lunes, 30 de enero de 2023

La quedada de Marcelino.

Sonó el timbre de la casa y corrí a abrir la puerta. Allí estaba Teles, que venía a recogernos a mi madre y a mí para llevarnos a la romería de San Blas.

—¡Hola, Marise! —dijo sonriendo con sus dientes mellados y sus profundos ojos verdes, y nos dimos unos besos.

—¿Quieres tomar algo antes de marchar? —pregunté a mi amiga.

Rehusó la invitación diciendo que, si marchábamos tarde, no íbamos a tener sitio donde aparcar el coche.

Mi madre apareció toda arreglada, con su chaqueta colgada del brazo.

—¡Yo ya estoy! —dijo.

Y en lo que tardé en coger una chaqueta, ver si quedaban apagadas las luces de la casa y cerrar con llave la puerta, ya estaba montada en el coche.

No tardamos en llegar a la fiesta y, tal como había previsto Teles, por ir un poco temprano nos fue fácil aparcar en las proximidades.

Bajando del coche nos encontramos con mucha gente conocida que marchaba andando para la romería. Empezamos a caminar y, hablando unos con otros, llegamos a la altura de la iglesia.

Había una patrulla de la Guardia Civil donde se aglomeraba toda la gente, y uno de ellos era Marcelino, el guardia civil que había detenido a mi madre.

Al ver a mi madre nos dio la espalda, haciendo como si no nos viese.

Mientras, un compañero suyo daba el alto a un coche y le obligaba a volver para atrás, porque el campo estaba abarrotado. Pasamos cerca de él, pegadas a los puestos que vendían rosquillas horneadas de San Blas, con su cinta azul, para ser bendecidas en la misa.

Nos miramos de soslayo y, cuando se cruzaron nuestras miradas, le hice un guiño burlón que Marcelino respondió bajando los ojos al suelo.

Yo sabía que Marcelino, de un tiempo para acá, se había convertido en el hazmerreír del cuerpo, después de aquel fiasco de la droga, y estuvo a punto de que lo expulsaran de la Benemérita.

Después de aquel asunto de la droga, sus superiores, para que se olvidasen de él, decidieron que se le viese poco por las calles y pusieron a Marcelino detrás de una mesa, con un ordenador que tenía un ventilador dentro que hacía tanto ruido que no se podía hablar con la persona que tenías delante. Sus compañeros decían que era para que nadie lo oyese, por si acaso se le ocurría abrir la boca.

Aunque él no sabía ni papa de internet, tecla a tecla fue cogiendo el truquillo a esto de la informática y, después de aprender a apagar y encender el ordenador correctamente, leyendo algunas cosas aprendió a conversar por internet en un chat hispano.

El caso es que Marcelino empezó a chatear por las noches y, al cabo de un tiempo, se echó una novia en Málaga. La malagueña empezó a escribirle proponiéndole una quedada para conocerse; él se negó dándole largas, pero ella continuó insistiendo con que iban a ir cogidos de la mano a visitar la Alcazaba, el teatro romano, el museo Picasso, la torre de Málaga… eso y lo que pudiera suceder. Y con lo que pudiera suceder le empezó a escocer el gusanillo de conocerse los dos en la vida real. Quedaron y, para hacer el gran viaje, pidió permiso para ir a Málaga, una semana que cuadraba el jueves en festivo.

Sus superiores, que de un tiempo para acá veían a Marcelino quedarse en el cuartel hasta altas horas de la noche trabajando con el ordenador —desconociendo que el motivo era que no tenía ordenador en su vivienda para chatear—, decidieron recompensarle concediéndole cinco días seguidos de libranza más el fin de semana: darle la semana entera de permiso.

Llegado el día X, Marcelino se arrancó de moto desde Galicia para el sur, con destino a Málaga. Pero en la previsión del amante no estaba el calcular que las temperaturas del norte y las del sur no son las mismas, ni parecidas. Y nuestro pobre Marcelino, en Cáceres, bajando en moto por la sierra de Béjar, con el calor que hacía empezó a chorrear sudor; tanto que tuvo que parar y aligerarse de ropa. Redujo su vestimenta de motorista a una camiseta de mangas cortas, blanca, un tanga rojo, el calzado y el casco de moto en la cabeza. Llevaba recorridos unos cuantos kilómetros cuando una patrulla de la Guardia Civil de Tráfico, que hacía un control de alcoholemia a la altura de Zafra, al verlo conduciendo semidesnudo, le dio el alto.

Marcelino paró cerca de la patrulla. Desmontó de la moto y, con el casco en la mano, se dirigió hacia ellos diciendo que era compañero del cuerpo. Pero los agentes extremeños hablaban el idioma con otro acento, no entendieron lo que decía y, al ver a aquel adonis velludo que iba hacia ellos, vestido con su camiseta sudada, el tanga rojo marcándole el paquete y el vello de sus testículos sobresaliendo por entre el tanga, le encañonaron con la ametralladora que llevaba uno de los agentes al costado, y terminó en el suelo esposado.

Más tarde, cuando se entendieron y se pudo identificar a Marcelino, el suboficial de la patrulla mandó llamar a la unidad de atestados de Badajoz, quienes, para deshacerse de la pifia, decidieron detenerlo por falta grave contra el decoro cometida por un miembro de la Benemérita, que en estas cosas ellos son muy quisquillosos. Aún estaría detenido en Badajoz si no fuera porque su superior, el brigada de la comandancia de nuestra comarca —para que no se vieran frustrados los planes que su esposa tejía en secreto para el futuro marido de su hija, «la guapa» del cuartelillo—, movió cielo y tierra hasta que localizó a un teniente coronel, amigo suyo, con el que había estado en el seminario, y consiguió que lo devolviesen para el cuartel de aquí. Entonces mandaron a Marcelino de regreso para Galicia y los extremeños lo despidieron diciéndole que hay personas que, una vez que se conocen, jamás se olvida uno de ellas.

Bueno, amigas, si me entero de que mi novio anda de vicio chateando con alguna por ahí, algo malo va a pasar. Me conozco bien:

—¡Le arranco los ojos o lo dejo sin dedos!

 

mvf. 

viernes, 20 de enero de 2023

El espantapajaros de la huerta.

Por la parte trasera del edificio, a través de unas escaleras a las que se accedía desde la cocina, se bajaba a un patio de tierra en el que crecía un nogal centenario que llegaba a los treinta metros de altura. El nogal en su tiempo fuera plantado por algún olvidado tatarabuelo de la familia, y quiso la suerte de la casa que sobreviviese a las penurias de la guerra civil sin ser talado para vender su madera por necesidades económicas.

Al mismo patio daba la vivienda antigua de los antepasados.

La casa vieja estaba construida con piedra y barro, y cubierta con un tejado de pizarra. Tenía dos plantas; la planta baja estaba dividida en dos partes diferenciadas, separadas por un muro de piedra de casi dos metros de grosor: el establo y la lareira* estancia donde se encendía el fuego, y era el lugar común de las personas de la casa. A la planta de arriba se subía por unas escaleras de roble y las habitaciones coincidían encima de donde dormía el ganado, aprovechando así para pasar el frio de los duros meses de invierno, el calor del ganado, sobre sus camas de tojo * retamo espinoso del establo. Con el tiempo se dejó de arar el campo y al no ser necesarios los bueyes se hicieron unas divisiones con tablas de maderas por entre las que se podía ver el interior de sus espacios.  Así que se entraba hoy en día en el establo había un banco de madera, con sus herramientas, y una rueda de piedra para afilar las hoces del campo y los objetos de cortar, de la casa; y al lado izquierdo se habían hecho un recinto, cerrado con una puerta rudimentaria, la cuadra donde se cebaban los cerdos de la casa, y otro en el que había jaulas vacías que en algún momento se usaron para criar conejos.

Pegada a la casa de los abuelos había otra construcción más pequeña, de piedra, donde estaba el horno en el que se cocía antes el pan de maíz o se hacían los asados de las fiestas; y un cobertizo en el que se guardaban los aperos de trabajar la tierra y se metía para proteger de la intemperie al viejo tractor, que en su tiempo fuera el fin de los bueyes. Partía desde allí el camino que llevaba a la huerta y conducía hasta el pozo de piedra, donde se obtenía el agua para regar la finca. Había a su lado una higuera que daba sombra en lo mas tórrido del verano. El camino de la huerta terminaba al llegar a un portón, por el que se accedía al campo de labradio. A lo largo del camino, clavados en el suelo, había postes de piedras, de granito, unidos entre ellos con alambres que iban de uno al otro sosteniendo las desnudas varas de otoño de las cepas de vino que tenían a sus pies.

Al llegar al patio, Elisardito se dirigió al columpio que su padre le había hecho, colgado en una de las fuertes ramas del árbol de nogal. Estiró sus piernas, echó su cuerpo para atrás, y agarrado a las cuerdas que sujetaban el columpio, tomó impulso y se lanzó para delante para empezar a desplazarse como un péndulo, adelante y atrás; fue cogiendo cada vez mas impulso hasta que llegado un momento, parecía alcanzar el cielo con la punta de sus pies, y así estuvo un rato, balanceándose de un lado al otro. De repente, rozando sus tacones en la tierra, frenó en dos pasadas y saltó del columpio corriendo por el patio, como si fuera un cohete de feria, dio un par de vueltas alrededor del nogal y finalmente continuó su trayectoria en dirección al cobertizo, donde acabo deteniéndose frente a el. Cogió un palo tutor de las tomateras de un montón que estaban apilados en entrada del cobertizo. Una vez armado, extendió su brazo para dar dos estocadas en el aire, y así que estaba convencido de su dureza, comenzó un violento combate invisible. Ya había despachado, entre matados y heridos, veinte o treinta enemigos imaginarios cuando dio síntomas del hastió que provocaba luchar contra tan débiles adversarios. Y paró para sentarse un rato encima de una piedra en la que se había horadado un abrevadero para las gallinas. Sentado, con la punta del palo, con que se había armado se puso a escarbar en el suelo hasta que asomaron un par de lombrices - las lombrices se estiraban y se contraían tratando de escapar volviéndose a hundir en la tierra..
 Miró aburrido como se volvían a enterrar.
Se escaparon sin que Elisardito se inmutase, y en esta ocasión salvaron su vida de una muerte segura bajo el sol, como ocurría en otras ocasiones.
Se levantó y pisó la tierra donde se habían enterrado las lombrices.
Tiró una estocada en el aire y otra más. Paró. Dio dos vueltas alrededor de si mismo y volvió a lanzar otro ataque con su espada tutora y fue cuando entonces se fijo en el espantapájaros de la huerta, en el que no teníamos reparado.

El espantapájaros se llamaba Manolo

Manolo era especialista en dar sustos a los pájaros. Esperaba horas y horas sin moverse y cuando más confiadas estaban las aves, que venían asiduamente a comer a la huerta, aprovechaba cualquier repentina ráfaga de aire, para moverse produciendo un quejumbroso ruido que sobrecogía a los pájaros y les hacía huir despavoridos. Con el tiempo Manolo había hecho un amigo, un viejo cuervo solitario que había perdido su compañera, envenenada por un cebo. El cuervo, saltando de un hombro de paja al otro, había descubierto como sacar de su amigo el susodicho ruido, y juntos, a los gorriones, palomas torcaces, lavanderas, verdecillos, estorninos, mirlos ... que osaron aterrizar en la huerta y aproximarse a las lechugas, las tomateras o a los fréjoles plantados de temporada, les habían dado los sustos más grandes de la comarca.

De esta manera los dos sacaban partido de su amistad: el cuervo, libre de sus congéneres, disponía en exclusiva, para su si, los caracoles, babosas e insectos dañinos de la huerta y el espantapájaros, con su amigo apoyado en el hombro, tenía aún un aspecto más siniestro.


Las piernas del espantapájaros eran un viejo pantalón de pana marrón, llenó de remiendos y descolorido por el tiempo. Su cuerpo estaba hecho con una camisa a cuadros rojos y azules, rellena de paja por dentro, cubierta con una chaqueta raída por el tiempo. Sus manos eran un par de guantes rosa de goma, de los que se usan para fregar; y su cabeza un saco de esparto, también relleno de paja, cubriéndole su áspera calva una boina negra descolorida. Vestido de esta manera. Manolo el espantapájaros había recibido palos y patadas desempeñado distintos papeles de villanos en la huerta: el de un hombre con una escalera, que había reñido a Elisardito por jugar con su caja de herramientas; el papel de hermano mayor de su mejor amigo, que había aparecido a socorrer a su hermano, cuando tenían una riña entre los dos; el del nuevo panadero, un joven pecoso y desconsiderado, que había roto con la tradición de regalarle una galleta cuando salía a por el pan con la abuela... pero el papel más desempeñado por el espantapájaros era el de bárbaro germánico que quería salir de la huerta para invadir el patio del cobertizo y romper todas las cosas por las que finalmente la abuela le acababa riñendo.

Elisardito se puso en guardia a la entrada de la huerta. Esperaba de un momento a otro la aparición de su enemigo y él estaba dispuesto a impedirle sus intenciones, midiéndole las costillas con su espada tutora de las tomateras

La batalla comenzó de improviso. Elisardito se defendió del ataque y según se le echaban encima comenzó a rechazar el asalto de las tropas del enemigo.

-
Ahora vas a ver
toma, y toma y toma ...
regresa a tu campo
o morirás
Tu eliges
no tienes nada que hacer.


y poco a poco, repeliendo con su contraataque la avalancha invisible, fue avanzando en el interior de la huerta hasta que se encontró frente a frente con el comandante de las fuerzas invasoras.

El espantapájaros aguantó la lluvia de golpes que recibía, sin echarse para atrás; la lucha estaba bastante equilibrada y llegado un momento pareció que Elisardito iba a aflojar y sería derrotado por cansancio, pero al contrario de todas las otras ocasiones en que había resistido, esta vez el espantapájaros cedió y se rompió, cayendo al suelo rendido a los pies de su atacante. 

Nuestro héroe escupió sobre su derrotado enemigo. El patio de tierra y el cobertizo estaban a salvo, y con saltos de alegría regresó triunfante a su trono, bajo la sombra del nogal. Allí, sentado en su atalaya, el abrevadero de piedra de las gallinas, quedó en silencio recuperándose del cansancio de su triunfo imaginario.

Terminado el combate, desde el tejado del cobertizo donde había estado contemplando la reyerta, el cuervo regresó hasta el lugar donde yacía su desventurado amigo y
saltando sobre el cuerpo de paja tirado en el suelo, protestó con unos graznidos por lo ocurrido, .





mvf.

viernes, 9 de diciembre de 2022

No todos los días van a ser igual, actualizado.

Esto de escribir es como echar a correr. Una buena mañana te lías un pequeño petate y te echas a la carretera. Bueno, un petate pequeño depende ... Tiene que tener capacidad suficiente para llevar tres cositas...  que si compresas; algo de jabón que una es muy limpia; la agenda con los números de mis amigas, por si se estropea el teléfono; el osito de peluche de las noches frías... Voy a necesitar un carrito, porque empiezas a meter cosas y ya se sabe. La mejor idea es una bici con un carrito sobre ruedas.
Bueno que un buen día te armas de valor y después de tenerlo todo preparado, te pones en la carretera con una bici y un carrito sobre ruedas,  cargado de cosas, detrás. Empiezas a pedalear y hasta donde llegues.
Lo peor, dejar una nota en la puerta de la nevera.
No se si leí o escuche en alguna parte, que en Villaviciosa una mujer tuvo la misma idea, se cogió una bicia y ya lleva media España recorrida; claro que teniendo vicio es más fácil.
Pero yo no soy como la asturiana, porque lo mio es viajar sin prisas; encontrar enseguida un banquito bajo un árbol, con una buena sombra y tener el tiempo para leer un libro o para escribir a mis amigas las aventuras que vayan sucediendo; quizás hasta tenga aventuras para escribir un libro, a escasos metros de mi casa:
Guía de banquitos en el mundo para escribir una carta.

En el mismo edificio en el que vivo, tres plantas más arriba, la vecina le dijo a su marido que bajaba al supermercado a comprar un paquete de arroz y no regresó a casa, y lo que es peor dejó sin lavar todos los platos en el fregadero.
Que no ha salvado vidas humanas el fregar los platos.
Eso, el crimen o el suicidio.

Con esta nota seguro que la mujer regresa a los tres días;
… te dejo la comida hecha y la camisa planchada y no olvides cambiarle la arena al gato.

Lo mejor es una simple y tranquila nota en la nevera:
No todos los días van a ser igual

Bueno, que tengo que salir.


mvf

viernes, 2 de diciembre de 2022

El barbero .

En sus buenos años el barbero jugó en segunda división, como defensa del levante o algo así, y con frecuencia contaba a sus clientes como su equipo de futbol estuvo a punto de chafarle la liga al equipo ganador de aquel año si no fuera por que la pelota por arte de magia, cuando todo el mundo cantaba el gol, se encontró de repente con el marco de la portería para impedirle marcar el punto fatídico.

Cuando había publico suficiente que caldease el ambiente arrancaba a contar alguna jugada, y contaba como le había driblado la pelota a aquel jugador famoso de su época y echó a correr con ella hasta el medio del campo, y después de un pase largo su compañero de equipo recogía la pelota y burlando la defensa del contrario encajaba la pelota en el fondo de la portería, sin saber el portero por donde se la había colado.

¡Gol! Gritaba. Contagiando de su fervor a los presentes, haciendo aspavientos en el local de la barbería con sus brazos levantados y sus manos temblorosas en el aire, y después de escuchar los aplausos imaginarios de su publico se abalanzaba de nuevo con su peine y tijera hacía el esférico piloso que sentado en el sillón de la barbería esperaba con paciencia el regreso del guardameta.

Las mayorías de las veces el cliente, al regresar las manos temblorosas de parkinson del guardameta, agachaba la cabeza. Gol repetía este, dando un pequeño toque con la punta de los dedos de su mano en la frente del esférico, para volver la cabeza a la posición adecuada, y reanudaba el corte de pelo

Con peine y tijera había sido guardameta del levante o un equipo así.


Había sido un día muy intenso.

Muchas veces, al cerrar la barbería, paraba en el bar de la milagros para tomar un chato antes de regresar a su casa. Pero está vez se sentía indispuesto. Había sido un día muy intenso y sentía un fuerte dolor en el pecho

Ya había recorrido casi todo el camino de regreso a casa cuando escuchó el taca-taca-taca de las hélices de un helicóptero que se acercaba. 

Se acordó cuando era pequeño, y los helicópteros  solo veían en las películas de cine americanas.

Se acordó del primer helicóptero que vio. Era joven todavía y fue antes de que volvieran a regresar las primeras cigüeñas.

Los golpes en el aire aumentaban y a medida que se aproximaban más empezaban a sonar como los latidos de su corazón.

Cuando el helicóptero parecía estar encima de él vio que las helices eran de color blanco y tenían luces irisadas  y ya más de cerca las hélices ya no eran aspas sino unas enormes alas blancas que empezaban a cubrir todo el cielo y que venían a buscarle.

Bribón corrió saltando junto al barbero, al ver tirado en el suelo el cuerpo del vecino canoso que pasaba todos los días frente a su casa; y cuando llegó junto a él le ladró varias veces y le empujó con su hocicó.

Como no se movía, Bribón se dio medía vuelta y desapareció corriendo y al cabo de un buen rato regresó con la pelota que días atrás había enterrado junto al rio.

La puso encima del vecino canoso, sobre su pecho, y le ladró fuertemente para que le tirase la pelota para ir a recogerla; pero el barbero continuó sin abrir los ojos y sin despertarse para levantarse y tirarle la pelota y que fuera a correr por ella.

Estuvo ladrando sin que nadie le hiciera caso. Hasta que alguien que escuchó sus ladridos se acercó para descubrir que ese día de otoño había muerto el guardameta de los esféricos pilosos del pueblo.

mvf.



martes, 15 de noviembre de 2022

La bruja va al medico 2

Todo empezó el día en que la hija de la bruja se encontró con su primo Garbancito. Como siempre que se veían y no andaban apurados, se paraban un rato para contarse cosas que les ocurrieran a cada uno, desde la última vez que se encontraron, y este le contó lo del accidente en el que murió el Berrocán, un vecino del pueblo, y como dias antes fuera a visitar a la tía, la bruja, para que le leyera la mano y le había vaticinado una vida muy larga.

Al día siguiente del encuentro, la hija de la bruja se acercó a casa de su madre para hacerle una visita, después de dejar a su hijo en el colegió.

La casa, como siempre, estaba desordenada y llena de mugre.

Mientras se preparaban el café de puchero para tomar juntas, Cenizo, el gato negro de la bruja apareció maullando en la cocina y empezó a dar vueltas alrededor de las dos ronroneando a sus pies.

La bruja hacia tiempo que no había visto a su nieto y preguntó a su hija por él y cuando lo traía a casa para que lo viese.

 - Te voy a mandar a alguien que te haga la limpieza- le respondió la hija.

- No quiero que venga nadie a limpiar. Si mandas a alguien la echaré a patadas de la casa. 

La bruja no quería que su hija se diera cuenta de que ya apenas veía con las cataratas que tenía en los ojos pero no lo pudo ocultar y se delató cuando confundió la sal con el azúcar y saló el café.

- ¿Madre, sabias que el Berrocán cayó con el coche por un barranco y se mató? - Soltó de repente la hija, posando el pocillo en la mesa, después de sorber el café salado.

- Que extraño - le respondió sorprendida, a su hija - hace un par de semanas que  vino a hacerme una visita para que le leyese la mano y vi que tenía muy larga la linea de la vida.

- Mama, ya es hora de ir al medico para pedir cita en el oculista.

- Hija, en noventa años que tengo no fui una sola vez al medico y no pienso ir ahora- dijo, espigando su cuerpo huesudo, para mostrar que estaba sana.

A pesar de su edad la bruja estaba más fuerte que una vara de tejo y aunque no paraba de quejarse de todo tipo de achaques estos no eran más que triquiñuelas para que su hija estuviese pendiente de ella por teléfono y fuera a casa a visitarla con frecuencia.

- Tienes que ir al medico para pedir un volante e ir al oculista y de paso te viene bien que te hagan una revisión de salud.

- Nunca tuve problemas de salud y cuando hubo alguna cosa, como bien sabes, no salen de la familia - respondió de nuevo la bruja. 

Se pusieron otro café, pero esta vez le echaron azucar, hablaron de cosas mientras lo tomaban, y al terminar se dieron un beso al despedirse.

La consulta tenía dos sillas delante de la mesa del medico y vieron que la doctora que les iba a atender era una mujer no mayor de treinta y cinco año, de pelo castaño, con una bata blanca en la que asomaban una serie de lapices y un termómetro en el bolsillo a la altura del pecho. 

La doctora les miró con unas gafas de pasta negra, cabalgando por encima de sus narices, detrás del monitor de un ordenador colocado encima de su mesa, mientras entraban.

- ¿A ver. Que le pasa?-  preguntó cuando se sentaron frente a ella.

- Es mi madre.

- Es Ud. Ursulina Expósito?

Si- asintió la bruja.

- Bueno y que le pasa a su madre.- preguntó pasando la vista sobre las dos.

- ¡Yo no tengo nada!- dijo la bruja.

La doctora ya estaba experimentada con gente mayor que no quería ir al medico, tal vez porque tomar esa decisión cuestiona la seguridad que tenemos de que todo está bien y no nos pasa nada, y finalmente cuando acuden al medico por una tirita hay que coser.

- ¡Pues vamos a ver si es verdad!-  soltó la doctora  

 - La tuve que traer para que la hicieran una revisión, que ella no quería. Además está perdiendo la vista; que es por lo que vinimos principalmente, para que nos hiciera un volante y llevarla al especialista - dijo la hija poniendola en antecedentes

- ¡A ver Ursulina váyase junto a la camilla y desabotonose  la camisa!

La bruja se sentó encima de la camilla y mientras se desabrochaba la blusa, se fijo en el monitor donde leía la doctora. 

La bruja aprendió a leer en un libro sin letras; cuando de niña le llevaron al bosque a casa de una tatarabuela, y esta le enseñó a leer los signos garabateados en un viejo libro apergaminado, que contenía la historia de la familia, las plantas y seres vivos que les rodeaban,  como hacer todo tipo de medicinas para curar sus dolencias y los conjuros de la familia.

Su hija en cambio, aprendió en un colegio de monjas recomendada por don Sebastián el cacique que no se quería morir. por que estaba en deuda con ella. por las infusiones que le preparaba para que sus criadas no engendrasen sus hijos bastardos.

La doctora abandonó la luz del monitor y fue tras ella .

 -¡ Diga treinta y tres!

La anciana repitió el numero de muy mala gana mientras la doctora presionaba el frio estetoscopio en su espalda, escuchando como sonaban los ecos dentro de su pequeño pecho.

 - ¿Y eso para que es?

Preguntó la bruja cuando sacó un otoscopio que llevaba en el bolsillo de la bata.

- ¡Para ver como tiene los oídos! 

Mientras se dejaba tirar de las orejas y la doctora miraba en el interior de sus oídos, la bruja pensaba si por los oídos la doctora pudiese saber lo que estaba pensando de ella en ese momento.

Los oídos estaban llenos de cera y pelos

¿Oye bien?

- ¡Oigo perfectamente!

 - Después de limpiar el estetoscopio, la doctora cogió una lengüeta de madera para bajar la lengua y mirar dentro de la garganta de la bruja.

- ¡A ver. Abra la boca!.

 - ¡Ah …! - dijo la anciana.

- Vale. Vístase- y la doctora regresó a su mesa para escribir en su libro de luz. Al terminar salieron unos papeles de una impresora que tenía detrás de ella. La doctora se giró para recogerlos y se los entregó a la mano extendida de la hija de la bruja, que los recogió.

- Al salir, pida cita a la entrada para una extracción para hacer un análisis de sangre y le darán un bote para recoger la orina de la mañana. 

- ¿Como dice? ¡ No me van a quitar ni una gota de sangre! -exclamó la anciana, con los ojos, al oir lo que dijo la doctora.

Pero la doctora continuó impasible

- Después de que se deje hacer la extracción de sangre, pidan cita, el mismo día, para una semana después, para venir a ver los resultados.  Y cuando venga miramos de quitar esa verruga que tiene en la cara, que tanto le afea.

La bruja sintió que se desmayaba y se tuvo que agarrar al brazo de su hija para no caerse de la silla,  y cuando lo hizo, echó en voz baja una maldición a la doctora:

- "que se ponga a hablar el monitor que tienes encima de la mesa y te echen a la calle". 

¿Y quien se acordará de las palabras cuando el monitor hable?

Ya fuera de la consulta, se dirigieron a pedir la cita para enfermería, para extracción de sangre, para la analítica, y la cita del oculista. La bruja, aún no se había repuesto de la visita al medico y caminaba apoyada en su hija.

- ¿Pregunta cómo se llama la doctora?

El hombre del mostrador, cuando les entregaba la cita para enfermería y el volante para el oculista, les respondió:

 - su medica se llama Grimelda Belladona. 

-Mama. Estarás contenta. La doctora se llama Grimelda como la madrastra de Blancanieves.

- ¡Hija, hiciste bien en traerme al centro de Salud. Esta doctora es más mala que la lana de gato!

mvf 

martes, 25 de octubre de 2022

la visita del medico

 El día estaba nuboso cuando salieron de casa.

- ¡Date prisa madre. Vamos llegar tarde! - le dijo cuando esta escondía la llave entre las raíces de una planta de ruda.

Cuando llegaron al centro de salud ya se había levantado un fuerte viento amenazando con llover de un momento a otro. Entraron y preguntaron donde estaba la medica de cabecera que les tocaba. Les indicaron la consulta que le correspondía y marcharon para la sala de espera para sentarse frente a la puerta de la consulta que les indicaron.

El día anterior la bruja le dijo a su hija que no quería ir al medico pero al final la convenció con la amenaza de que la iba ir a buscar por la mañana y si al final no iba ella no le haría caso a ninguno de los infinitos consejos que su madre le daba sobre la mejor educación para su nieto.

Era última hora de la mañana y apenas quedaba ya gente. Solo dos mujeres y una de ellas estaba con su nieta para la consulta del pediatra. Al verlas llegar dejaron de hablar entre ellas y la sala quedó en silencio.

Saludaron sin obtener respuesta y una vez tomaron asiento, en el exterior empezó a oírse el ruido de la lluvia al caer. 

Después de un rato de espera, se abrió la puerta de la consulta de la doctora para dejar salir una señora entrada en años, de pelo blanco y que llevaba puestas una viejas gafas negras; en sus tiempos había sido la cartera. La mujer que tenía su turno antes que ellas se levantó, se saludaron las dos al cruzarse y desapareció cerrándose la puerta. Ahora solo quedaban en la sala de espera ellas y la mujer con su nieta; esta última jugaba viendo los dibujos de un cuento abierto encima de la silla pegada al lado de su abuela. 

- ¡Hola. Que niña más bonita! ¿Qué estás leyendo?

La niña se volvió para ver quien le hablaba y al ver la anciana vestida de negro, que le había dirigido la palabra, se refugió entre las piernas de su abuela y levantó con una mano la tapa del libro para que pudiera leerse el titulo del cuento que destacaba en letras grandes: Blancanieves y los siete enanitos

- ¡Que libro más bonito! - dijo la hija de la bruja, consciente del temor que su madre suscitaba en la niña. 

- ¿Sabes que le hicieron por mala a la madrastra de Blancanieves?  Le pusieron unos zapatos de hierro incandescente y la hicieron bailar hasta la muerte - dijo la anciana vestida de negro.

 Al escuchar esto, la abuela de la niña se levantó del sitio, donde estaba sentada con su nieta, y sin mediar palabra se colocaron de espaldas a ellas, y la sala de espera volvió a quedar en silencio.  

Se oyó el ruido del trueno y el abundante repiquetear de la lluvia en la calle.

La mujer y su nieta se levantaron de nuevo cuando las llamó la enfermera y la niña, sin apartar la vista de ellas, cogida de la mano de su abuela y con el cuento bajo el otro brazo desapareció tras la puerta del pediatra.

- ¿Por que dijiste eso mama?

- Hija - respondió la anciana - ya sabes que estúpidos son los hombres con las lagrimitas. Si la madrastra hubiera hablado con alguna amiga de confianza... A buena hora Blancanieves se salvaba por hacer pucheros como hizo con el cazador.

¡No me mates. No me mates. Señor cazador!

Si la muerte de Blancanieves se le encargara a una ninfa de los pozos. Otra cosa sería. Hasta le habría mandado a la madrastra una tarta con las partes mas blandas de Blancanieves, para celebrar la noche del 31 de octubre.

- ¡Pero es un cuento muy lindo mama!

- Hija, digo yo que el único momento lindo es cuando el príncipe azul se aprovecha de que la princesa está drogada, y le da un beso sin su consentimiento. ¿Porque no le cuentan a los niños el final de Blancanieves cuando a la madrastra le calzan unos zapatos de hierro incandescentes y la hacen bailar hasta la muerte?

- ¡Pero esas cosas no se les puede contar a los niños. Mama! - exclamó la hija, exasperada con su madre.

- ¡Cá!. Lo que no se puede hacer es contar mentiras a los niños desde tan pequeños. ¡Todo el mundo sabe que la cigarra vive mejor que la hormiga! - terminó diciendo la anciana, esquivando la mirada de desaprobación de su hija. 

mvf. 

lunes, 1 de agosto de 2022

¿Y don Aurelio?

 Todos los días aparecen cosas nuevas y todos los días desaparecen otras.

-¡Hola, soy la nueva profesora de lengua castellana!

-¿Y don Aurelio?

Don Aurelio se había ido para un instituto en Salvatierra, porque cuando nadie lo esperaba se había enamorado, casado y pedido traslado para irse a Salvatierra, donde daba clases su reciente esposa y todo ello fue de repente.

Y ENTONCES EMPEZAMOS A DESCUBRIR LAS DIFERENCIAS

Don Aurelio echaba la siesta en clases; doña laura no pegaba ojo.

Don Aurelio tenía voz ronca y grave y estaba de nuestra parte. Y con frecuencia se le oía decir - "es que yo no entiendo a esos profesores que no aprueban a nadie, si les pagan por enseñar deberían preguntarle porque suspenden la mayoría de sus alumnos"

Doña Laura tenía una voz aguda y chillona con la que nos azuzaba desde el comienzo hasta el final de su clase. Y nos descontaba tantos puntos que para aprobar habría que recurrir a las notas sacadas en los exámenes de otras asignaturas.

- Marise con este punto que te voy a restar, vas tener que recurrir a las notas del examen de lengua gallega, si quieres aprobar mi asignatura, y aún así la nota del examen de castellano te va quedar en un tres.

A don Aurelio lo recibíamos con el libro encima del pupitre de madera y así que tomaba posesión de su atalaya nos mandaba abrir el libro por la pagina en la que habíamos quedado en la anterior clase, para continuar su lectura, y entonces decía: fulanito empieza a leer desde el segundo párrafo y fulanito, después de aclarar su voz, empezaba a leer en voz alta navegando sobre los bisbiseos que acompañaban su lectura.


Doña Laura se hacía oír con sus gritos sobre el griterío de indiferencia que trajo a su clase y nos mandaba libros para leer en casa que teníamos que comentar en el aula.

- Para la próxima semana leéis el libro de Armando Palacios Valdes: La hermana San sulpicio.

- Marise, te toca a ti hacer un resumen de la novela de esta semana y un pequeño comentario. 

Resumen de la novela

 Ceferino Sanjurjo, hizo su carrera de medicina en Santiago de Compostela y al terminar sus estudios se fue a Madrid a darse la vidorra con la pasta de su padre, que era el farmacéutico de Viana do Bolo; de tal suerte y tantas fiestas que terminó enfermando del estomago y para curarse, nada mejor que irse a tomar unas aguas al balneario de Marmolejo, en Sierra Morena. Alli conoce a una monjita que se llama Gloria y se enamora de ella. Y de Marmolejo sigue a la monjinta hasta Sevilla, donde la trama nos desvela que la monjita no quería ser monjita sino que quería ser sevillana casadera ... y al final de la novela la familia le concede la mano de Gloria a Ceferino, para que puedan casarse antes de que renueve sus votos. 

Comentario de la novela 

El problema de las historias no es que sean rocambolescas sino que sean creíbles.

 En la novela podemos entender o no el tipo de vida de Ceferino Sanjurjo ¿Pero siendo de Orense por que no va a reponer su salud estomacal al balneario de Baños de Molgas, a Caldas del rey o a Mondariz?.  Por que estamos hablando que su padre era farmacéutico de Viana do Bolo y no farmacéutico en Vigo. 

¿ De donde salía el dinero para vivir en Madrid el principal personaje de la novela? porque a mi me pega que los vecinos de Viana do Bolo pagaban más con gallinas y huevos que con billetes colorados.

En cuanto al personaje femenino a mi no me la pegan, porque eso de que una sevillana se casé con un gallego no cuadra, aunque lo disimule el autor, es que Gloria se casa como sea, antes que renovar los votos de monjita. Y eso esta claro porque lo importante en la vida no es ser sevillana sino evitar acabar siendo monja y quedarte para vestir santos. A pesar de que tengas que abandonar Sevilla para irte a vivir a Viana do Bolo.

Doña Laura, tuvo la suerte de salir de la universidad y el mismo año que obtuvo el titulo de magisterio, venir a ocupar la plaza vacante de don Aurelio. Era una joven que los primeros días de clases cayó bien a todo el mundo; pero pasadas unas semanas empezó a pensar que nos reíamos de ella a sus espaldas y relacionó nuestra difícil edad como adolescentes con que nos comportábamos mal en clases para acosarla.

Doña Laura quería que sus alumnas le llamasen Lauriña y por más que lo pidió nuestra venganza fue llamarla Doña Laura.

 

mvf.