jueves, 15 de julio de 2021

Lirios y crisantemos - garbancito 2

 El chino podía ser panadero, zapatero, cartero, o hasta abrir otra barbería en el pueblo, si fuera necesario, pero no podía ser campanero, porque nunca se le tenía visto por la iglesia.

-¿De qué religión sería el chino?

El barbero sacó a Garbancito de su silencio.

- ¿Que tal están los difuntos?

preguntó, sin detener las tijeras y el peine que trabajaban por su alborotado pelo, rizo.
A Garbancito, no le gustaba hablar de los muertos, pero respondió
- Está semana, la gente anda algo apurada limpiando nichos y poniendo flores a sus difuntos,  por
la proximidad del día de todos los santos, pero a los muertos del cementerio no les gusta nada el ajetreo; para ellos estas fechas perturban su tranquilidad y no les deja dormir.
-¿ Les gustaran que les limpien las yerbas que crecen alrededor de sus nichos y que les ponga flores? Digo yo - Espetó la abuela de los labrada desde su esquina. donde esperaba que le arreglasen su pelo corto, pues tenía cerrada la peluquería.


Garbancito sabía bien que los muertos preferían más los líquenes y los musgos, que todos los lirios y crisantemos que ponían de adorno en sus tumbas. Pero calló. y como no le respondió la abuela de los labrada continuó:

- Les gustará que les lleven noticias de la vida que abandonaron.

 
- ¡Aja! - exclamó el barbero,
apoyando lo dicho por la abuela de los labrada - querrán saber si se casó una hija o un hijo o  cualquier otra noticia de sus casas ...
Las tijeras
seguían el movimiento de la conversación.
- Ahora,
en el pueblo, hay muchas casas vacias y ya no queda gente que vaya a ver a sus muertos - habló Garbancito - y muchos de los que se marcharon los incineran a su muerte y ninguno vuelve aquí. 

las tijeras y el peine se detuvieron - Se acabó - dijo el barbero y ...

Una vez en la calle, Garbancito giró para la izquierda y empezó a caminar de regreso a su casa. Al llegar, lo primero que hizo fue hacer una llamada telefónica.
- Marcó el número y esperó que cogiesen al otro lado y cuando oyó que habían descolgado preguntó
- ¿Eres Miguel?
- ¿Si, Quien eres?
- Soy Garbancito.
- ¡Ah ... !- se oyó, sobrecogiéndose
la voz del otro lado del teléfono, al oir su nombre, por que a Garbancito los vecinos le relacionaban con cosas extrañas relacionadas con el más allá.

 - ¿Que tal. Que quieres? - preguntó temiendo alguna mala noticia.


-
Miguel, me mandó decirte tu madre, que mucho lío montaste cuando fuiste por el certificado de defunción para ir al notario, con que lo querías en gallego y no en castellano, y no hay quien entienda el nombre del que lo firmó.


mvf.


miércoles, 30 de junio de 2021

Anduriña - una historia de Muxia.



Muxía huele a sal y a Atlántico. Es día de feria, y desde primera hora hay movimiento en las cafeterías del puerto.

El pueblo se asoma a la ría de Camariñas, un trozo de mar que la punta de la Barca y el cabo Vilan arrebatan al océano. Dentro de esa ría, como una hija en el seno de su madre, se encuentra la ría do Porto, donde desemboca el río Grande, que baja desde el monte Meda, veinte kilómetros tierra adentro. Antiguamente, ese puerto protegía a los pescadores de los ataques ingleses por mar.

Muxía tiene su puerto resguardado de las olas abiertas por la cara interior de la ría. Los días claros, desde sus casas se ve Camariñas, al otro lado. Por la parte de atrás, en cambio, las rocas de su pequeña costa se encaran directamente al Atlántico. Sus calles discurren paralelas entre la ría y el océano, como un trozo alargado de red de pescador estirado en el suelo, desde tierra adentro hasta la punta de la Barca.

Si al llegar al puerto no te detienes y sigues adelante, dejando a la derecha los antiguos secaderos de congrio, llegas al fin de la tierra. Allí está el faro de Muxía y, más allá, la piedra de Abalar, ya partida. Antes, en las horas de pleamar, las olas la impulsaban y martilleaba contra la roca con un sonido grave y fuerte, dando fe de la fuerza del mar. Hoy el lugar está estropeado por la multitud, pero no hay duda: antaño los primeros moradores adoraban allí el océano.

Las calles de Muxía discurren paralelas a las primeras casas que muestran su fachada al mar. La calle de la Feria arranca desde la plaza del Cabo, antes de subir hacia la iglesia de Santa María. A poco de empezar, la cruza oblicuamente otra calle que se separa y asciende en sentido contrario. La de la Feria, en cambio, se aleja del puerto —refugio de navegantes—, atraviesa la tierra de Muxía y llega a una playa de rocas redondas y grano pedregoso, bañada por el Atlántico: la playa del Coio.

El estrecho espacio que dejan los puestos de feria, colocados a ambos lados de la calle, ap
enas permite el paso. Entre empujones y rempujones, se oyen los gritos de feriantes y compradores.

Son las once y medía de la mañana, y la fería está abarrotada de gente.

 - ¡Buenos dias Anduriña! ¿Ah, como tienes el rape?

En el cruce de las calles, un puesto de pescado está cerca de la plaza. Tiene una carpa de lona que mece una suave brisa marina que corre por la calle en ese momento, y un mostrador de madera de pino, cubierto por una tela blanca, donde se muestra encima la pesca reciente,  en grupos de pescado de especies diferentes, y en una esquina una caja de madera está llena de pulpo.

Hay lirios, a la noche un banco de peces cruzó la ría y llenando las redes de los pescadores.

-¡Son del día!

Mas adelante, está el puesto de Anduriña. Allí una señora y la pescadera discuten sobre el precio del pescado.

-¿Pero a como cobras el rape?.

-¿Te pongo este, que está muy bien?

Encima de la boca entreabierta de sapo, escondidos sus ojos vidriosos de pez, parecen estar mirando impacientes la decisión del cliente. Pero el rape, asido por su cola ya vuela por el aire...

Anduriña ya cogió una hoja de papel encerado, del que se utiliza para envolver los alimentos, y el rape acabó encima suya, depositado en una bascula blanca con cabeza de reloj.

- Un kilo ochocientos - gritó para que se le oyese - ¿lo lleva?

La clienta, una mujer de piel morena, que oculta su edad imprecisa en los surcos que el aire marino y el sol labraron sobre su rostro, asiente con una inclinación de la cabeza.

- ¿Quieres algo más?

Uno de los dedos huesudos de la mujer señala a un grupo de peces de lomo rosado y ojos cristalino, encima del mostrador.

- Un kilo de fanecas

Anduriña cogió dos presas de fanecas, a ojo; los echó encima del papel encerado que ya esperaba sobre la bascula, y la aguja roja de la cabeza de reloj marcó su hora en kilogramos, apenas pasandose una pizca del peso del kilo.

- ¡Adios Anduriña!

 - ¡Pulpo de la ria ...!

Anduriña nació en una de las casas de piedra, próximas a la zona de los secaderos de congrio y a los pocos años de empezar a andar quedó huérfana, por un naufragio en Finisterra del que no regresó su padre.

Su madre, vendiendo pescado consiguió que su hija fuera a estudiar  a Santiago. Quería que fuera maestra para que supiera de números y pudiera enseñar a leer y a escribir a sus hijos. Pero la hija solo quería ser como la madre que esperaba de madrugada, el regreso de los pescadores con sus redes cargadas, para comprar en la lonja el pescado recién capturado por la noche. Tras acabar sus estudios y regresar a Muxia, con el ruido de las olas y el olor marino, que al nacer el día entraba por la ventana de su habitación, Anduriña olvidó los números y las letras que aprendió de maestra, en unas semanas, y se puso hacer lo mismo que durante generaciones habían hecho las madre e hijas de su familia.

Un día la madre le dijo :

- Anduriña tienes que buscar un hombre que te quiera, por que pasan los años y después vas andar apurada y te vas a conformar con cualquier cosa.

mvf.


martes, 18 de mayo de 2021

La parada.

Hacía tiempo que la marquesina de la parada se había quedado sin los cristales laterales que protegían del aire o de la lluvía. Solo quedaba el banco de hierro y el tejadillo que cobijaba, del sol o de la lluvía, al viajero que esperaba sentado la salida del autobus. Cerca, una papelera mostraba en su boca la basura acumulada. Por encima de allí, a un paso y un terraplen de tres metros que había que subir, transcurría la carretera nacional. Y un cielo azul, con nubes de Abril, cubría el lugar.

El autobus empezaba a las siete de la mañana, en el otro extremo de la ciudad, despues de salír de la cochera donde dormía con los vehiculos que hacían las otras rutas, y a las siete y veinte estaba en la parada. Esperaba diez minuto y cuando daba la media hora, arrancaba de regreso a la ciudad; para regresar de nuevo a las ocho y veinte; diez minutos más, ocho y medía, y repetía su ruta una y otra vez, durante el día, hasta que a las diez y veinte; diez y medía de la noche, hacía su último viaje para regresar a la cochera. Llegaba a la parada casí siempre vacio, pero alguna vez traía algún viajero despistado que el conductor hacia bajar y cerraba la puerta batiente tras él. Al cabo de diez minutos se abría la puerta de la entrada del autobus, hubiera o no hubiera alguien esperando y después de cerrar, marchaba de nuevo para la ciudad.

En esos diez minutos, a medía mañana, el conductor extraía un pequeño petete escondido bajo su asiento; de donde sacaba un bocadillo y un refresco, y lo disfrutaba justamente durante nueve minutos; en el decimo minuto limpiaba alguna que otra miga que podía caido, escondía su petate debajo del sillon; se abría y cerraba la puerta de entrada, y como en todas las medías horas el autobus arrancaba en dirección a su regreso ...  para salir de nuevo al cabo de diez minutos de espera.

Hoy, tres inmigrantes estaban sentados en el banco de hierro de la marquesina. Frente a ellos, el autobus esperaba indiferente que pasaran sus diez minutos. Se reían mientras disfrutaban, comiendo, unas frutas y un chusco de pan duro obtenido en algún supermercado de la ciudad. Eran un senegales, alto y guapo, de tez negra y voz amable, y dos marroquies, morenos, de pelo rizado, delgados y con nariz aguileña.

El senegales decía a sus compañeros, mientras roía un trozo pan duro con sus dientes de marfil blanco.

- ¿Si todos somos iguales entonces el color de la piel, ni la religion, no nos hacen diferentes, no?

 Pasados los diez minutos el autobus abrió las dos hojas batientes de su puerta de entrada, y como no se movía nadie de donde estaban, el conductor gritó, desde dentro, para que le oyesen 

- ¿Vais ir para la ciudad?

 -¿Francia está muy lejos? - oyó que le respondieron - ¡queremos ir a Francia; vamos a Francia!

- ¡Para ir a Francia hay que coger otro autobus!

El autobus cerró la puerta, molesto por no engulliar sus tres pasajeros al interior. Arrancó y desapareció ...

Acabado el improvisado banquete, los tres echaron a subir por el terraplen de tierra, que les apartaba de la autovia, para ponerse a hacer dedo esperando que alguien les llevase a cualquier parte; siempre que fuese para el norte. Querían ir a Francia. Aunque se pararían, el tiempo que hiciera falta, en cualquier punto del camino, porque les gustaba conocer a sus gentes que podían encontrar donde llegaban.

El sol apretaba, y en la autovía apenas había trafico a esas horas

-¡Vamos a caminar!

Y los tres empezaron a andar.

Llevaban un rato por el lado del arcen, cuando detras de ellos, a lo lejos, apareció un camión sin que apenas lo apercibiesen, que venía en su dirección.

 El camión llegó a su altura y paró al lado de ellos. Se abrió la puerta y del interior de la cabina, asomó, la cabeza y medio cuerpo del camionero, inclinado, agarrado con una mano al volante y la otra a la puerta abierta.

- ¿Donde vais? - preguntó y sin esperar respuesta añadió - ¡Os llevo a Soria si me ayudais a descargar el camion!

Se miraron entre ellos, y uno de los marroquies, el más mayor de los tres, respondió

 - ¡Ok, paisa. Descargamos el camión y unos bocadillos para cenar!

- ¡Vale. Montar atras y hacer sitio entre las cajas, con cuidado de no estropear la fruta!

Se dirigieron a la parte posterior del camión. El senegales, el más fuerte y joven, tiró dentro su petate y rapidamente subío al camión, saltando al interior; después extendió la mano para ayudar a subir, uno a uno, a sus dos compañeros. Cuando terminaron de acomodarse dió unos golpes en el piso del camión, con su pie, para que le oyera el conductor desde el interior de la cabina, y el camión  arrancó.

El destino más alla de la última parada lo cogían los que marchaban, dejando atras la ciudad en la que habían estado.

  - ¡Va ser muy dificil llegar a Soria antes de la noche! - dijo uno

 

mvf.


lunes, 12 de abril de 2021

la barbería. - La teologia de la liberacion.

Dan las doce en la barbería. Las manos temblorosas del barbero mueven el peine y las tijeras, por encima de la cabeza del raposo.  Toman un respiro y deja de oirse su tris tras, cuando el barbero se para y se aparta un paso para atrás, para ver como va quedando el corte de pelo.

Vió y volvió de nuevo a su trabajo. El tris tras, se escucha de nueva cuando deja igualadas las patillas del raposo.
 

En una esquina de la barbería, sentados esperan el Garbancito y la abuela de los labrada.

Garbancito ojea las revistas, apiladas en una pequeña mesa frente a él.

La abuela de los labrada llegó hacia un momento.

-¿Puedo pasar ... ? - preguntó asomando la cabeza por la puerta de la barbería  - ... Si me quisieras arreglar el pelo … que está la peluquería está cerrada ...

- ¡Ehmmm... Si a los presentes no les importa. Si! - respondió el barbero, sin quitar vista de su trabajo.

No hubo que esperar el consenso.

- ¡Buenas! - saludó cuando estaba dentro  - es que aprovecho cuando vengo al pueblo a hacer la compra para arreglarme el pelo, y acaba de dar a luz la peluquera ... , y yo llevó pelo corto; si no les importa...

 Venía cargada con dos bolsas. Las bolsas ocuparon lugar en el suelo, al lado de la silla de Garbancito y su revista, y ella se sentó, junto a la ventana.

- Pero como me cortes un pelo de más ....  - remató. 

 Dan las doce y quince. Las manecillas silenciosas del reloj continúan su silencio movimiento en la esfera del reloj que cuelga en la pared por encima del espejo.

Tris, tras, el corte de pelo del raposo avanzaba.

- El cura no sabe donde se fue a meter con sus ideas y la teología de la liberación- dijo el barbero - porque en Galicia no entran ideas nuevas.

La abuela de los labrada está distraída, repasando mentalmente la compra que llevaba en las bolsas, por si acaso había alguna cosa que no cayese en la cuenta de llevar; pero las últimas palabras del barbero la traen a la conversación:

- Tu amigo, el cura -dijo mirando para los presentes - se le ocurrió decir que había que hacer sitio en la iglesia a un tal San Arnulfo Romero y eso después de contar en la homilía, con su acento latino, el homicidio cometido por los sicarios que lo mataron en San Salvador, por defender a los pobres. Como si la iglesia fuera lugar para una película de pistoleros.


- Yo sé algo más de ese asunto - dijo Garbancito, que apartó la vista de la revista - todo el lio surgió porque la tía la rica llegó a un acuerdo con San Antonio: si el santo le cancelaba todas las oraciones que había acumulado a lo largo de los últimos años, pidiendo favores, ella no iba a dejar entrar en la iglesia a ningún otro santo para que se quedase con las oraciones de sus feligreses. 

El barbero se detuvo  al oirlo.

- ¡Y a ti que más te da si no vas a misa! 

- Yo tengo que hablar bien del cura pues cuando vino quiso que fuera a la misa, como todos los del pueblo - respondió Garbancito.

Garbancito no podía entrar en la iglesia, ni arrodillarse en la misa, porque era de la familia de los de la bruja.  

 - No voy porque no puedo ir - le dije cuando se acercó a mi casa  a preguntarme porque no iba a misa-  y que no podía arrodillarme frente al altar sin recibir ninguna advertencia.

A pesar de mis objeciones, él continuó insistiendo, argumentando que la teología de la liberación abogaba por la inclusión de todos en la iglesia. Sin embargo, durante la homilía, tuvo un accidente: se resbaló del púlpito y cayó de cabeza al suelo, abriéndose la cabeza, y solo entonces dejó de insistir.

El raposo, que hasta ese momento permanecía imperturbable mientras le cortaban el pelo, decidió intervenir para cambiar el rumbo de la conversación.

- ¿Y si la hija de la campanera no quiere ser campanera, quien tocara las campanas? 

La campanera había discutido con el cura, porque este quería poner unos altavoces en el campanario. 

Justo en ese momento el barbero remató el corte de pelo.

- ¡Bueno, terminamos!

Cuando su cliente se erguió del sillón de la peluquería, el barbero aprovechó para pasar un cepillo por detrás del raposo, y quitarle los restos de cabello cortado que podían quedar por encima de los hombros. Y mientras el raposo se fue a recoger su chaqueta, colgada de un perchero antiguo de doce brazos, señal de que en la barbería hubo tiempos mejores, el barbero se colocó detrás de un pequeño mostrador, junto a la puerta, en el que había una pequeña caja registradora para cobrar a sus clientes al salir.

Se despidieron, y el barbero cogió una escoba y un recogedor y para  barrer alrededor del sillón, donde atendía a sus clientes.

- El siguiente.

Garbancito ocupó el sitio vacante.

El barbero cogió su peine y sus tijeras, debajo de la repisa del enorme espejo que estaba frente a ellos y comenzó un nuevo corte de pelo.

-¿Garbancito, tu crees que el chino querrá ser campanero?

 

mvf.

martes, 2 de febrero de 2021

Mes de marzo.

Lloviznó durante toda la mañana pero la tarde se quedó con el cielo azul cálido, de un día de marzo. La gente esperaba el comienzo de la misa. El coche negro y fúnebre, terminaba de llegar. Aparcó frente a la iglesia y unos hombres con traje negro, que habían llegado antes en una furgoneta blanca, con el nombre de la funeraria a sus lados, se aproximaron y abrieron el portón de atrás del coche fúnebre, para sacar el féretro y llevarlo hasta el interior de la iglesia. Pero los vecinos no les dejaron, les hicieron apartarse y sacaron ellos el féretro; después colocándose a cada lado, lo auparon, se lo echaron al hombro y se dirigieron hacia la iglesia, para una vez dentro, depositar el feretro frente al altar, encima de unos caballetes que ya estaban preparados para su llegada.

Sonó la campana mayor, con un tañido grave que hizo vibrar a los presentes con su sonido; después se alejó propagándose por el aire hasta la distancia; al poco, entremezclado con los ecos de su tañido, se descubrió que su lamento iba ser acompañado por los tañidos de las campanas de las iglesias de los pueblos vecinos.
Nuevamente se escuchó la campana mayor, pero esta vez acompañada con el tañido de la campana pequeña de la iglesia. Y así se repitió tres veces, pues el difunto era una mujer. Se hizo una pausa y
este número de golpes fue repetido nueve veces, advirtiendo al cielo que el difunto por el que se oficiaba la misa era la campanera de Bástela.

La campanera estaba preparando una tarta de manzana para el café con leche de la tarde. Era una sorpresa para su hija que venía de Santiago para estar unos días en casa. La tarta la hacía con la vieja receta familiar, que llevaba en el hacer uno o dos trucos, acumulado en el tiempo entre madres e hijas; aunque el ingrediente mas sencillo y más difícil era hacer la tarta con la calma de la vida en los pueblos.

La cocina de la campanera estaba provista de un horno de hierro que funcionaba con el fuego de la leña de roble. El centro de la cocina lo ocupaba una mesa grande rodeada de sillas de mimbre, en la que se sentaban los de la casa y la gente de confianza, que en cualquier día se podían invitar a comer. En la pared blanca de cal, una antigua alacena de castaño, de estilo castellano, dejaba entrever entre sus vitrinas las piezas de cubertería de porcelana blanca; algunas de ellas con dibujo de otras épocas, mostraban su procedencia de distintos juegos de platos. Frente a la alacena, el ventanal grande de la cocina  dejaba ver como se extendía el verde del campo, hasta tornarse azulado en la distancia de las montañas.

La campanera, juntó los ingredientes que cariñosamente había preparado, en una tartera de barro, y cuando estaba en su punto el horno, la metió en el interior de la cocina de hierro. Se acercó al chinero para recoger un reloj de plastico verde amarillo con forma de pera, que esperaba su trabajo. Calculó el tiempo que tardaría en hornease la tarta y le puso el tiempo de espera. Después lo dejó encima de la mesa de pueblo, de madera de castaño. Sacudió el delantal de harina que llevaba puesto, al terminar.

Ya no quedaba nada más que hacer, el tiempo y la temperatura del horno haría el resto del trabajo.

Arrimó a la mesa su silla de mimbre y se sentó frente al reloj; hizo una almohada con sus brazos, encima de la mesa que aún conservaba restos de harina, para reposar su cabeza en ella. Y se durmió dejando que el sueño lo velase el tic tac con forma de pera que la despertaría al pasar el tiempo que que necesitaba estar la tarta en el horno.

En la cocina flotaba el aroma de la canela y la manzana, que había estado cociendo durante la mañana, en una pota de esmalte rojo, para añadirse a la masa de la tarta; y por  el ventanal entraba la luz del día que mantenía apagada la lampara de led que alguien, sin saberse cuando, había sustituido por la bombilla incandescente que siempre colgó del techo.

La siguiente visita que tuvieron eso mañana, los de Barcelona, fue la del perro de los labrada. El pastor se coló por debajo de los viejos alambres que separaba las dos propiedades vecinas y se plantó en medio y medio, entre Bribón y su amo, para olfatearles. Primero olió las piernas de Andres, dió un par de vueltas restregandose contra ellas y después se acercó a Bribon para repetir la operación; cuando terminó se dejó oler por él.

Con este intercambio de olores se hicieron las presentaciones.

Entonces, en señal de aceptación de la visita, Andrés lanzó la pelota, que sujetaba entre las manos, mientras se habían estado oliendo los perro, para que el recién llegado, para que los dos fueran por ella a ver quien la cogía primero,  pero el perro de los labrada hizo caso omiso del lanzamiento. Al ver Bribón, que el otro perro no corría con él tras la pelota, apuntando con su miradas la dirección que había seguido la trayectoria de la pelota, y mostrándose jadeante, trató de incitarlo
en el lenguaje de los gestos de los perros,para que echaran una carrera a ver quien era el primero en regresar con ella. 

- Busca busca ... insistió Andrés, al ver a los dos perros parados, sin echar a correr, señalando la dirección en que había caído la pelota, para que fueran por ella.

Después de esto, el perro de los labrada dio media vuelta y pasó de nuevo bajo el alambre de espino, esta vez en dirección hacia su casa. Dando por terminada la visita.

Bribón miró con extrañeza para su amo y al perro que marchaba, sin saber lo que pasaba.

Se daba por entendido que cada uno ya sabían lo suficiente del otro.

mvf.

domingo, 6 de diciembre de 2020

Garbancito 1

 Garbancito medía dos metros de altura, pesaba ciento veinte kilos y  tenía una voz aguda y cristalina, casi angelical.

Garbancito era de la familia de la bruja y todo el mundo sabía que en sus sueños hablaba con los difuntos, por eso, en las fechas cercanas al día de todos los santos, la gente se llegaba a su casa y le dejaban una nota escrita a mano debajo del felpudo de la puerta.

Garbancito por favor, dile al zapatero viejo que cuando vaya de procesión con la santa campaña y pase cerca del campo de la feria, dentro del roble albar bajo el que se declaró a su mujer, queda un jersey de lana que calcetó su nieta para él, por que este año noviembre arranca con unas noches muy frías. 

Garbancito a ver si puedes hablar con el abuelo de los jacintos, y dile que no encontramos los marcos de los lindes de la finca del coto y si  puede mandar alguna señal a sus hijos.

Garbancito cuéntale al pelotera que su mujer quería morirse para estar con él,  pero que la hemos convencido de que ahora que están separados para que va ir ella a molestar y que se llene de gritos el cementerio.


mvf

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Aislamiento

El barbero llevaba varios dias confinado, en la primera hola del coronavirus, y después de dar mil vueltas como un león enjaulado, gesticulando y hablando con las paredes de su casa, llegó un momento en que sus ganas de hablar fueron superiores a su miedo por el contagio y entonces decidió salir a la calle e ir a buscar con quien hablar.

Salió vestido con chaqueta americana y pantalones de pana, y protegido con una mascarilla azul. Ya en la calle, al pasar el cerrojo de la puerta de la casa, pensó para si: que mejor idea que ir a conocer a los vecinos de al lado.

Al lado era: alejandose del pueblo, pasando donde vivián los labrada, una veintena de metros más; pues el barbero vivía más abajo de los labrada en dirección al pueblo.

No tardó en andar la distancia que hemos dicho y encontró a los vecinos de los que había oido hablar en la barbería. Estaban fuera de su casa, sin llevar ninguno de ellos mascarilla para protegerse. Eran: un joven que jugaba con un perro de pelo blanco que tenía un ojo morado; este corría en dirección hacia donde tiraban la pelota y regresaba junto a su amo rapidamente, con ella en la boca; y una chica que llevaba un delantal azul cielo puesto para no mancharse la ropa con pintura, y daba los últimos toques de blanco de un viejo banco de madera, cerca de la entrada de la casa. 

Se paró al estar a la altura de ellos y gritó desde la carretera para que le oyesen :

- ¡Buenas!

Al ver que el joven, paraba de lanzar la pelota al perro y miraba para él, continuó:

-¡Vivo cerca de aquí !- señalando para su casa, que aún se veía desde donde estaban - ¡si necesitan alguna cosa...!

El joven se fijó en el temblor de la mano de su vecino, mientras señalaba, y amablemente respondió:

 - Gracias. Igualmente. Tampoco dude en venir junto a nosotros, si necesitase nuestra ayuda.

  - Me llamo Constantino. Aunque todo del mundo me llama tijeras - se rió - porque soy el barbero del pueblo, claro.

Mi prima, que estaba de espaldas a ellos, se dió la vuelta y saludó levantando la mano, sin soltar la brocha blanca con la que pintaba:

- Encantada de conocerle, tijeras. Mi nombre es Ana.

- Yo me llamó Andres - continuó el joven; y señalando al perro, sin soltar la pelota que tenía en la mano, mientras este bostezaba, arqueando su cuerpo con las patas delanteras estiradas en el suelo; añadió: 

- Y este se llama bribon. Espero que no moleste con sus ladridos.

 -¡No oigo muy bien! - gritó el barbero -  Además duermo como un lirón. Por mi no tengan cuidado.

 Se hizo una pausa entre ellos.

 -  Pues ahora que ya les conozco, que tengan buen día - y el barbero, ya satisfecho de hablar con algún ser humano, dio media vuelta y regresó para su casa.

 mvf.