sábado, 7 de mayo de 2022

La visita de Garbancito

Garbancito estuvo dando vueltas bajo las sabanas, durante más de media hora, pero al ver que ya no iba conseguir dormir más se levantó, se puso encima de sus zapatillas y sus tripas le dirigieron a la cocina con un largo gruñido.

 Entró en el desorden de la cocina.

Cogió la vieja cafetera italiana llena de hollín que estaba encima de la mesa y vació los posos del día anterior en el fregadero; la cargó de nuevo de agua y café, encendió uno de los cuatro fuegos que tenía el fogón y la depositó sobre la llama. 

Se sentó perezosamente al lado de la ventana, estirando sus piernas bajo la mesa, se abrigó con la bata de casa y mientras esperaba que hirviese el café se puso a mirar para el exterior. La cocina daba a un pequeño jardín desaliñado en el que destacaban las rosas negras de mayo que habían brotado en los rosales. Entonces sintió una pesadez en los ojos que le obligó a cerrar sus parpados y en un instante, mirándole fijamente, apareció sentada frente a él la campanera.

- Garbancito - le dijo - me has de llevar a casa a ver a mi hija - y  cuando empezó a silbar la cafetera echando borbotones, ya había desaparecido. 

Se levantó apurado para que no escapase el café vertiéndose por encima de la cocina. Apagó la llama y retiró la cafetera para servirse el desayuno.

Habían pasado dos días desde la visita de la campanera en la cocina; y hoy después de ir en autobús hasta la parada de la iglesia, Garbancito se acercó andando hasta la casa de la campanera. Tocó el pulsador de la puerta con uno de su dedos gordos y esperó. 

Al abrirse la puerta, la hija de la campanera se encontró a un hombre  alto y corpulento, con pelo ondulado y pelirrojo que tornaba a ocre rosado a los lados de su cabeza por las canas, y de una palidez que le confería un aspecto singular; y que se dirigió a ella con una enorme sonrisa de niño.
-¡Hola! ¿Sabes quién soy?
- Tengo oido a mi madre hablar de ti. Tu eres de la familia de la bruja - le respondió la campanera-
Eres Garbancito.

 -Vaya cosas que tienen en los pueblos, ¿verdad?, aún siguen creyendo en la brujas. ¿Puedo pasar? 

- Estaba recogiendo la casa. Han sido unos días muy complicados con la muerte de mi madre y me quería marchar mañana.

-Tu madre me dijo que viniera a darte un recado. 

Por un instante se quedó pensativa con lo que acababa de oír, pero decidió darle paso para que entrara en la casa y escuchar lo que venía a decirle; dando por hecho que sería alguna encomienda, que en vida, su madre le había encargado que hiciera cuando estuviese muerta o algo así.

- Ya sabrás que mi madre está muerta Garbancito - respondió con sequedad, la hija de la campanera.

Tenía una taza de café encima del recibidor, donde la había dejado cuando abrió la puerta, y al recogerla le ofreció otra a Garbancito, y se sentaron los dos alrededor de una pequeña mesa camilla que había en la sala de la casa. 

- Bueno y entonces que recado tenías que darme- le preguntó

Garbancito se echó hacía atrás, tornando su mirada al techo y le habló con la voz de su madre.

- Hola mi niña - le dijo - Ya sé que estás muy triste y apenada por morir sin habernos despedidos. 

- ¡Mama!- exclamó al oírla

 Ahora antes los ojos de la hija de la campanera Garbancito ya no era Garbancito sino que tenía ante ella a su madre

- Ya sé cuantas lagrimas has vertido por mi estos días. Pero aquí estoy ahora contigo para pedirte que dejes de llorar y que no tengas más pena porque me haya ido. He venido a decirte que estaré a tu lado si me sientes como viva pero no si me lloras como muerta,  Si no lo haces así, el dolor de tus lagrimas nos volverá muy infelices y acabará haciéndome desaparecer en ti.

Durante el poco tiempo que duró la visión, la hija de la campanera fue llevada por su madre a distintos tiempos vividos juntas, para encontrarse de nuevo con su abuela, y otras personas queridas que habían sido olvidadas y que la saludaron de nuevo al verla.

En ese viaje comprendió que su madre estaba ahora en un mundo sin tiempo, donde podía, en una fracción de un instante, sin siquiera limite de espacio revivir cualquier momento ocurrido pasado y futuro. Y estaba viva a su lado.

Cuando Garbancito despertó, la hija de la campanera estaba abrazaba a él, rodeando con sus brazos su corto y rollizo cuello de piel pálida, y  dándole un beso en la mejilla, le dijo:
- Gracias garbancito.

Garbancito, le respondió aún con la voz de la campanera

- Amalia ¿sacaste la tarta del horno?

- ¿La tarta. Que tarta?

En ese momento empezaron a desaparecer las sombras que habían tomado la casa con el luto de los días pasados y a hacerse un placido silencio en el que solo se oía el tic tac de un reloj de pared. 

  Amalia se dirigió a la cocina para mirar en el interior del horno del fogón y descubrió que todos estos días, sin que nadie hubiese reparado en ella, había estado allí la tarta que le había hecho su madre.

Quitó la tarta del horno y como aún se conservaba bien, regresó con ella junto a Garbancito y le ofreció un trozo a probar.

- Si. Está buena - le dijo - Cortame un trozo para el café.

y  se acompañaron el café con la tarta que la campanera había hecho para la hija, cuando murió.

 - ¿Garbancito  si los muertos viven en la memoria de los vivos, los vivos viven en la memoria de los muertos?

 - No sé, Amalia. Cortame otro trozo de tarta, por favor.

 y ...

mvf.


sábado, 9 de abril de 2022

El mundo de los seres conscientes.

Cuando regresaban del campo, se encontraron una burra en el camino. Era un hermoso animal de color marrón cobrizo y hocico blanco, orejas largas y puntiagudas y una mirada inteligente que desmentía la fama de sus congéneres. La dueña era una profesora de matemáticas que al jubilarse vino a vivir al pueblo; porque siempre quiso olvidarse de todo y comprar una casa con terreno donde tener una huerta y criar sus animales, y cuando llevaba algún tiempo viviendo aquí se compró en la feria esta burra, cuando era pollina joven, para madrugar y llevarla al campo con los primeros rayos del sol naciente; y por las tardes ir a buscarla para venir de regreso antes de que asomaran las estrellas en el cielo.

La burra de alguna manera se había soltado y conseguido escaparse del prado donde quedaba atada por las mañanas, con una larga cuerda para que pudiese moverse y comer, y ahora deambulaba por el camino arrastrando la cuerda que llevaba atada alrededor de su cuello.

Al ver la burra suelta, el perro intercambió una mirada con la vaca sorda para entenderse y así que esta comprendió que debía esperar a su compañero en lo que iba a hacer, se apartó del camino y se puso a  devorar pacientemente los tallos jóvenes y apetitosos de las ramas de las zarzamoras que crecían al lado del camino. Entonces el perro asió la cuerda de la burra, mordiéndola con la boca, y empezó a tirar de ella con fuerza. La burra no quería dejarse llevar y le largaba miradas furibundas, amenazándole con darle coces, si trataba de interrumpir el disfrute de su inesperada libertad. Pero el perro no dejó de forcejear hasta que cansada la burra consiguió llevarla de muy mala gana al lugar de donde se había escapado; recibiendo por ello toda clase de insultos
en la lengua estridente de los borricos, gritados para que todo el mundo lo oyese, diciendo que más que de perro pastor en su familia eran todos de raza policía.

Antes de la casa de los labrada aparecía la casa de los vecinos de Barcelona y al pasar por delante de ella de regreso vieron como Andrés y su perro bribón jugaban a lanzar la pelota uno y recogerla el otro.

La vaca sorda pasó de largo continuando de regreso para su cobertizo en la casa de los labrada, pues ya iban para la seis de la tarde y llevaba en el interior de su estomago comida para rumiar un rato en su establo; pero el perro, que ya tenía terminada su tarea de custodia, decidió acostarse un rato a un lado de la carretera para ver el juego.  Bribón iba tras la pelota dando saltos y regresaba ufano con ella en la boca y la soltaba dejándola a los pies de su amo. Fue lo mismo una vez, dos y tres... ; la pelota volaba por el aire en un arco parabólico y bribón regresaba con ella, la dejaba a los pies de su amo y corría saltando a su alrededor, pidiendo suplicante con sus ladridos que se la volviesen a tirar.
En un instante los dos perros se intercambiaron sus miradas.

La pelota volvió a describir un arco en aire. Bribón dudó un momento pero al oir el ruido secó que hacía la pelota al golpear contra la hierba en su caida, echó a correr en su busqueda, la atrapó con su boca, pero en lugar de dejarla en los pies de su amo se puso a correr a su alrededor sin soltarla. Cuando Andres le quitó la pelota la volvió a lanzar, pero esta vez fue a parar más lejos, y cayó apenas a unos metros de la arboleda que se extendía por la parte de atrás de la casa.
Bribón echó a correr de nuevo a buscar la pelota pero para sorpresa de Andrés, cuando la cogió, en vez de regresar con ella, desapareció internándose dentro de la arboleda, alejándose de los gritos que sorprendido daba su amo llamándole; y no dejó de correr hasta encontrarse con el curso del rio, que pasaba por allí. Obligado por el agua a detenerse, miró para los lados para ver el lugar donde se encontraba y vio que al otro lado de la orilla, sobre el sombrío de loas arboles destacaba la claridad de un pequeño campo verde. Sin dudarlo, saltó sobre tres piedras que sobresalían en el agua, limpia y cristalina, y se encontró en la otra orilla y en el pequeño campillo que había visto; donde la verde hierba crecía allí bajo el desorden y la anarquía del ramaje con que los arboles protegían el lugar del calor de los rayos del sol. Entre los arboles que bebían al pie de la orilla del rio sobresalía un viejo, alto y centenario, chopo, con tenía un tronco tan grueso que harían falta bien dos hombres para abrazarlo. Bribón se acercó a el y junto a sus pies empezó a escarbar en la tierra un hoyo de suficiente tamaño para meter dentro la pelota. Cuando lo hubo terminado la depositó en el interior del hoyo y empujando la tierra con su hocico la hizo desaparecer cubriéndola de tierra.

 

Al llegar de regreso a su casa, su amo esperaba sentado en el banco blanco que había frente a la casa. Se levantó al verle llegar sin la pelota.

- ¿Bribón y la pelota?. ¡Vete buscar la pelota. Corre!

Pero Bribón no fue a buscar la pelota.

-¡Vete buscar la pelota. Corre! - insistió su amo de nuevo sin que este le hiciera caso.

El pastor, al ver esto, se levantó de donde estaba, tumbado al lado de la carretera, y después de cruzarse unas miradas de despedida con Bribón continuó el regreso para su casa. La casa de los labrada.

Ese día de rebelión Bribón acababa de nacer en el mundo de los seres conscientes.




mvf.


miércoles, 9 de febrero de 2022

Separados por apenas metro y medio de distancia.

El perro de los labrada y la vaca sorda caminaban por una senda estrecha marcada en la tierra por el paso continuo de las personas y los seres vivos del campo. Marchaban en dirección al prado de los robles centenarios, que en los días de sol daban buen cobijo con su sombra.

El perro se paró un momento para olisquear la hierba pisada al lado del camino. Buscaba en ella el olor de la manada de jabalíes de la zona, que dejaban de regreso a su cobijo diurno. Después de descubrir, uno a uno, que todos los miembros de la manada de jabalíes, una pareja de jabalíes y sus cuatro lobatos, habían pasado por allí antes del amanecer, volvieron a reanudar su marcha. Y rectos por la senda llegaron al prado donde se levantaban dos corpulentos robles centenarios, con sus gruesos troncos agrietados y sus copas majestuosas de hojas de color verde oscuro, recortadas en el cielo. Tras los robles había un pinar que ascendía por la ladera del monte.

Era una mañana cálida y el verde de la hierba brillaba con la luz del sol.

La vaca sorda continuó su andar hasta pararse frente a uno de los pequeños montículos de verde hierba que sobresalían en el prado; por su parte, su acompañante comenzó su ronda habitual olisqueando los alrededores para descubrir cambios imperceptibles, a la naturaleza humana. 

Todo estaba en su lugar. La cabeza azulada de un lagarto verde que asomaba en el agujero de su escondite; bajo las acederas de la piedras blancas, a donde había corrido a refugiarse tras oír sus pisadas al llegar. El pasadizo bajo las zarzas, de un erizo que dormía en su madriguera; en la parte del muro donde crecían las silvas más abundantemente, porque allí daba el sol desde el amanecer. La telaraña de una rechoncha araña verde y amarilla del campo, que vigilante esperaba cualquier presa que se enredase en su tela para atraparla. En la parte mas sombría del cierre, donde el olor mohoso de la tierra húmeda era más intenso, crecían los diminutos y elegantes helechos de la botica y las primaveras en flor alrededor de la charca de un pequeño manantial en el que iban a beber los pajaros.

Era su costumbre cerciorarse de todas las cosas importantes y pequeñas del lugar, antes de ir a tumbarse en el hoyo hecho restregándose con su cuerpo en el suelo, bajo la sombra naciente de los robles; allí permanecía acostado, el resto de la mañana, con sus ojos peludos semiabiertos, vigilando el ir y venir de las abejas en dirección a las flores de las retamas del monte y el deambular de la vaca en su pastoreo por el prado.

Ya el sol estaba en la mitad del cielo y como tenía por costumbre  cuando empezaba a apretar más el calor, la vaca sorda se dirigió a la sombra bajo los robles. 

Se miraron entre ellos cuando sus ojos se encontraron. Bastaba con sus miradas, sin necesitar palabras, para entenderse el uno con el otro pues entre ellos se había establecido una fuerte relación de amistad hecha durante cuatro años que llevaban juntos, desde que el perro pastor llegará a casa de los labradas, con apenas siete meses de edad. Y la vaca se recostó en otro hoyo cercano; este era más grande, conforme al tamaño de su cuerpo.

Estuvieron bajo la sombra una hora lenta; la vaca rumiando la hierba pastada, que volvia a su boca para ser masticada con parsimonia por sus potentes muelas, y el perro pastor, más confiado ahora que estaba su amiga a su lado, se adormecía; solo daba señales de vida con el tic de alguna de sus orejas, acaso por que en algún sueño parecía interrumpirle la placidez de la mañana o tan solo por oir crotear una cigueña lejana o la voz que daba algún vencejo en la altura.

mvf






viernes, 24 de diciembre de 2021

El santo tonto

La puerta del autobús azul se abrió después de detenerse.

En la parada esperaba un hombre de estatura mediana y complexión fuerte; su cara mostraba una barba escasa con pelos blancos de pocos días.

- ¡Alto!- dijo el conductor señalando con su dedo indice, a su lado, un letrero con enormes letras, cuando el hombre trató de subir:



                          En el autobús es obligatorio
                                        SIEMPRE
                              llevar mascarilla puesta
 

- ¡No puede subir sin mascarilla!

El hombre se paró sorprendido y reaccionó quejándose de su olvido.

-¡Siempre me pasa lo mismo, al salir de casa olvido la mascarillas! ¿Por favor podrías esperar un segundo, que entre en casa y coja una mascarilla? Vivo aquí mismo y no puedo esperar para coger el siguiente autobús.

El conductor conocía al hombre que vivía en la casa de planta de baja que estaba justo a la altura de la parada del autobús,
y sabía que iba al hospital.
- ¡Vaya. Apúrese y regrese con la mascarilla; que voy unos minutos adelantado! - le respondió el conductor – Si tarda no le espero.

En el interior del autobús no se oyó ninguna protesta. Nadie tenía prisa pues la prisa cada cual se la reservaba para cuando bajase en su parada.

En los primeros asientos del autobús iba sentada una señora de pelo cano, trenzado; vestía un traje negro y llevaba sobre sus piernas un bolso de piel del mismo color. Desde la parada del supermercado, donde había subido al autobús, sin saberse como había comenzado venía narrando las cuitas desafortunadas que en los últimos años de su vida, le habían comenzado a ocurrir. Era un monótono monologo entremezclado con el run run del autobús, durante el trayecto, al que nadie prestaba atención; ni siquiera la joven acompañante, sentada a su lado, abstraída con la mirada perdida a través de la ventanilla.

Ahora era diferente, era el momento de la charla entre los pasajeros del autobús.para hacer más amena la espera.

Comenzó primero una de las pasajeras, a quien el conductor se dirigió a ella, en algún momento, por el nombre de la cubana,

y con su acento, dijo:

- Señora, eso es mal de ojo. Allá en mi país nos ponemos un trapo rojo, para espantar la mala suerte. Pruebe a ponerse algo rojo cuando se vista y después, cuando nos volvamos a ver, ya me dice como le fue.

- Yo llevo una cruz de semillas de trigo cosida en un trapo, en la cartera - añadió su acompañante, un hombre delgado y moreno, demostrando con su acento, que también era de Cuba.


- Pues yo siempre llevo conmigo un diente de ajo - saltó una de las viajeras, de los asientos del medio - y abriendo su bolso, sacó para que se viese, un ajo que llevaba en su interior -

-¿Si quiere le doy mi ajo?

- Gracias - dijo la mujer de los primeros asientos, que extendió la mano para coger el ajo que le ofrecían, después de pasar por varias manos en el pasillo, hasta llegar a ella.

- Tengo una amiga que le ocurrían infortunios como a usted y así que le regalé un diente de ajo le cambió la suerte. Yo siempre llevo un diente de ajo dentro de mi bolso. Los ajos, claro, se secan, y cuando se le secó el ajo que le diera, como no coincidía vernos que estamos hartas de vernos todos los días, y estaba muy contenta de llevar un ajo con ella, mi amiga vino a casa para que le diese otro ajo. Yo tengo huerta y para mi no es ningún problema. Todos los años planto ajos en la huerta.

- Cuando era pequeña buscábamos tréboles de cuatro hojas en el colegio y a mi no había quien me ganase a quien encontrase más - Soltó alguien de los asientos, del lado de las ventanilla.

- Yo compré un amuleto de azabache en una de las tiendas que hay al lado de las escalinatas de la plaza de Obradoiro, una vez que fui a Santiago - dijo una señora de los asientos de la mitad del autobús, y sacando del pecho una pequeña pieza negra que llevaba colgada con una cadena alrededor del cuello, mostró su amuleto  para que se viese
en el pasillo del autobus.

Es una mano cerrada en forma de puño, y que saca la puntas de su dedo pulgar, entre los dedos índice y medio.

- ¡Ah, que lindo! ¿y como se llama?- se oyó preguntar con curiosidad a la cubana.

- En gallego se llama figa.

Una joven que escuchaba sin levantar la vista de la pantalla de su teléfono, intervino después

- Hay un amuleto con forma de ojo – y mostró la pantalla de su móvil, para que se viese - No sabía que era un amuleto pero lo he visto muchas veces en las revista de moda..

Garbancito oía en silencio lo que se decía, sentado en la parte de atrás del autobús. Cuando subió se había sentado en el final del autobús porque las últimas paradas del trayecto eran el cementerio y la iglesia y el iba a la casa de la campanera para dar el recado de su difunta madre.

- Os voy a contar la historia que contaba mi bisabuela. Mi bisabuela decía que las desgracias que le pasa a la gente buena es porque se ríe de ellos un santo tonto.

Los viajeros se quedaron calculando la edad que tendría Garbancito para estimar la de su bisabuela. No sé.

-¡Un santo tonto! - exclamó alguien con estupor.

- ¡Un santo tonto! - volvió a repetir - es por culpa del santo tonto que a uno le pasan muchas desgracias, una detrás de otra - volvió a decir.

Los viajeros asomaron sus cabezas en el pasillo con la vista puesta en la parte trasera del autobús para escuchar a Garbancito, quien arrancó a contar su historia ante las mascarillas azuladas pendientes de él.

- Al lado derecho de Dios a veces se sienta un santo tonto que se desternilla de risa como un niño cuando a alguien le pasa una desgracia, y Dios como le hace gracia verlo tan tonto y tan feliz le deja que siga haciendo sus travesuras. Solo San Pedro, cuando se entera que el santo tonto está molestando a Dios con sus tonterías, va por allí y de una patada le echa del sitio y de esa manera deja tranquila a la persona que está padeciendo sus travesuras.

Garbancito después de hacer un alto en su conversación para respirar continuó diciendo - así que cuando a una persona no hace más que ocurrirle desgracias de manera inexplicable, no debe pensar en mal de ojo alguno sino pedir a San Pedro que vaya poner orden en el cielo para que cesen.

-¡Yo tengo una mascarilla! - dijo alguien.

Al oír esto, el conductor salió del autobús en busca del hombre que esperábamos y regresó con él cogido de un brazo, sin darle más tiempo a buscar su mascarilla.

- ¡Hay una señora que le da una mascarilla!

- Es que cuando buscas una cosa, nunca la encuentras.

- ¡Ya. Pero si hacemos siempre lo mismo... !

El hombre se puso la mascarilla que le ofrecían.

- ¡Esto no pasa en los autobuses de Orense! - grito alguien.

-¡Ni en los autobuses de Lugo! - le respondió otro.

Y el autobús arrancó.



mvf.




Feliz Navidad, o lo que sea.

un abrazo

martes, 23 de noviembre de 2021

la lampara solar

Ya casi iba para un mes desde que mi prima y su pareja, hartos de la vida en Cataluña, se vinieran a Galicia.

Empezamos a vernos, al menos una vez por semana, cuando ella y su compañero salían a hacer compras, y quedábamos por teléfono para tomar un café en el bar de la Sagrado. 

La última vez me pidieron que fuera con ellos para enseñarme la casa. Acepté la invitación encantada, pues tenía curiosidad de ver como iban los arreglos, de los que no paraban de hablar en nuestros encuentros, pero no para ese mismo día, sino para ir el viernes a verlos a su casa y tomar juntos unos cafés, por que la tarde de los viernes, si no tienes nada que hacer, se hacen eternas.

Eran sobre las cinco de la tarde cuando aparecí con un kilo de pasteles.

La casa gris y vetusta que se encontraba uno al llegar, con su fachada pintada y limpiada la vegetación que la rodeaba alrededor, se había convertido ahora en una casa de paredes blancas y ventanas de cristales por los que entraban la luz del día.

- ¡Oh! - exclamé sorprendida, cuando mi prima abrió la puerta y vi el interior de la casa iluminado por la luz de la tarde. Y entré con mi caja de pasteles.

El suelo de color gris cenizo, de la suciedad acumulada de muchos años de abandono, de cuando vinimos por primera vez; una vez cepillado y barnizado había recuperado nuevamente el color cálido y natural de la madera. También los viejos muebles de madera mostraban su belleza natural, los habían lijado y barnizados a mano con goma laca, y destacaban sobre las paredes recién pintadas de blanco, en las que habían desaparecido, las grietas y desconches que tenían.

- ¡Que preciosidad. Que lindo os está quedando!

 

En el exterior de la casa, frente a la cancilla de hierro, donde comienza el camino para llegar a la vivienda, colocaron un buzón para el cartero, hecho de madera de palés.

¡Y PARA QUE QUIEREN UN BUZÓN!

Se dijo para si el barbero, que vivía solo y no recibía noticias de nadie, cuando pasaba por delante de la casa, caminando para ir a su trabajo, y vio por primera vez el buzón.

¡Y PARA QUE QUIEREN UN BUZÓN!

dijo ante su auditorio de las mañanas, cuando esperando turno en la barbería había publico suficiente.

El día del nuevo buzón, el buzón recibió la visita de pájaros, perros, gatos y hasta un erizo por la noche, y como vaticinó el barbero, no apareció ningún cartero.

Pero el cartero no tardó en aparecer y un buen día aparecieron dentro del buzón folletos de propaganda y un catalogo de alguna tienda de ferretería

Al cabo de unos días llegó un repartidor desconocido, que nadie viera por el pueblo.

Ellos no estaban en casa.

Traía una caja de mediano tamaño y como no estaban el repartidor-contra reloj se acercó a la casa de los labrada.

- ¿No sé si esto estará bien. Seguro que les parecerá bien que les recoja yo su paquete?

El repartidor no estaba para perder el tiempo. Colocó el paquete en los brazos del abuelo de los de la labrada y cuando este dio sus señas desapareció del lugar, volando con su furgón.

El vecino fue a la casa al verlos llegar por la tarde.

- ¡Buenas, el cartero o quien fuese dejó este paquete en mi casa!

- Muchas gracias, es que nosotros fuimos a hacer la compra - dijo Andrés a su vecino - Es una lampara solar que estaba esperando.

- ¿Y para que hace falta una lampara si hace sol ? - preguntó el abuelo de los labrada.

- Es lo más ecológico, se carga durante el día con la luz del sol y alumbra por la noche - le explicó mientras abría el paquete para enseñarle la lampara.

El vecino miró curioso para el panel de células fotoeléctricas y la lampara de led que apareció al abrirse la caja, pero la curiosidad terminó al oír un grito, llamando por él.

- Mujeres - dijo y regresó a su casa.

Al día siguiente Andrés instaló la lampara con su panel solar, en la parte de atrás de la casa y como prometía en su propaganda alumbró toda la noche con luz potente, produciendo la protesta de todos los pájaros que anidaban y dormían en las ramas de los árboles de los alrededores.


mvf.

domingo, 26 de septiembre de 2021

garbancito

-¡ Hola Garbancito !- dijo la chica de la tienda al verlo entrar; pero Garbancito, sin pararse, ya iba para el interior del supermercado con un cesto en la mano.
-¡Hola, Elvira! -  se oyó que le respondía, cuando empezó a buscar  entre las estanterías del supermercado. 

Una botella de vino tinto para la noche. Todas las noches, a la cena, tomaba un vasito de vino o dos, antes de irse a la cama.

Arroz. Un kilo de arroz redondo. Para mañana pensaba hacer arroz blanco con una latita de mejillones por encima, cuando estuviese en su punto.

Pan. Una hogaza grande de medio kilo. 

Tanteo las tres bollas de pan que quedaban en un mueble de estanterías, al lado de las harinas. Quería que no estuviese muy blando, porque era señal de que estaba poco hecho, a él le gustaba el pan firme y uno esos barras blandas que pasado un día no había quien las mordiese. Después de varios tanteos, se decidió por una bolla, la que menos estaba quemada por debajo porque se hacía en horno de leña, y la metió en su cesto. Ahora, para completar la lista de la compra, le faltaba que meter dentro del pan.

 - ¡Niña. Me atiendes cuando puedas¡

Elvira era hija de la dueña, y aunque pasaba de los treinta y cinco años, hacía las veces de chica en la charcutería, carnicería, pescadería, panadería, frutería... en el supermercado del pueblo.

- ¡Si, ahora voy! - respondió, cuando hacía de cajera, atendiendo a una clienta.

Terminó de meter
la compra en la bolsa del cliente que estaba en la caja, y después de cobrar y despedirse, se dirigió hacía el mostrador acristalado, frente al que le esparaba Garbancito mirando para los fiambres y el queso, del interior de la vitrina.

Elvira se coloco detrás del mostrador acristalado y preguntó 

- ¿Que te pongo?

- Quería que me pusieras salchichón y chorizo de Salamanca

- ¿Salchichón ibérico?

-No, del salchichón que hacéis vosotros y trescientos gramos de chorizo.
Elvira, cortó primero el chorizo, pesó los trescientos gramos, y después de envolverlo cuidadosamente, se dirigió al almacén, en el interior de la tienda, y no tardó en aparecer con varias piezas de salchichón. 

Después de tantearlos, le mostró el salchichón, que a ella le parecía mejor.

- ¿Este?

- Si - dijo Garbancito, asintiendo con la cabeza.

Después de pesar la pieza de salchichon, preguntó de nuevo:

- ¿Algo más?

-¡ No. Cobrame?

Elvira salió del lugar de la charcutería y ambos se dirigieron a la caja por la que había que pasar previamente a la salida .

Ahora la chica de la charcutería volvía a ser nuevamente la cajera. Sonó la maquina registradora y se despidieron

- ¡Adiós, Elvira!

Fuera de la tienda, cuando se disponía a  cruzar al otro lado de la calle,
un escalofrió recorrió el cuerpo de Garbancito. Quedó parado un instante y entonces recordó el sueño de la noche anterior, y que tenía que ir a casa de la campanera para dar un recado.

 mvf.

jueves, 9 de septiembre de 2021

anduriña y enjuto 3

Lucía quiso ir al bar de la comisión de la fiesta a comprar un refresco y como sus hermanas no querían ir, no paró hasta que le dieron dinero para que fuera ella sola.

El bar de la comisión estaba atiborrado de gente y como pudo se hizo hueco en la barra apoyándose en el mostrador para ser vista por alguna de las personas que en el interior de la barra, moviéndose de un lado al otro, atendían a los clientes. Y mientras esperaba su turno, un joven se colocó a su lado.

-¡Oye! - le dijo -¿aquellas de allí son tus amigas?

 - Si. Son mis hermanas y mi prima.

 - ¿Podrías darle un recado a la que lleva la chaqueta con bordado?

Lucia entendió que se refería a Anduriña .

 -Si. ¿Que quieres que le diga?

 - Le puedes decir que a mi amigo le gusta tu amiga.

 - Vale. Descuida - le respondió - Cuando regrese, se lo diré .

Y el joven desapareció.

No tardó en regresar de vuelta junto a sus hermanas, sorbiendo el interior de un refresco de limón con una pajita, y como quedó con el joven, le dio el recado a Anduriña.

Anduriña, después de que oyó a Lucia, miró para donde estaban los chicos que decía su prima, para ver discretamente quien le mandaba el recado y vio que allí estaba Enjuto. 

-No se lo podía creer - dijo para sí. 

Y sin más se fue junto a ellos. 

-¡Hola Anselmo!- dijo Anduriña. 

Enjuto estaba de espalda hablando con uno de sus amigos, cuando se le acercó Anduriña, y cuando oyó que decían su nombre tras él se dió la vuelta, y al encontrarse con ella se quedó con la boca abierta y sin escapatoria.

 - ¿Anselmo no me sacas a bailar?.

pues Anduriña, al decir eso ya le había cogido de la mano y tiraba de él conduciéndole frente al palco de la orquesta, donde bailaba la gente.

 Al empezar a bailar juntos y sentir el contacto de sus cuerpos, el estar hechos el uno para el otro hizo todo lo demás.

Anduriña y Anselmo bailaron varias piezas juntos, hasta que cansados decidieron tomar un descanso y volver cada uno con los suyos.

- Descansaremos un poco y me vendrás a buscar junto a mis primas. ¿Vale?.

-Si, Anduriña.

Regresaron cada uno, Anduriña con sus primas y Enjuto con sus amigos.

Lucía vio que el chico con el había hablado en el bar de la fiesta le hacía señales, para que lo viese, y entonces se fue hasta junto a él para ver que le quería.

-¿Le distes el recado a tu prima?

- Si.

- Pero no le hace ningún caso a mi amigo.

-¿Como que no?. Si acaban de estar bailando.

-No. Enjuto no es quien yo te decía. Mi amigo, es aquel -  le respondió, señalando con el dedo a un joven que miraba para ellos - Mi amigo es farmacéutico y está coladísimo por tu prima. Díselo.

- Ah. Pues ahora se lo digo.

Lucía volvió junto a su prima para explicarle lo que había pasado y aclararle quien era el joven que le mandaba el recado

Anduriña miró con disimulo donde estaba su pretendiente y vio un  joven de buen parecido y bien arreglado, que miraba para ellas con nerviosismo, pendiente de lo que hablaban. 

 - Ah. Vaya. Farmacéutico - dijo Anduriña, sonriendo por el enredo ocurrido -  Pero yo al que quiero es a Anselmo y ahora tengo apalabrado otros bailes con él.

 A veces aparecía en la feria una mujer anciana. Nadie sabía quien era, ni la edad que tenía. Vendía pulpo que traía en unos canastos de madera. Pesaba la mercancía con una balanza, romana, como se había hecho desde hace miles de años. La romana tenía un garfio y una argolla que servían para asirla y mantenerla en el aire mientras se balanceaba, colgando de un lado el pulpo  y del otro lado un mástil por el que se deslizaba una pesa, que marcaba el peso al equilibrarse la balanza. 

Una de las veces la anciana del mar colocó su puesto cerca de Anduriña y cuando terminó la fería y recogían  habló con Anduriña y le regaló una piedra blanca con destellos nacarados, del océano.

-Anduriña, tendrás tres hijos y uno de ellos será para mi. 


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