jueves, 26 de noviembre de 2015

Una historia de costumbre





Como todos los días la madre de las zarzas despertó a primera hora de la mañana y se levantó de la cama; después le dio un empujón a su marido, zarandeándolo:

-¡Vas quedar ahí todo el día, o te vas a levantar!

 Y como de costumbre no obtuvo ninguna respuesta de él.

La zarza se puso la bata que colgaba en una vieja silla de madera de castaño y mientras la ataba con el cinturón de tela alrededor de su cintura, le dijo a su marido:

 - Has cogido frio esta noche, tápate, después te traeré algo caliente.

Al terminar de ponerse el sempiterno mandil de lunares gigantes encima de la bata, salió de la habitación y bajó a la planta de abajo, de la casa, donde estaba la cocina.

Encendió la radio para oír una señorita que decía buenos días y que empezó a dar las noticias de la mañana. Puso a calentar el café; una pota grande, aún mediada de café hecho el día anterior. Como la señorita de la radio no paraba de hablar, bajó el volumen del aparato y le devolvió el saludo.

Al terminar de desayunar la zarza metió las cosas del desayuno en el fregadero, levantó el volumen del aparato de radio, para que la señorita pudiera hablar todo cuanto quisiese en su ausencia, y marchó al gallinero, para dar de comer a las gallinas y recoger los huevos que hubieran puesto.



En el gallinero las gallinas más viejas estaban peleadas con una gallina joven, alta, rubia, de ojos azules y casi tonta, porque no sabían lo que había visto el gallo en ella; y porque la zarza, al recoger los huevos el día anterior, de las veteranas había atribuido erróneamente a la gallina joven dos huevos más de los que le correspondían. La zarza habló con todo el gallinero mientras las gallinas daban vueltas alrededor de ella, picoteando el suelo, sin decir ni pio.

Finalmente la conversación de la zarza terminó.

- Hijas mías, os tengo que dejar que he dejado la pota del café encima de la cocina.

 Al salir del gallinero y cerrar la puerta, las gallinas continuaron con su vida cotidiana aclarando con sus picos los resquemores que tenían entre ellas.
Fuera, nuestra señora se encontró a su vecina, la abuela de los labrada, con la vaca sorda de los Labrada, que pacía próxima a la cerca que separaba su propiedad con la de sus vecinos. La zarza, al ver a su vecina, posó en el suelo el pequeño caldero de zinc en el que llevaba  los huevos frescos que terminaba de recoger en el gallinero,tapados con un trapo viejo, y se pusieron a hablar entre las dos.  
La vaca sorda; sorda, sorda no es, por que se entera más de la vida de los vecinos que todo el ayuntamiento trabajando en todo el año, lo que pasa es que se hace la indiferenta.
El animal dejó hablar a las dos mujeres cuanto quisieron, mientras ella pastaba la yerba alrededor de los postes que sujetaban la cerca, sin decir ni mu.
 Y la abuela de los labrada le contó a su vecina, que la vaca sorda estaba bastante molesta por que le ordeñaban un hora antes que de costumbre, porque hacía un par de días habían cambiado la hora, y por eso la había sacado a pacer tan temprano.
 
 La conversación llegó a terminó cuando la buena señora dijo:

- Hija mía te tengo que dejar, que he dejado puesta la pota del café encima de la cocina. 

Y así fue pasando la mañana hasta que cuando vino una de las hijas de la zarza a casa, aprovechando uno de los pocos momentos de silencio de la locutora de la radio, la madre le dijo a la hija:

- Hija mía sube arriba y dile a tu padre que se levante, que a mí no me hace caso.

Claro está que ese día el marido de la zarza había decidido no levantarse nunca más. 



mvf.




lunes, 9 de noviembre de 2015

El asalto.



Llevaban perdidos varias horas después de salir del poblado makiritare. Se habían desviado de su ruta para regresar al rio Yuruari y regresaban a duras penas, atravesando la espesura de la selva, abriéndose camino con machetes. El grupo lo formaban dos italianos y tres indígenas de las tierras del Orinoco, con tres animales de tiro cargados con pieles y una mujer con grilletes, atada por una cuerda a una de las bestias, que habían comprado por varias cajas de alcohol y cuatro armas de fuego, con munición, al jefe de la tribu del poblado makiritare. Su destino era llegar al Callao donde venderían las pieles al mejor postor para ser importadas a Europa, y la mujer a algún prostíbulo de la ciudad.
 El sol entraba por entre la arboleda, destellando entre los resquicios de las verdes hojas de los arboles, pareciendo un cielo de esmeraldas. Hacía un calor sofocante por culpa de la humedad que les indicaba que podrían estar próximos al rio y mientras se iban abriendo paso con los machetes eran acribillados por los mosquitos por invadir su espeso mundo.
De repente los cuchillos pararon de cortar la maleza para abrir camino frente a ellos. Los indígenas se hicieron señal entre ellos de agacharse y detenerse para no hacer ningún ruido. Al verlos los dos europeos, intuyendo el peligro que vislumbraban los indígenas, hicieron lo mismo, mandando callar a la mujer haciéndole señal de que le cortarían el cuello si creaba algún inconveniente.
 Se hizo el silencio mientras sus ojos trataban de ver alguna señal tras la espesura. Después de pasar unos largos minutos uno de los indígenas se levantó al oír los chillidos de unos guacamayos que llegaban desde los lejos para aguzar el oído en busca de cualquier indicio de peligro, entonces sonó un tiro y el indígena cayo al suelo con la cabeza ensangrentada.
 De repente apareció dando gritos un hombre pelirrojo, alto y corpulento salido de la maleza que sin darles tiempo a reaccionar  se tiró encima de ellos cayendo sobre uno de los italianos; en su mano brillaba la hoja de un cuchillo largo, que le atravesó el corazón de un golpe
El hombre al ver venir la muerte le escupió a la cara a su asesino - ¡Figlio di puttana!
Sonó otro tiro que alcanzó de lleno en el pecho al otro italiano que quiso, sin poder,  ayudar a su compañero sobre el que había caído dando gritos el pelirrojo.
Otro de los indios trató de escapar y fue abatido en el intento.
Tras el súbito ataque solo quedaba vivo uno de los indígenas que  al ver que sus compañeros fueron abatidos al tratar de huir, para perderse en la espesura de la selva, había buscado refugio echándose al suelo. Entonces el hombre que se había tirado encima de ellos,y había dado muerte acuchillando a uno de los italianos, sin mediar palabra, ante el estupor del indígena, se acercó a él y  le rebanó el cuello con su cuchillo de mango de boj decorado con cuadradillos rojos.
 Cuando todos habían muerto, dos hombres más salieron de la espesura, donde estaban escondidos entre unos grandes helechos, para ver el resultado de su ataque. Estaban desaliñados y con barba de varios días.
 Uno de ellos se acercó al italiano que había matado.
- Mala suerte- le escupió mientras le daba una patada para comprobar que estaba muerto.
Después se acercaron junto a la mujer, que estaba agachada, sin hacer el más mínimo movimiento como le habían dicho. Tenía la mirada expectante y las manos levantadas con sus grilletes ante sus salvadores hasta que sus ojos comprendieron que nada había cambiado para ella. 
Sus captores eran un grupo capitaneado por el gallego pelirrojo de piel blanca, alto y bruto, que formaban una de las muchas bandas de pistoleros que defendían a los buscadores de oro para que pudieran hacer su trabajo libre de los ataques de los salteadores, a cuenta de recibir una parte de sus beneficios. Cada grupo armado poseía un territorio limitado por sus posibilidades de vigilarlo día y noche, y mantenerlo libre de  los robos casi siempre de los indígenas y de los ataques que a veces se hacían entre las distintas bandas para extender su territorio hasta donde eran capaces de defenderlo. 
 Hacía tres días que habían salido de su campamento en búsqueda de unos indígenas que tenían esclavizados para trabajar la tierras buscando oro y que habían conseguido escapar. Estaban a punto de dar la vuelta cuando descubrieron a los italianos y sus mulas cargadas de pieles, y al verlos se habían apostado para darles muerte y robarle.
Finalmente, mientras el pelirrojo limpiaba la sangre de su cuchillo entre la hierba, los dos bandidos salidos de la espesura comprobaron el cargamento de las mulas; felicitándose, al ver las pieles, de la suerte que habían tenido.


mvf.

sábado, 3 de octubre de 2015

Mis primeras letras


Eran más de las tres y media de la tarde. El sol caía a plomo sobre el empedrado de la plaza, pero nosotros, refugiados bajo la sombra fresca de los soportales, permanecíamos sentados en un banco, sumidos en un aburrimiento denso y perezoso. Las horas parecían arrastrarse con la misma lentitud con que algunas moscas zumbaban alrededor nuestro.

- ¿Que os parece si jugamos un partido de fútbol ?
- ¡No!

Una golondrina laboriosa pasó planeando frente a nosotros, seguramente venía de buscar agua y tierra para construir su nido de barro en algún alero de las casas de piedra que rodean la plaza.

- ¿Jugamos ahora?
- ¡Tampoco!

La apatía se debería al sol plomizo de las primeras horas de la tarde, seguramente.

Los niños del puerto

Los niños del puerto recorrían a pie los dos kilómetros que separaban sus casas de la plaza del pueblo, solo para jugar con nosotros.

—¿Se animan a un partido contra los del puerto? —preguntó alguien.
—¡Sí! —respondimos al unísono

Los del puerto venían capitaneados por un gigante de 1.30 de estatura; y lo acompañaba su lugarteniente, un renacuajo cilíndrico como un tonel que bizqueaba y se le escapaba el aire, ceceando al hablar, por el lugar vacío donde había estado un diente.

 - ¡Si Marise hace de portera que no se ponga los marcos de la portería pegados en los tobillos, que eso es trampa! - dijo el que hacía de capitán.
-¡Ezo!

Y dos pecosos, con muy mala catadura, que eran hermanos; eran muy parecidos pero uno de ellos traía un ojo morado desafiante.


La pelota bajó el brazo de uno de ellos, indicaba que llegaban preparados para tomarse la venganza del partido anterior, que nos dejamos ganar.
 
- ¡Esta vez os vamos a a dar otra paliza!- dijo uno de los hermanos botando la pelota en el suelo.

Empezamos a jugar.

El partido: ¡fatal
Hubiéramos ganado si mis compañeros me hubieran apoyado, en vez de hablar.

- ¡Marise, pasa la pelota que no es tuya!
- ¡Te vas a quedar tu sola!
- ¡No vamos jugar más contigo!

Y con tanta distracción era imposible dar pie con bola y la pelota siempre acababa fuera, o pasaba por encima de la portería 

—¡Basta! ¡Que alguien le quite el balón!
—¡Vamos a perder por tu culpa! —gritó uno.

 Cuando mis compañeros decidieron no pasarme la pelota y jugar ellos solos, tuve que echar a correr para robarles el balón y poder jugar. Y como era yo sola contra mis compañeros, al final los del puerto decidieron ponerse de mi parte.

Nos metimos un par de goles y así ganamos todos. Mejor.

La tarde, en la plaza, tenía dos partes: la primera jugábamos un partido hasta que nos cansábamos; la segunda, falta arriba, golpe abajo, peleábamos a ganar discutiendo quien había ganado.
A veces la discusión por quien había metido más goles terminaba a pedradas y el partido lo ganaba quien menos moratones tenía.



A última hora de la tarde la plaza quedaba para nosotros porque ellos tenían que marchar antes para regresar a la hora a sus casas. Y así todos los dias.


- ¡Marise! Quieres dejar lo que estés haciendo y venir ayudarme a colocar las cortinas.
- Ya voy mama, que estoy probando como escribe el ordenador nuevo y viendo cómo va la ñ.
- ¿Y va?

                  - ¡Ñes!



mvf.


domingo, 20 de septiembre de 2015

El viaje en tren

El padre Avellana se llamaba Genebrando y provenía de una familia humilde de campesinos de Medina del Campo, según se decía. Le habían puesto ese apodo por su tez morena y su cabeza rapada y redonda, que permanecía inclinada sobre un libro de tapas negras mientras se balanceaba suavemente al ritmo del traqueteo del tren.

La estación se encontraba en las afueras del pueblo y, al llegar, descendieron de la camioneta. El conductor se despidió rápidamente y se marchó.

En las paredes del interior de la estación, se observaban grandes murales que representaban a mujeres y campesinos gallegos, fuertes y corpulentos, ajenos a la hambruna y la miseria de la tierra. Resultaba desconcertante entender por qué abandonaban sus hogares. El padre se acercó a la cola de la ventanilla y, cuando llegó su turno, sacó su antigua billetera de cuero que guardaba en un bolsillo de su sotana y solicitó dos billetes: uno de adulto y otro de niño con precio reducido. Después de recibir el cambio y los billetes que salieron por la ventanilla, salieron al andén. El sol aún mostraba su pereza, escondiéndose entre las nubes. Aunque avanzaba el día, la mañana permanecía fría y neblinosa. Se sentaron en uno de los bancos vacíos del andén para esperar.

En una de las vías, un convoy esperaba mientras cargaban agua en su locomotora negra, que de vez en cuando expulsaba vapor con un fuerte silbido bajo su imponente barriga negra, mostrando su impaciencia. En el andén, hombres con maletas de madera, acompañados de sus mujeres o familiares, se despedían, muchos de ellos partiendo hacia destinos lejanos. Algunos viajeros solitarios, impacientes por la llegada de su tren, deambulaban de un lado a otro a lo largo de la estación.

Después de un rato, el tren en el que iban a viajar entró en el andén de la estación y se detuvo con un chirrido agudo de sus enormes ruedas de hierro sobre las vías. Las puertas de los vagones se abrieron, y los viajeros que llegaron a su destino comenzaron a bajar con sus pertenencias, mientras los que partían esperaban para subir.

El Sisa y el padre Avellana recogieron sus cosas y se dirigieron a uno de los vagones del tren. En la entrada del vagón, la gente se agolpaba frente a la puerta despidiéndose de sus familiares antes de partir. Pasaron entre ellos y subieron al tren. Una vez dentro, caminaron por el estrecho pasillo del vagón, apretujados entre las personas que se asomaban por las ventanillas, ya sea para hablar con alguien en el exterior o para observar una estación más en su viaje, hasta que encontraron un compartimento vacío y entraron. El padre colocó la maleta del Sisa en el portaequipajes sobre los asientos de hule del compartimento del vagón, y luego se sentaron.

El Sisa colgaba sus pies mientras estaba sentado en el hule de color azul grisáceo.

¡Pasajeros al tren! - se escuchó desde fuera, seguido de un silbato. Los viajeros que aprovechaban los últimos minutos frente a la puerta del vagón, despidiéndose de sus familiares, se apresuraron a subir. La locomotora comenzó a bufar, soltando largos chorros de vapor por los lados, y los vagones, después de unos tensos segundos, se pusieron en movimiento. De repente, todo cobró vida: la gente en el andén que parecía correr, la librería donde se vendían periódicos, la cantina, la puerta de entrada de la estación, las casas del pueblo... al final, solo quedaron unos raíles de hierro que la locomotora dejaba atrás a medida que avanzaba, saliendo de un mundo para entrar en otro donde la madre del Sisa lo esperaba.

Al volver la vista al interior del vagón, el Sisa notó que sobresalía entre las hojas de uno de sus cuadernos, que llevaba en un atadillo de cuero, una lengüeta de papel azulado. Tiró de ella y en su mano quedó un rectángulo de papel azul: era el boleto premiado en el festival del colegio, que había querido una suerte burlona, que no pudiera encontrar para recoger su premio. ¡Ah...! suspiró con tristeza. Lo levantó en el aire extendiendo su brazo derecho para mostrarlo al mundo. El padre Avellana levantó los ojos del libro para mirar al Sisa. Al ver el número, el 101 con tinta negra en el boleto, entendió lo que era. Se encogió de hombros y volvió a su lectura.

El tiempo, con sus segundos en forma de pinos, discurría por el cristal de la ventanilla del compartimento del tren, mientras al pasar del tren, un mundo silencioso y cambiante mostraba sus semblanzas en forma de paisajes.

El Sisa levantó su boleto aún más alto, como señal de triunfo por haberlo encontrado, aunque tarde, y lo interpuso delante de la lámpara del techo que quedó oculta tras él, como si un planeta rectangular eclipsara el sol. Durante un instante, contempló el eclipse azulado del papel bajo la luz del astro eléctrico del techo del vagón, hasta que su mano giró para bajar lentamente, simulando con el boleto el planeo de una avioneta de hélice que iniciaba su descenso desde el cielo.

Él era el aviador que hacía girar el avión en el aire para perseguir con las balas de sus ametralladoras al avión enemigo.Fiuuuuuu. Ta, ta, ta, ta, ta... Se habría levantado si no fuera por la mirada del padre, que de nuevo alzó la vista con mirada de reproche. Se dio la vuelta hacia la esquina del vagón y continuó con más rapidez. - Tatattatatatata. El avión enemigo, certeramente herido por sus balas, iniciaba su caída en picado en una voltereta de humo; mientras él, conduciendo su rectangulito azul, comenzaba su ascenso para regresar hacia el cielo.

El pueblo estaba oprimido por sus explotadores y el Sisa, que se había percatado en su corazón de niño, giraba en el aire con su avioneta para perseguir con las balas de sus ametralladoras a los enemigos y a los malvados que robaban a las gentes humildes y trabajadoras. - Tatatttta, tatatatatta...

Una vez derrotados los enemigos del pueblo, con una o dos pasadas, el avión sobrevoló los campos liberados y la gente, aprovechando ese inesperado momento en sus vidas en que dejaban de ser esclavos, secaba sus frentes. Luego, con sus pañuelos empapados en sudor, saludaban al cielo a su heroico aviador.

domingo, 6 de septiembre de 2015

El eje.





Por fin se abrió la puerta del dormitorio y asomó el padre "avellana". El Sisa estaba recostado sobre el somier de la cama, a su llegada, y al verlo se incorporó con los ojos somnolientos. El padre había sido encargado el día anterior para que, a primera hora de la mañana al terminar su clase, llevará al menor de regreso junto a su madre; le preguntó si tenía todas sus pertenencias recogidas, y a una señal el Sisa se echó el atadillo de los libros a la espalda, cogió la pequeña maleta y marchó tras él. Caminaban silenciosamente por el pasillo que otras veces había recorrido, yendo o viniendo, saltando entre las baldosas del suelo negras y blancas, o entre las blancas y las negras; a los lados quedaban las puertas de acceso de los distintos dormitorios donde, distribuidos según edades, dormían los alumnos del seminario menor. 
El padre abrió la puerta de cristales translucidos que había al llegar al final del pasillo y fuero a dar a una enorme estancia en la planta alta. A un lado quedaban los ventanales por los que se veían las huertas del colegio; de frente la sala de estudio y la biblioteca; a la izquierda de ellos se abría una escalera ancha de piedra que mostraba sus pasamanos como unos robustos y anchos brazos de granito, por la que bajaban los alumnos, conducidos en fila desde allí, para dirigirse al comedor o a la otra ala del edificio donde estaban las aulas del colegio. Solo los fines de semana, cuando la mayoría de los niños marchaban de permiso a su casa, los que quedaban podían subir o bajar corriendo las enormes escaleras de granito, sin ser vistos.
- ¿Padre, puedo ir por la pelota de futbol que tengo guardada debajo de la cama?.
- Vale, pero te quiero ver aquí enseguida.

Después de bajar de la planta de arriba continuaron por el lado norte del claustro hasta llegar a la portería. En el patio enclaustrado había un pozo de piedra enmohecida del que se sacaba el agua de su interior labrado en roca moviendo con una manivela carcomida por el oxido una rueda de hierro; al pozo se podía acceder a traves de cualquiera de los lados del claustro; y el Sisa, sabiendo que no lo volvería a ver, le dijo adiós con una última mirada cuando se abrió la puerta para entrar en la portería. 

Dentro de la portería estaban Martinuka y su cosas de limpieza, y don Galvino el portero, hablando entre ellos; el padre "avellana" se dirigió a este último y le dijo:

-Cuando aparezca el padre rector díganle que yo ya marché con el niño de regreso a su casa.

El portero, asintiendo sobre lo que le habían dicho, respondió:

- El conductor ya está esperandoles.

El dia del regreso del Sisa hacía una mañana neblinosa que aún no dejaba entrar el sol. El conductor, visiblemente impacientado por el cambio de su rutina diaria para llevarles a la estación, les esperaba con la pequeña camioneta que el centro tenía para sus mil quehaceres. Al verlos aparecer les saludó, tiró al suelo el pitillo de picadura que estaba fumando, y se dispuso a ayudarles a poner sus cosas en la camioneta y a subir al Sisa.

Martinuka asomaba su cabeza al exterior, por la entrada de la portería, cuando el vehiculo marchaba. Al desaparecer la camioneta de su vista regresó para el interior del colegio:

- Bueno ya se marchó el crio que está mejor con su madre que con la madre de Dios - Martinuka hablaba así por que ella era como un hada proletariada para los niños que se encariñaba con ellos.

- Calla Martinuka que te tengo que oir. 

El silencio que vivía entre las piedras del seminario trató de adueñarse del aire de la portería en esos instantes de pausa que se hizo entre ellos.

  - ¿Martinuka, tu viste el eje de abscisas por alguna parte? - preguntó don 
Galvino volviendo a la conversación.

 - No sé; seguramente que algún dia tuve que apartarlo al barrer pero ahora no me doy cuenta donde pudo ser.

-¿Crees que el padre prefecto se enfadará si no aparece ?

- Y por que se va enfadar "el padre perfecto" por que no aparezca; ni que no fueramos humanos.

- Si, que se va enfadar; dijeron unos niños que el padre prefecto quería que llevase el eje de abscisas a la clase de matematicas que tiene a las doce y no va poder dar su clase.

- No tienen por que quejarse; anda todo tirado por ahi: papeles, lapices, gomas de borrar... como sea que no haya barrido con la escoba el eje ese sin darme cuenta. - dijo Martinuka abriendo la puerta para empujar sus pertrechos y volver al interior del seminario.

- Como ibas a barrerlo; se vería bien claro que era el eje de abscisas.
 Galvino volvió a su periodico, y sentado detras de su ventanilla gritó en voz alta para que lo oyese Martinuka antes de que marchara: 

- El padre prefecto es muy despistado; le preguntaré al conductor, cuando regrese de la estación; igual lo mandaron a reparar.

- Jesus, ni que fuera el eje de la tierra- dijo Martinuka desde el otro lado del mundo, y la puerta de la portería que daba al claustro se cerró.



mvf.



jueves, 20 de agosto de 2015

El dia



Se encendió la luz en el dormitorio y los niños se levantaron para vestirse apuradamente, hacer sus camas, correr a los lavabos. A medida que terminaban salían para formar en filas por edades fuera de los dormitorios y desde allí bajaban todos juntos a desayunar. Irrumpieron en la monotonía de las mesas del comedor que perfectamente puestas les esperaban anhelantes del caos que se avecinaba  para abrazarse a él. Volaron las teteras cargadas de leche y chocolate por encima de sus cabezas; después fueron las lenguas del líquido derramado junto a las tazas, las migas del pan recién horneado; las salpicaduras negras dejaban el blanco de los hules que cubrían las mesas, como si fueran los negativos de las fotos, convertidos en cielos estrellados del revés.
Según terminaban, recogían sus tazas y salían del comedor para formar de nuevo en filas. Regresaban a los dormitorios para recoger sus libros, atusaban sus camas y sus armaritos, dando el último toque para dejar todo perfectamente ordenado, y marchaban a sus clases; los más rápidos tenían tiempo suficiente para darle unas patadas a la pelota antes de entrar en sus aulas. Pero el Sisa no bajó. 
El sisa había quedado en compañía de las hileras de camas recien echas y la luz del día que entraba por los ventanales del dormitorio, con los gritos de sus compañeros jugando en el patio. El día anterior el padre prefecto le había dicho que él esperase en el dormitorio después del desayuno, y recogiese su cama y sus pertenencias; luego le irían a buscar para llevarle de regreso a su casa.
Había recogido las sabanas y el colchón dejando el somier de su cama con las vergüenzas al aire, desnudo, en el dormitorio lleno de camas indignadas, pulcramente hechas.
Tenía sus libros sobre el somier: una cartilla de Álvarez, una enciclopedia elemental de Dalmau, algunos cuadernos y una libreta de caligrafía, y había hecho con todo ello un atadillo sujetado por una correa de cuero; en el suelo estaba una pequeña maleta en la que habían entrado con holgazanería la poca ropa y las pertenencias que había podido acumular en el tiempo que estuvo en el colegio menor; y él estaba sentado al lado, en el somier, esperando que lo viniesen a buscar.
Contaba lentamente el tiempo que pasaba cuando la puerta se abrió y Martinuka, la limpiadora, entró apurada con sus pertrechos de trabajo en el dormitorio. El aire comenzó a oler a lejía a medida que se acercaba hacia él empujando la fregona de un lado a otro, de un lado a otro, por el suelo. Cuando estuvo frente a él el Sisa levantó sus pies que pasara la fregona debajo del somier.

- Con que te vas, eh; dale recuerdos a los de tu pueblo de mi parte.

El sisa permaneció en silencio aunque no podía esconder su contento por el regreso junto a su madre.
Martinuka ahora se alejaba, de un lado a otro, de un lado a otro, con el pendulear horizontal de la fregona por el suelo en dirección al final del dormitorio; al llegar allí se dió la vuelta y comenzó su monótono retorno con la fregona de un lado a otro, de un lado a otro. 
Al pasar de nuevo junto al Sisa le volvió a decir:

- No te olvides, dale recuerdos a los del pueblo de mi parte.

De un lado a otro, de un lado a otro, ahora se alejaba con el vaivén de la fregona en dirección a la salida.
 Martinuka empujó sus pertrechos para el pasillo y se cerró la puerta. Y como vino se fue dejando todo oliendo a jabón y lejía.

Por los ventanales acristalados del dormitorio entraba el sol a raudales y el silencio del claustro, con la ausencia de los gritos de sus compañeros después de entrar en sus clases. 


mvf.