortés? —preguntó Jaramillo.

—Cortés marchó tierra adentro, a una ciudad llamada Cempoala. Tabscoob le habló de ella: dicen que sus gentes son vasallas de los mexicas y les pagan tributo. Cortés quiere llegar a un acuerdo con ellos para luego subir al altiplano, donde está México, la ciudad del gran señor que gobierna todas estas tierras.

—¿Y vos no le acompañasteis? —preguntó Jaramillo.

—No. Yo me quedé en la costa, asegurando el campamento. Alguien tenía que hacerlo. Pero la idea es que todos subamos pronto.

—¿Y qué hacemos mientras? —preguntó Jaramillo—. ¿Seguimos por el manglar?

—No. El manglar no lleva a ninguna parte. Habrá que volver a mar abierto y seguir la isla hacia el norte. Allí enfrente está la playa, y allí está el campamento que ha levantado Cortés.

Ix Balam, que había escuchado sin entender, se inclinó hacia Aguilar.

—¿Qué dicen?

—Que pronto volveremos con Cortés.

Alvarado se terminó el vino y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Jaramillo, en cuanto estemos listos, sacad el bergantín de este brazo y volved a mar abierto. Seguid la isla hacia el norte. Yo iré con vosotros y bajaré a la chalupa cuando estemos cerca de la playa.

Después de comer, Jaramillo mandó izar el ancla. La chalupa quedó remolcada por la popa. El bergantín empezó a maniobrar para salir del brazo del manglar, gobernado a fuerza de remos, mientras los hombres de proa volvían a cantar las brazas.

El agua se aclaró y el aire olió a sal. El manglar quedó atrás, y regresaron de nuevo al mar. Desde la proa del bergantín, Ix Balam miraba cómo bordeaban la costa. De pronto, vio la isla verde, y frente a ella, en la playa, una hilera de chozas, una cruz alta y el humo de varias hogueras.

—Allí —dijo Alvarado—. Ese es el campamento de Cortés.

Jaramillo ordenó acercar el bergantín todo lo que la sonda permitiera y mandó echar el ancla. Las velas quedaron flojas, y el navío se detuvo meciéndose sobre el agua clara. El sol caía de plano sobre la cubierta, y el aire olía a sal y a leña quemada.

Entonces acercaron la chalupa al costado. Venía remolcada por el navío.

Alvarado y sus hombres descendieron a ella por una escala de cuerda, y con ellos Aguilar e Ix Balam. Ix Balam se acomodó en la proa y miró la playa: las chozas eran bajas, de ramas y barro, y entre ellas se movían hombres con armaduras y otros descalzos, indígenas que iban y venían cargando bultos. La cruz alta brillaba al sol.

Los remeros indígenas hundieron los remos. La chalupa se deslizó hacia la playa. Cuando estaban a pocos pasos de la arena, varios hombres del campamento entraron en el agua y los recibieron, agarrándose a la borda para vararla en la orilla.

 

 

Capítulo XXIV: La alianza tonocata.



Los embajadores de Potonchán llegaron a Cempoala antes que los españoles. Eran tres: Ah Kin, noble de confianza de Tabscoob, y dos ancianos que habían servido como mensajeros entre los señoríos de la costa desde hacía más de veinte años. No traían carta ni presente que pudiera leerse. Traían un mensaje aprendido de memoria, repartido entre los tres, de modo que ninguno de ellos pudiera repetirlo entero por separado. Solo juntos podían reconstruirlo, palabra por palabra.

Chicomácatl, señor de Cempoala, los recibió en su palacio, junto a la plaza. Los mayas de Potonchán no eran sus enemigos: habían comerciado con los totonacas durante generaciones, sal y algodón por cacao y obsidiana, y cada señorío cuidaba sus propios intereses. Pero los tiempos habían cambiado, y el cacique lo sabía.

Ah Kin habló primero:

—Tabscoob, señor de Potonchán, envía su saludo.

A su señal, golpearon el suelo con sus bastones ante Chicomácatl. Encontraron el ritmo, y sobre ese ritmo, los tres, empezaron a reconstruir el mensaje, uno tras otro, como quien recita una cuenta aprendida de oído:

—Del mar vienen hombres.
—Hombres blancos, con barbas.
—Sus casas flotan en el agua.
—Montan animales desconocidos.
—Traen armas que escupen fuego.
—Fuego que mata.
—Nuestras armas, impotentes.

Chicomácatl los escuchó hasta el final sin interrumpir. Luego los miró con dureza.

—Ya hemos oído hablar de ellos. Los mexicas dicen que son dioses. Otros dicen que son demonios.

Ah Kin tomó de nuevo la palabra:

—No son dioses. Son hombres. Hombres que quieren tierras y oro. Pero os pueden ser útiles para liberaros de vuestro yugo.

El cacique guardó silencio. Ah Kin continuó:

—Recordad la derrota que sufristeis hace dos años, cuando Moctezuma masacró a vuestros guerreros en la llanura. Desde entonces pagáis el doble. Vuestras cosechas se pudren en los almacenes de Tenochtitlan mientras vuestros hijos son llevados al sacrificio en sus altares.

El anciano de la derecha añadió:

—Estos extranjeros no vienen a pediros tributo. Vienen a quitárselo a quien os lo exige.

—¿Y qué querrán a cambio? —preguntó el cacique.

Ah Kin respondió:

—Dadles como amigo lo que os pidan. Guerreros, guías, alimento. Porque os pueden quitar todo lo que quieran. Pero lo que les deis será menos de lo que Moctezuma os quitará.

Chicomácatl miró a sus nobles. Luego preguntó:

—¿Y si me niego?

—Moctezuma seguirá cobrando su tributo. Y vosotros seguiréis pagando.

El cacique asintió lentamente.

—Que vengan. Los recibiré.

Ah Kin inclinó la cabeza.

—Tabscoob no traiciona a sus aliados.
 
Chicomácatl recibió a Cortés en la plaza, rodeado de nobles y de sus principales. A su lado, dos ancianos descalzos, con el cabello blanco recogido y los rostros pintados de ocre, sostenían sendos sahumadores de barro de los que salía un hilo de humo de copal: eran los sacerdotes del templo mayor de Cempoala, que nunca se apartaban del señor cuando había que tratar con extranjeros. A la derecha del capitán iba Bernal Díaz, que no perdía detalle de cuanto veía; a su izquierda, Gonzalo de Sandoval, con la mano en la empuñadura de la espada. Detrás, con el pliego y la pluma dispuestos, el escribano Alonso de Torres, atento a cuanto se decía para dejarlo por escrito. Cerraban el grupo media docena de soldados de confianza y dos frailes de la expedición, con el crucifijo por delante. Malintzin caminaba junto a Cortés, un paso por detrás, con los ojos bajos y la voz presta. A través de ella, el señor totonaca se quejó amargamente de los mexicas.

—Nos tienen como esclavos —dijo—. Nos quitan nuestras cosechas, nuestras mujeres, nuestros hijos. Si ustedes son enemigos de Moctezuma, entonces son nuestros amigos.

Cortés no respondió de inmediato. Dejó que el silencio se alargara, miró a Malintzin para asegurarse de que había entendido bien, y luego recorrió con la vista a los nobles totonacas que rodeaban al cacique. Después habló con voz grave:

—Ya no pagaréis tributo al señor de Tenochtitlan. Os protegeré de él y de cualquier otro enemigo. Pero os pido que os sometáis a la corona de Castilla, y que reconozcáis al rey de España como vuestro señor. Si lo hacéis, mi rey os tomará bajo su amparo, y yo os defenderé con mis hombres y mis armas. A cambio, necesito vuestros guerreros, vuestros guías, vuestro alimento.

Chicomácatl no respondió. Miró a Cortés, luego a Malintzin, luego a los soldados que lo rodeaban. Su rostro no mostraba temor, sino cálculo. Al cabo de un momento, se volvió sin decir palabra y se retiró hacia su palacio, seguido de sus nobles y de los sacerdotes.

Después de la charla con Cortés, los totonacas les dieron alojamiento. Eran unas casas bajas de piedra y barro, junto a la plaza, con petates tendidos en el suelo y vasijas de agua fresca. Los españoles se acomodaron como pudieron. Algunos se quitaron las armaduras y se sentaron en el suelo, agotados. Otros montaron guardia en la puerta, por costumbre más que por necesidad.

Cortés se retiró a una habitación aparte. Bernal le llevó un poco de pan y vino, y le preguntó si quería que lo dejaran solo.

—No —dijo Cortés—. Pero que nadie me moleste hasta mañana. Mañana hablaremos.

La noche pasó sin sobresaltos. Los totonacas no se acercaron a las casas de los españoles, y los centinelas no vieron nada extraño.

Los recaudadores de Moctezuma llegaron con el sol. No eran los tres que el cacique esperaba. Eran cinco, y venían con una escolta de veinte guerreros mexicas, armados con macanas y escudos de cuero. No venían a cobrar el tributo del mes. Venían a cobrarlo por adelantado, y a exigir explicaciones por los rumores que habían llegado a Tenochtitlan sobre unos extranjeros con barbas.

Chicomácatl los recibió en el palacio, sentado en su estera, con los nobles alrededor. El jefe de los recaudadores, un hombre alto con penacho de plumas verdes y una cicatriz en la mejilla, entró sin ser anunciado y no se sentó ni se dignó a saludar.

—Moctezuma quiere su tributo. Todo. También el atrasado.

El cacique intentó ganar tiempo.

—No sé de qué me habláis.

El recaudador miró hacia las casas donde se alojaban los españoles, y luego de nuevo al cacique. No hizo ningún gesto. Uno de los guerreros mexicas dio un paso al frente y dejó caer la macana sobre el suelo, una sola vez. El golpe sonó en todo el palacio.

—Moctezuma tiene muchos hombres —dijo el recaudador—. Nosotros somos cinco. Detrás vienen más.

Chicomácatl miró hacia las casas. Luego miró a sus nobles. Luego, otra vez, al recaudador.

—Esperad aquí —dijo—. Voy a buscar el tributo.

Y salió del palacio, y mandó llamar a Cortés.

Cortés llegó con Bernal y dos soldados. Ah Kin lo acompañaba como intérprete, y Malintzin esperaba junto a la puerta.

Chicomácatl estaba pálido.

—Han venido los recaudadores de Moctezuma. Cinco, con veinte guerreros. Quieren el tributo, y quieren saber quiénes sois. Si no se lo doy, volverán con un ejército.

Cortés escuchó sin interrumpir. Luego preguntó:

—¿Dónde están?

—En el palacio. Esperando.

—¿Y cuántos hombres tenéis vos?

—Doscientos. Pero no me atrevo a usarlos. Si mato a los recaudadores, Moctezuma enviará a todo su ejército.

Cortés no sonrió esta vez.

—No los mataréis vos.

—¿Y qué haréis?

—Detenerlos.

Chicomácatl lo miró con alarma.

—¿Detenerlos? ¿Sabéis lo que eso significa?

—Significa que ya no podréis echaros atrás —dijo Cortés—. Ni vos, ni yo.

Salió del palacio sin esperar respuesta.

Los recaudadores seguían de pie en el palacio, con los brazos cruzados. Los veinte guerreros mexicas estaban detrás de ellos, en formación.

Cortés se acercó con paso firme, seguido de Bernal y de una docena de soldados. Malintzin iba a su lado, en silencio, hasta que llegaron ante los recaudadores.

—Decidle que soy el capitán de estos hombres —dijo Cortés—. Y que el tributo no se pagará.

Malintzin tradujo. El recaudador de la cicatriz lo miró de arriba abajo, sin prisa, como se mira a un animal que aún no se sabe si muerde.

—¿Y quién eres tú para decidir eso?

Cortés no respondió. Hizo un gesto con la mano.

Los soldados españoles se lanzaron sobre los recaudadores. Los guerreros mexicas reaccionaron al instante: echaron mano a las macanas y a los escudos, y se lanzaron contra los españoles. El palacio se convirtió en un caos de gritos y acero.

Los españoles eran pocos, pero llevaban armaduras y espadas de hierro. Los mexicas, con sus macanas de obsidiana y sus escudos de cuero, cayeron uno tras otro. La lucha fue breve y brutal. Cuando terminó, ocho guerreros mexicas yacían en el suelo, y los demás habían huido o habían sido detenidos. Los cinco recaudadores estaban atados de pies y manos, tirados junto a la pared.

Chicomácatl, que había visto todo desde un rincón, se cubrió el rostro con las manos.

Cortés se acercó a los recaudadores. El de la cicatriz lo miró con rabia.

—Moctezuma os encontrará. Y os hará pagar por esto.

Cortés no respondió. Se volvió hacia sus hombres.

—Metedlos en la casa de piedra. La que está junto al templo.

Los soldados arrastraron a los recaudadores hasta la casa. Era un edificio bajo, de paredes gruesas y una sola puerta. Los metieron dentro y cerraron la puerta con una viga.

Cortés se volvió entonces hacia Bernal.

—Traed pólvora. Y teas.

Bernal lo miró con alarma.

—Señor...

—Traedlas.

Los soldados trajeron dos barriles pequeños de pólvora y varias teas encendidas. Cortés ordenó que se colocaran junto a la puerta y bajo las ventanas de la casa. Luego, él mismo tomó una tea.

Se detuvo un instante. Miró la puerta cerrada. Dentro, alguien golpeaba la madera con las palmas de las manos.

Arrimó la tea a la pólvora.

El fuego prendió con un rugido. Las llamas subieron por la madera de la puerta y lamieron las paredes de piedra. Dentro, los recaudadores empezaron a gritar. Sus alaridos se oyeron en todo el palacio y en la plaza, agudos, desesperados, mientras el humo negro salía por las ventanas y se elevaba hacia el cielo.

Chicomácatl se tapó los oídos. Los nobles totonacas miraban la escena sin atreverse a moverse. Los soldados españoles, en silencio, observaban las llamas. Uno de ellos, un mozo de Extremadura que no tendría más de dieciocho años, se santiguó y apartó la vista.

Los gritos duraron menos de lo que esperaban. Luego solo quedó el crepitar de la madera y el olor a carne quemada.

Cuando el fuego se apagó, la casa seguía en pie, pero la puerta había desaparecido y el interior estaba negro de hollín. Dentro, los recaudadores estaban muertos.

Cortés se volvió hacia Chicomácatl.

—Ya no hay vuelta atrás —dijo—. Si Moctezuma manda venganza, será contra vosotros y contra mí. Pero si os mantenéis firmes, tendréis lo que nunca habéis tenido: libertad.

Chicomácatl lo miró con temor y con algo que no era gratitud, sino necesidad. Había visto de lo que era capaz Cortés. Y había entendido que, con un hombre así, era mejor estar a su lado que enfrente.

—Seremos vasallos de vuestro señor —dijo—. Porque vosotros sois más cruel que Moctezuma.

Cortés asintió lentamente. Luego, sin volverse, llamó con la mano.

—Alonso de Torres.

El escribano dio un paso al frente, con el pliego y la pluma dispuestos. Había estado junto a los soldados durante toda la quema, pálido, sin escribir nada. Ahora mojó la pluma y esperó.

—Deja constancia —dijo Cortés— de que el señor de Cempoala, aquí presente, se somete a la corona de Castilla y reconoce al rey de España como su señor. Y que nosotros, los que aquí estamos, damos fe de ello.

Alonso de Torres escribió el encabezamiento del acta. Luego, sopló la tinta y tendió el pliego a Chicomácatl.

—Que firme primero el señor de Cempoala —dijo Cortés.

Chicomácatl miró el pliego sin comprender. No sabía leer ni escribir. Pero entendió lo que le pedían. Se llevó la mano al pecho y se desprendió un pectoral de jade y oro, pequeño, con la figura de un ave labrada en el centro. Lo sostuvo un momento en la palma, como si pesara, y luego lo tendió a Cortés con las dos manos.

—Esto es lo que soy —dijo en su lengua, y Malintzin tradujo—. Lo que he sido y lo que he gobernado. Tomadlo. Desde hoy, mi señor es vuestro señor.

Cortés recibió el pectoral con las dos manos, con la misma gravedad con que se recibe una espada rendida. Lo miró un instante y luego lo entregó al escribano.

—Anotadlo —dijo—. Y guardadlo con el pliego.

Alonso de Torres tomó el pectoral, lo envolvió en un paño y lo guardó en la caja. Luego miró a Chicomácatl y a los nobles que lo rodeaban.

—¿Y los demás? —preguntó—. ¿Dan también su palabra?

Chicomácatl se volvió hacia sus nobles. Uno tras otro, los principales totonacas dieron un paso al frente y tocaron el pliego con la palma de la mano, en silencio. El escribano anotó sus nombres a medida que pasaban.

Cuando los nobles terminaron, Chicomácatl hizo un gesto hacia los dos ancianos que lo habían acompañado desde el principio. Los sacerdotes avanzaron despacio, con los sahumadores en las manos.

Se detuvieron ante el pliego. El más viejo de ellos miró a Cortés, luego al documento, y luego a Chicomácatl. Dijo algo en totonaca, con voz grave, y Malintzin tradujo en voz baja:

—Dice que los dioses han visto lo que ha pasado hoy. Y que si el señor de Cempoala da su palabra, ellos también la dan. Que el humo del copal sea testigo.

El sacerdote levantó el sahumador y lo pasó sobre el pliego, despacio, tres veces. El humo blanco se enroscó sobre el papel. Luego el anciano tocó el pliego dejando su marca con la punta de los dedos, y el otro sacerdote hizo lo mismo.

Alonso de Torres anotó sus nombres, o lo que de ellos pudo entender.

Entonces Cortés tomó la pluma. Firmó con trazo firme, y detrás de él Bernal Díaz y Sandoval estamparon sus nombres. Los frailes añadieron los suyos.

Alonso de Torres sopló la tinta, cerró el pliego y lo guardó en la caja, junto al pectoral.

Chicomácatl y su sequito miraban todo en silencio. Sabían lo que ese momento significaba: ya no había vuelta atrás, de nuevo estaban en guerra contra el altiplano. Pero ahora tenían de su lado un guerrero poderoso.

Fue entonces, al verlo allí de pie, sudoroso y taciturno, cuando los españoles empezaron a llamarlo «el Cacique Gordo». No lo decían con desprecio, sino con esa familiaridad brusca que daban los hombres de Cortés a todo lo que encontraban en aquella tierra. El apodo se quedaría con él, y con el tiempo sustituiría a su nombre incluso entre los suyos.


 

mvf 

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