sábado, 7 de octubre de 2017
el trato del zorro
Tras la huida del lobo, el zorro regresó al lugar de las rocas del acantilado donde estaba su amigo.
- ¿Que hay allí?- preguntó el cerdo, acostado en las rocas que hablan con la vista perdida en la negrura del océano, cuando oyó llegar a su amigo.
- Allí es donde duerme el sol - respondió el zorro, sentándose junto a su amigo para escuchar en la noche el batir de las olas.
Tras unos minutos de silencio entre los dos, al ver que en la noche la Luna estaba acabando su circulo en dirección al este, el zorro se levantó y dijo:
- Ahora cumpliré mi parte del trato y te ayudaré a regresar a tu cuadra sin que nadie te descubra.
Dicho esto, los dos se pusieron en camino hacia el pueblo. No tardarían en llegar, pues el zorro, por sendas de animales que cruzan el monte entre los matorrales, conocía los mejores atajos para casí todos los corrales de la comarca; pero cuando estaban próximos a su destino, se encontraron con un contratiempo inesperado, pues descubrieron un bulto peludo que estaba haciendo guardia, durmiendo justo, en medio y medio del camino que les conducía a su destino.
El perro de la herrera hacia piña con el perro de los de la labrada, porque los dos eran hermanos y cuando podían se juntaban para hacer todo tipo de desatinos: dando carreras a las gallinas, persiguiendo las ovejas por la campiña o deshaciendo los sembrados, entre peleas que hacían entre ellos para medir sus fuerzas.
La madre de la cejiñuda tenía una cabra que le había regalado su hija para obligarla a salir de casa todos los días, con motivo de llevar al animal por la mañana a comer al campo y por la tarde tener que ir a recogerla,
La cabra era un animal caprichoso, que teniendo de comer en lo suyo, saltaba a las fincas de los vecinos para comer los brotes de las hierbas en campo ajeno.
La cejiñuda, para arreglar el problema, decidió que le pusieran una "solta" a la cabra en las patas - atado de cuerda que se pone en las patas de los animales para reducirle la movilidad - pero aún así, la cabra roía el atado de cuerda y una vez libre volvía a saltar a las fincas de los vecinos para ir a comer en ellas.
El perro de la mujer del herrero y el de los de la labrada, eran perros que sabían conducir el ganado. Uno de esos días que andaban de parranda descubrieron a la cabra que después de liberarse de su "solta" había escapado de donde tenía que estar y comía con toda felicidad en uno de los campos de la iglesia.
Así que los dos decidieron en cuestión enseñar al animal y empezaron a perseguirla de un lado al otro, dándole ladridos, hasta que llegado un momento la cabra no dio más de si y la dejaron medio desmayada en el campo.
A última hora de la tarde, la madre de la cejiñuda se encontró a la cabra medio pasmada y del disgusto casí le da un patatús a ella también. La cejiñuda tuvo que ir al campo a recoger a su madre y a la cabra, y al llegar a casa llamó al veterinario de urgencias, para ver que le pasaba al animal.
El veterinario no tardó en llegar y después de ver a la cabra y escuchar su corazón con su estetoscopio, la mandó ingresar en una clínica veterinaria.
Cuando llegó la factura de los ansiolíticos de la cabra y los días que estuvo en la clínica, la cejiñuda, que era medio justiciera y andaba siempre metida en pleitos de derechos de agua y lindes, marchó junto a los respectivos dueños de los perros, reclamandoles los ansiolíticos de la cabra y la factura del veterinario. Los dueños de los perros, que en todo momento trataron a la cabra de señorita, pagaron sin rechistar y acordaron tomar la medida de no dejar sueltos a la vez a los dos hermanos, dejando en sus casas respectivas, un dia atado a uno y el otro día al otro, para que no anduvieran juntos, y se repartieron los días de la semana con r para que saliera el perro de la herrera y los días sin r para que pudiera salir el perro de los labrada.
Así que hoy viernes, 10 de noviembre, la noche anterior al sábado de San Martiño, Melquiades estaba durmiendo en medio y medio de la carretera.
miércoles, 13 de septiembre de 2017
la artimaña del zorro
Una vez fuera, el zorro se sacudió la tierra que llevaba encima de su cuerpo; se limpió su largo hocico, y enderezando sus inhiestas orejas, miró al cerdo de arriba abajo y preguntó:
- ¿Que es tan importante para que hayas venido a molestarme?
- Solo quiero regresar a la casa de mis amos, sin que nadie se dé cuenta de ello - dijo el cerdo - y dormir tranquilamente en mi cuadra.
- Te prestaré mi ayuda para que vuelvas a tu cuadra, si tú primero me ayudas a mí.
El cerdo, recordó las palabras de los zorrillos de que tendría que hacer un trato con su padre para que este le ayudase, y asintió bajando su cabeza:
- ¡venga; el trato!
Entonces el zorro empezó a contar:
- Estos días ha llegado de los montes de Asturias un lobo asesino; está misma mañana mató dos ovejas que pastaban cerca del rio. Los humanos no tardaran en querer deshacerse de él recurriendo para ello a trampas y venenos, que pondrán en peligro la vida de todos los animales del monte
- Quien osa andar ahí? - preguntó un gruñido ronco y fuerte.
Al ser descubierto por el lobo, se detuvo frente a él, a una distancia prudente desde la que podía vigilar el brillo asesino de sus ojos, para salir huyendo a la menor señal de peligro.
Entonces los ojos del lobo, frios y grises, que miraban antes de manera amenazadora, mostraron ahora señales de miedo; los pelos de su espalda se pusieron de punta, dándole un aspecto ridículo, y metiendo el rabo entre sus piernas echó a correr huyendo despavorido jurando no pisar de nuevo estas tierras.
miércoles, 23 de agosto de 2017
En el bosque
Hacía rato que el ruido del tractor se había desaparecido en la distancia. El animal, después de escapar de su entierro, se escondió dentro del monte y vagó entre los pinos hasta llegar a un pequeño claro, en el que la hierba crecía verde y fuerte. Ante tan apetitoso paisaje, sus tripas vacías comenzaron a hacer ruido, reclamándole el momento de disfrutar los manjares que le deparaba el bosque. Comenzó a atiborrarse de tallos húmedos y sabrosos de hierba, hasta que descubrió cerca de él unos arbustos de los que colgaban diminutas bolas rojas, entre sus hojas verdes y grisáceas; eran madroños con su fruto otoñal. Se acercó al más próximo y, después de mordisquear las primeras bayas, su sabor le decidió a continuar allí su menú.
Después de saciar su hambre, impulsado por su instinto, se adentró entre las ramas bajas de los madroños en busca de un refugio donde ocultarse y descansar. Con sus patas, aplastó la hierba para crear un lecho cómodo, se acomodó en el suave manto verde y, en cuestión de segundos, sus párpados se cerraron, llevándolo a un profundo sueño.
Se había hecho de noche cuando despertó, y en el cielo colgaba un extraño queso que alguien había comenzado a comer por su lado izquierdo. El animal ladeó la cabeza de un lado a otro y, con su ancho hocico, aspiró el aire fresco de la tierra. Pensó que lo mejor sería regresar a la cómoda vida de su cuadra y hacer como si nada hubiera pasado; sin embargo, no sabía qué camino tomar y necesitaría pedir ayuda.
Regresó al pequeño claro de hierba y, guiado por su instinto, comenzó a descender del monte por un estrecho sendero frecuentado por otros animales como él. Bajaba con cautela, temeroso de ser descubierto en la oscuridad. Durante el día, algunos perros del pueblo subían al monte impulsados por sus instintos más primitivos para correr bajo la luz de la luna. Si le encontraban, podrían atacarle y darle muerte por mero placer.
Mientras descendía sumido en estos pensamientos, un ruido cercano llamó su atención. Se escondió nuevamente entre los arbustos y esperó a ver qué sucedía. Pronto se dio cuenta de que el sonido provenía de una acalorada discusión entre dos jóvenes zorros que caminaban por el sendero en su dirección. Sin ningún cuidado, jugaban haciendo carreras entre ellos para ver quién era el más veloz, y se acusaban mutuamente de hacer trampas en el juego.
De repente, los dos zorros comenzaron a correr ladera arriba. Al ver que venían hacia él, el cerdo salió de su escondite y se plantó en medio del sendero, obligándolos a detenerse. Sin entrar en muchos detalles, les explicó como había sido dado por muerto y traído al monte para enterrar su cuerpo, pero que despertó justo a tiempo para escapar y ponerse a salvo. Ahora quería regresar a la casa de sus amos para dormir con seguridad en su cuadra. Como no sabía el camino de regreso, les pidió su ayuda.
Los dos zorrillos, se miraron entre ellos y respondieron que tenían terminantemente prohibido por sus padres acercarse al pueblo de los humanos, porque donde viven los hombres hay infinidad de peligros para los de su especie; ellos no iban a desobedecer a sus padres, sin embargo, apuntando sus miradas hacia unas luces lejanas que se podían ver desde donde estaban, dijeron su padre había ido a la granja del tío Avelino. Podría acercarse hasta allí y pedirle ayuda; pero tendría que hacer algún trató con él para conseguirla.
- ¿ Y que es lo que un zorro puede hacer por un animal como tu?
viernes, 28 de julio de 2017
La abuela de Elisardo
Cuando llegó la abuela de Elisardo de regreso a casa, la abuela de Elisardo se fijó
enseguida en los trabajos que había hecho su nieto durante su
ausencia: había recogido la loza de su desayuno y la había fregado;
había hecho su cama, dejado recogida su habitación y había bajado
su ropa sucia dejándola metida dentro de la lavadora; y su
nieto, al terminar, se pudo a ver tranquilamente la
televisión esperando el regreso a casa de su abuela como se le había dicho mil
veces y nunca había hecho.
A la anciana, la tan buena disposición del nieto durante su ausencia, le entró la mosca.
-¿Elisardo que estuviste haciendo mientras estuve fuera?
-¡Nada, nada!- respondió el niño sin apartar la vista de la
televisión.
Nada, nada, para nada creyó lo que le respondió su nieto;
Después de vaciar la cesta de la compra y distribuirla por los distintos huecos de los muebles de la cocina, salió al patio de la parte de atrás de la casa para ver si descubría
que había hecho su nieto en su ausencia.
Miró en el patio, entró en la casa vieja, revisó el cobertizo ... y
no encontró nada; pero cuando ya iba volver a la casa oyó desde la
huerta el graznido del cuervo, que en venganza de lo que Elisardo
había hecho al inocente espantapájaros, llamaba la atención a la
anciana, saltando y picoteando encima de los plásticos, para delatar donde había ocultado al cerdo su nieto.
El animal, con los picotazos y los saltos que daba el cuervo encima
de él, despertó, pero al oír los pasos que se acercaban en
la huerta reconoció el andar de la vieja y sin hacer ningún movimiento se dijo para si:
-Esta es peor que el niño y cuando descubra que me hice el muerto,
como es muy retorcida, va suponer que quería comerme los repollos de la huerta e igual me hace estar corriendo
toda la mañana. Y decidió continuar sin dar señales de vida.
Al levantar los plásticos y encontrarse el animal haciéndose el
finado, la abuela se echó las manos a la cabeza, lamentándose y
sintiéndose culpable de la muerte del gorrino por dejar solo en casa
a su nieto. Al cabo de unos instantes reaccionó y se dijo para si
que la mejor solución sería deshacerse del cuerpo y dejar que se
pensara que el animal, sin saber como, se había escapado. Entonces,
desde donde estaba, hizo señales al tractorista, que continuaba
trabajando en un campo cercano, para pedirle ayuda.
El hombre con cara de fastidio, por tener que parar de trabajar, se acercó para ver lo que le pasaba a la anciana, y así
que escuchó de que se trataba el asunto y viendo lo apurada que
estaba, entró con el tractor al interior del patio de la casa y a continuación, guiado por la anciana se dirigió con la maquina al lugar donde
estaba el cerdo cubierto con el plástico. Sin destapar el animal
metió la pala por debajo de su cuerpo, y sin que este diera ninguna
señal de vida, lo izó con la pala por encima de la cabina del
tractor y arrancó con la carga al monte del lobo, que era el lugar
donde llevaban antiguamente a los animales de la casa que morían de
muerte natural para alimentar con sus despojos a las alimañas.
Cuando llegaron al monte el tractorista bajó la pala, y el
cuerpo del animal, cubierto con los plásticos, se deslizó hacía el suelo
quedando tumbado en la tierra. Hecha esta operación y sin ninguna
perdida de tiempo, se puso a excavar con la
pala del tractor un hueco en la tierra para meter dentro el cuerpo
del cerdo y enterrarlo, pues quería regresar rápidamente para rematar
la labores de campo que estaba realizando.
Y entonces, al ver las dimensiones del agujero que se estaba
abriendo, fue cuando le entró mala espina al cerdo y juzgó oportuno que ya era el
momento de resucitar discretamente y desaparecer.
Sin
levantar su enorme panza del suelo, se alejó arrastrandose con su cuerpo
hasta una distancia prudente y desde ahí se marchó con prisa monte
abajo.
mvf.
sábado, 1 de julio de 2017
la huerta de elisardo
Sentado encima de la piedra de las gallinas, Elisardo tuvo una idea: lo siguiente que haría sería sacar el cerdo de la cuadra para cabalgar encima de el.
El cerdo al ver la puerta abierta de su engordadero salió para el patio. Detrás de él iba Elisardo que lo agarraba por su rabo retorcido.
- ¡Para. No corras. No vayas a la huerta!
Era un imponente animal de piel rosada; tenía una cabeza grande, con enormes orejas, que le caían tapando los ojos, y un cuerpo alargado y redondo, que al caminar se abaneaba de un lado al otro; sus extremidades eran largas y fuertes, y sus pezuñas blancas, y mientras corría, arrastrando trás el a Elisardo, gruñia moviendo orgulloso su hocico.
- ¡ Cocho; para, para...! - gritaba Elisardo
Finalmente paró.
- ¡Acuéstate!- gritó el niño y el cerdo, siguiéndole el juego, se tiró en el suelo.
Entonces, Elisardo, se echó sobre el animal abrazándose a su cuerpo peludo.
Con el niño encima de su panza dándole caricias, el cerdo se rascaba su espalda contra la tierra y esbozaba en su cara una sonrisa de placer.
-¡Ahora levántate!- el animal se levantó y volvieron a empezar a correr el uno detrás del otro.
Elisardo lo perseguía de nuevo y gritaba detrás de él con el palo en la mano porque ahora quería ser un domador de fieras.
- ¡Salta, salta, salta, salta!
Y el animal trotaba por la huerta, abaneando su cuerpo de un lado al otro.
- ¡Corre, corre, corre...!
Obediente como un perro de más de doscientos kilos de peso, el animal hizo todo lo que le mandaba el niño hasta que llegado un momento, extenuado y sin apenas fuelle para respirar, decidió que ya era hora de cambiar de juego y para no hacer más ejercicio se tiró en el suelo patas arriba, haciéndose el muerto.
El niño, al verlo tirado con la boca abierta, se acercó junto a el sorprendido.
- ¡Cocho, levantate!
El animal, con los ojos cerrados, permaneció inmóvil.
Elisardo zarandeó al cerdo y lo golpeó con sus manos para que se levantara; pero el animal seguía sin responder y sin hacer ningún movimiento, riéndose para sus adentros mientras simulaba, con la boca abierta y los ojos cerrados, su defunción.
- ¡Venga, levantate. Cocho, levantate ya!
Llegado un momento, el niño, al ver que el cerdo permanecía inmóvil en el suelo, sin dar señales de vida, y que no obtenía ninguna respuesta, se creyó el teatro que hacía el animal y pensando en la riña y el castigo que iba recibir de sus padres, por sacar el animal de la cuadra y haber provocado su muerte, decidió ocultarlo; y con unos plásticos que trajo del cobertizo tapó el cuerpo para que no se descubriese lo ocurrido
"Todo el mundo creería que el establo había quedado abierto y el cerdo, al verse libre, habría escapado".
Elisardo regresó a la casa y se puso a hacer todas las cosas que habitualmente le mandaban hacer y que no hacía sin hacer antes debidamente el remolón: limpió la mesa donde había desayunado, dejando fregada la loza de su desayuno; subió a su habitación para hacer la cama y bajó con su ropa sucia para la lavadora; recogió sus libretas y los lapices, y lo dejó metido en la cartera del colegio ... finalmente, cuando hubo hecho todo se sentó delante de la tele esperando a que regresase su abuela, como si nada hubiera pasado.
Fuera, su amigo porcino, por el cansancio del ejercicio, se había quedado dormido pensando en los repollos de la huerta.
mvf.
jueves, 15 de junio de 2017
La lucha en la huerta
Las piernas del espantapájaros eran un viejo pantalón de pana marrón llenó de remiendos; su cuerpo una camisa a cuadros rojos y azules, rellena de paja por dentro, que estaba cubierta con una chaqueta raída por el tiempo; sus manos eran un par de guantes rosa de goma, de los que se usan para fregar; y su cabeza estaba echa de un saco de esparto, cubriéndole su calva una boina negra descolorida. Vestido de esta manera, Manolo el espantapájaros había desempeñado distintos papeles de villanos en la huerta: había sido un hombre con una escalera, que había reñido a Elisardito por jugar con su caja de herramientas; el hermano mayor de su mejor amigo, que había aparecido a socorrer a su hermano, cuando tenían una riña entre los dos; el nuevo panadero, un joven pecoso y desconsiderado, que había roto con la tradición de regalarle una galleta cuando salía a por el pan con la abuela... pero el papel que más había desempeñado manolo era el de bárbaro germánico que atraído por las riquezas de la civilización romana, quería escapar de la huerta e invadir el patio del cobertizo.
Elisardo se puso en guardia a la entrada de la huerta; de un momento a otro esperaba la aparición de su enemigo y él estaba dispuesto a medirle las costillas con su espada tutora de las tomateras
La batalla comenzó de improviso. Elisardo se defendió del ataque y comenzó a rechazar el asalto de las tropas germánicas, una a una, según se le echaban encima.
-
Ahora vas a ver
toma, y toma y toma ...
regresa a tu campo
o morirás
Tu eliges
no tienes nada que hacer
y poco a poco Elisardo fue avanzando en el interior de la huerta, repeliendo en su ataque la avalancha invisible, hasta que llegado un momento se encontró frente a frente con el que comandaba las fuerzas invasoras
El espantapájaros, aguantaba los golpes que recibía sin echarse para atrás; la lucha estaba bastante equilibrada y llegado un momento pareció que Elisardo iba ser derrotado y abandonaría por cansancio, pero finalmente el espantapájaros no pudo más con la lluvia de palos que le caía y fue el quien no pudo soportar la fiereza del contrataque y cedió, cayendo al suelo, rendido a los pies de Elisardo.
Roma, la civilización, el patio de tierra y el cobertizo, estaban a salvo. El bien había vencido y el mal sucumbido.
Nuestro héroe escupió sobre su derrotado enemigo y dando saltos de alegría, regresó triunfante a su trono bajo la sombra del nogal, sentándose sobre una piedra de granito larga y grande donde se le echaba el grano a los animales. Desde allí, sentado en el comedero de las gallinas, quedó mirando en silencio su victoria imaginaría mientras se recuperaba de las heridas de cansancio.
Terminado el combate, el cuervo regresó desde el tejado del cobertizo, donde había estado contemplando la reyerta, hasta el lugar donde yacía su desventurado amigo de paja, y saltando sobre el cuerpo de su amigo tirado en el suelo, protestó con unos graznidos por lo ocurrido.
martes, 6 de junio de 2017
El espantapajaros se llamaba manolo.
Por las escaleras de la cocina se iba dar a la casa vieja en la que habían vivido los antepasados. Se cruzaba para llegar a ella un patio de tierra en el que había un enorme nogal centenario, de treinta metros de altura, que la suerte había querido que sobreviviese a las penurias pasadas en la guerra civil, sin ser talado para vender por necesidad su madera.
La casa vieja era una vivienda rural construida con piedra y barro, de dos plantas y con tejado de pizarra. En la planta baja, separados por un muro de piedra, estaba el establo y la lareira* estancia donde se encendía el fuego que servía de cocina y lugar común de las personas: la planta de arriba de la casa, con piso de madera, tenía las habitaciones encima del establo, aprovechando así el calor del ganado para pasar el invierno. Con el tiempo se dejaron de tener bueyes para arar el campo y el establo ahora, separado por tablas de madera por entre las que se podía ver su interior, estaba dividido en dos dependencias, en una de ellas había jaulas vacías que en algún momento se habían usado para criar conejos; la otra estancia, cerrada con una puerta rudimentaria, era la cuadra donde se cebaba uno o dos cerdos para la casa.
Al lado de la casa de los abuelos había otra construcción más pequeña, de piedra, donde estaba el horno en el que se hacia antes el pan de maíz o los asados de las fiestas; y un cobertizo en el que se guardaban los aperos de trabajar la tierra y el viejo tractor, que en su tiempo había sustituido a los bueyes. Desde el cobertizo partía el camino que llevaba a la huerta y conducía hasta un pozo de piedra, del que se sacaba agua para regar, a su lado había una higuera; el camino terminaba en un portón, por el que se accedía al campo de labradío. A lo largo del camino, clavados en el suelo, había postes de piedras sosteníendo cada uno una vid que extendía sus desnudas varas del otoño atadas a cuerdas que iban de un poste a otro.
Al llegar al patio, Elisardo se dirigió al columpio, colgado en una de las fuertes ramas del nogal, que le había hecho su padre. Estiró sus piernas, echó su cuerpo para atrás, y agarrado a las cuerdas que sujetaban el columpio, se dejó caer comenzando a desplazarse como un péndulo, adelante y atrás; fue cogiendo cada vez mas impulso y llegado un momento estaba alcanzando el cielo con la punta de sus pies, y así estuvo un rato, balanceándose de un lado al otro. De repente, rozando sus tacones en la tierra, frenó en dos pasadas y saltó del columpio corriendo por el patio, como si fuera un cohete de feria, dio una par de vueltas alrededor del nogal y finalmente continuó su trayectoria en dirección al cobertizo, donde acabo deteniéndose frente a el. Cogió un palo tutor de las tomateras de un montón que había apilados en entrada del cobertizo. Una vez armado, extendió su brazo y dio dos estocadas en el aire: no tardó en estar haciendo un violento combate invisible. Ya había, entre matados y heridos, despachado veinte o treinta seres imaginarios cuando dio síntomas del hastió provocado por luchar contra tan débiles adversarios. Se sentó un rato encima de una piedra en la que se había hecho un abrevadero para las gallinas, y se puso a escarbar en la tierra con el palo; lo hincó profundamente y torciéndolo sacó unos terrones del que se desprendieron un par de lombrices - las lombrices se estiraban y se contraían tratando de escapar.
Miró aburrido como se volvían a enterrar.
Se escaparon sin que Elisardo se inmutase, salvándose en esta ocasión, de una muerte segura bajo el sol, como había ocurrido otras veces.
Se levantó y pisó la tierra donde se habían enterrado las lombrices.
De nuevo tiró una estocada en el aire con el palo, paró, dió dos vueltas con su cuerpo y lanzó otro ataque al vacio, y entonces se fijo en el viejo espantapájaros de la huerta, en el que no habíamos reparado.
El espantapájaros se llamaba Manolo
Manolo era especialista en dar sustos a los pájaros. Esperaba sin moverse durante horas y cuando más confiadas estaban las aves, que venían a comer a la huerta, aprovechando cualquier ráfaga de aire, movía su cuerpo produciendo un quejumbroso ruido que sobrecogía a los pájaros y les hacía huír, volando despavoridos. Con el tiempo Manolo había hecho un amigo, un viejo cuervo solitario que había perdido su compañera. El cuervo había descubierto como sacar de su amigo el susodicho ruido, saltando de repente de un hombro de paja al otro; y juntos los dos habían dado a las aves: gorriones, palomas torcaces, lavanderas, verdecillos, estorninos, mirlos ... que osaron aterrizar en la huerta y aproximarse a las tomateras o a los fréjoles, los sustos más grandes de la comarca. De esta manera los dos sacaban partido de su amistad: el cuervo, libre de sus congéneres, disponía para el solo, de los caracoles, babosas e insectos dañinos de la huerta y el espantapájaros, con su amigo apoyado en el hombro, tenía un aspecto siniestro, especialmente al anochecer.
mvf.