lunes, 30 de septiembre de 2013

El invierno y la primavera





El invierno había sido uno de los más fríos y duros de los que la gente mayor decía haber conocido. Hubo fuertes heladas que congelaron los ríos y las charcas llegando a escasear el agua para que el ganado pudiera abrevar. El frio dio paso después a intensas lluvias desde mediados del mes de febrero hasta casi comenzar el mes de mayo; llovió tanto que los rios rebosaron sus cauces y  las aguas terminaron por anegar los campos ahogando cualquier cosa que se hubiera sembrado en la tierra. Cuando parecía que podía mejorar el tiempo, al llegar el mes de mayo, una invernía cargada de nieve y frio sorprendió a todos, quemando las yemas y las flores de los árboles frutales, y el invierno se prolongó casi hasta el final del mes de junio, que fue seguido con un verano lleno de lluvias y tormentas.
Aquel año las tierras de labradío quedaron sin dar sus frutos y el ganado mermo, diezmandose sus posibles crias, de tal manera que acabo en una hambruna tan grande en Galicia, que obligó a muchos campesinos a vivir de la mendicidad y de la caridad de las familias más pudientes. Muchos hijos y padres tuvieron que abandonar sus casas y sus seres queridos para emigrar a otras tierras.
Fue entonces que después de pasar tantas penurias y morir los abuelos, tras mucho rogar,  la madre de Abelarda consiguió que su marido fuera hablar con don Agustín para pedirle que se hiciera cargo de su hija, porque no tenían que llevarse a la boca.
La niña, en la casa de don Agustín, tendría de comer y de vestir mientras que en su casa habría un boca menos que alimentar.
Y así Abelarda creció en la casa grande sirviendo a la ama; una hembra vasca, señora ruda y corpulenta, que había parido tres hijos como robles.
Abelarda, cuidaba las gallinas, ayudaba en la cocina, hacía las camas, servía en la mesa…  y todo parecía que se iba componiendo bien para todos.
Un día llegó una noticia en la casa. Abelarda sirviendo en la mesa se extrañó de lo que hablaban los señores en el comedor, que parecía preocupar a don Agustín.
Pero cuando comían en la cocina, lo que se había traído de vuelta del comedor, la cocinera se lo explicó: un general se había sublevado en el protectorado marroquí y había llegado a España con un ejército de moros.
Comenzó la guerra en España.
Un día la ama llamó a Abelarda a su habitación; y sentada frente a la coqueta de su dormitorio, mirándose al espejo le mandó que la peinara.
Le mesó el pelo a su ama, en su habitación cuando le había llegado noticias de que uno de sus hijos había muerto en la guerra civil luchando en el bando republicano en el frente del Ebro.
Aunque unos días antes un dolor de madre, que sintió en su vientre la ama, le había dicho que uno de sus hijos había muerto y que nunca más le volvería a ver.

Le mesó el pelo en su habitación cuando tuvo noticias de que otro de sus hijos había desaparecido en Extremadura.
Con su rostro compungido la ama volvió a llamar a su criada: - ¡ Abelarda, niña, ven ¡ .
 Ese dolor de madre, le volvió a producir más dolor.
Encima de la coqueta había un sobre abierto y una carta de un amigo de su hijo.
El hijo de la ama  fue sacado por la noche de la casa en que dormía y muerto de un tiro en la nuca junto con unos campesinos que gritaban porque no era de ellos la tierra que habían trabajado sus padres, y antes de ellos los padres de sus padres ...  Su cuerpo yacia en una cuneta olvidada en un pueblo de Extremadura.
Abelarda pasaba el cepillo por el pelo largo, fino y encanecido, mientras su ama , rota de dolor se miraba, sentada frente al espejo de su coqueta.

Ya había acabado la guerra cuando el ama volvió a llamar a Abelarda para que la peinara de nuevo en su habitación.
El último de los hijos del ama estaba prisionero y hacia trabajos forzados en el valle de los caídos, pero había muerto de unas fiebres.
Abelarda volvió a peinar a la ama. Pero la ama había envejecido y enfrente al espejo de su coqueta había otra mujer, que ninguna de las dos reconocía ahora.

Y con el tiempo,  mientras servía a la ama, Abelarda se fue convirtiendo en una mujercita alta y linda.
Abelarda volvió junto a sus padres, porque don Sebastián había reclamado a sus padres, a la hija de los caseros, cuando estos y sus tierras pasaron a sus manos; para que fuera doncella de su mujer,  Elisa.


mvf.

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lunes, 16 de septiembre de 2013

El infierno.





Al mediodía don Galvino llevó a los niños a la cocina. La cocinera, una señora alta y corpulenta de Samos, un pueblo de Lugo, al verlos entrar en sus dominios, mientras giraba un cazo en el interior de una olla que había encima de una enorme cocina de leña, les gritó algo que los niños no llegaron a entender.
Don Galvino, sin prestarle mucha atención a los gritos que les mandó la cocinera, le dijo que traía a los niños, que habían sido sus ayudantes durante toda la mañana, y ahora había que darles de comer.
La cocinera chascó sus dientes en señal de aprobación, y les mandó que se sentaran en un banco; enfrente a un mesado de mármol que rodeaba la vieja cocina de hierro, donde comían los hombres y mujeres que trabajaban en el colegio cuando habían comido todos en el centro.
Aunque la conversación aparentemente había sido inentiligible, se podía haber resumido en un levantar el cazo la cocinera, girarlo dos veces en el aire con ademán de disgusto contra don Galvino, para después apuntar con el cazo al sitio donde debían sentarse los niños que traía antes de tiempo a comer.
 Una vez que salió don Galvino, la cocinera, con similares ademanes del cazo, apuntando aqui y halla, mandó a una ayudante que les pusiera unos platos para que los niños comieran primero y no tuvieran que esperar. La ayudante no tardó en acercarse a ellos y ponerles unas gachas con tocino y unos huevos fritos. Los niños nunca habían comido nada igual, porque la comida estaba recién hecha, y mientras todo el mundo daba vueltas con su trabajo en la cocina, se lamieron y relamieron de felicidad como nunca hasta ahora habían podido hacer.
Cuando los niños terminaron de comer empezó a venir la gente que trabajaba en el centro, sentándose alrededor de la cocina;  entonces a los niños, que permanecían sentados frente a sus platos vacios, los mandaron para fuera, para que pudieran jugar mientras los trabajadores del centro comían.
Ya pasaban de las cuatro de la tarde cuando todo el mundo había rematado de comer y  poco a poco se iban levantando para volver cada cual a realizar sus trabajos. Pero durante ese tiempo el padre rector había hablado con don Galvino y le había dicho que los niños tendrían que continuar su castigo por la tarde. 
Don Galvino apareció con dos calderos con los que el sisa y el abejorro tenían que transportar; desde una enorme montaña de antracita próxima a la entrada del centro por las huertas, donde descargaban los camiones el carbón; todo el carbón que cupiese en la carbonera donde estaba la caldera. Y mientras llegaban hasta ellos los gritos de sus compañeros jugando en los campos del colegio, y el asa del caldero terminaba por llenar de callos la palma de las manos a los niños, así fue pasando la tarde del sisa y el abejorro cargada con la penitencia del padre prefecto.
Al anochecer cuando apareció don Galvino, para encender la caldera, los niños habían terminado su tarea. Desde allí fueron de nuevo directamente a la cocina donde les dieron unos tremendos vasos de leche con galletas que había hecho durante la tarde la cocinera para el desayuno del domingo de los curas.
Al terminar el sisa y el abejorro subieron a sus dormitorios y se ducharon. Por más que se frotaron no pudieron sacar el carbón que se había metido en sus uñas.
Después de ducharse, con su cuerpos rendidos y magullados de penitencia y contrición, marcharon a sus dormitorios para dormir.



A medianoche cuando el vigilante nocturno hacia su ronda, abrió la puerta del dormitorio del sisa, y como todos los días pregunto:
- ¿ Hay alguien despierto?.
Una voz respondió: - ¡ No ! .
Durante un instante la luz de la linterna se mantuvo encima de la cama del sisa. Al cabo de un rato el ojo de la luz se apagó; se cerró la puerta del dormitorio y el vigilante siguió su ruta.
Esa noche el sisa soñó si acaso en el cielo abría una calefacción que estaría alimentada por una enorme caldera que existía en el infierno y que ella misma debería dotar de agua caliente al cielo también. Y así pensaba como sería la caldera del infierno.

En el cielo san pedro y los niños buenos se bañarían con agua caliente y así como tenían que bañarse en la eternidad, la piel de todos se acababa volviendo blanca y sus cabellos rubios; y todos eran iguales en el cielo vestudis con sus telas blancas.

Y que en el infierno pasaba justo lo contrario. El infierno era negro de tanto humo y carbonilla, y mientras sus habitantes se pasaban todos los días atizando las calderas y quemándose con el fuego eterno, sus cuerpos se volvían todos negros, empezando por sus uñas; y sus ojos se acababan volviendo rojos de tanto escozor que producía el hollín en los ojos...


 mvf.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

un acto de contricion






Don Galvino mandó a los niños que se desnudasen y les explicó que tendrían que meterse dentro de la caldera con unos cepillos para limpiar su interior.
Así que se habían desnudado quedando únicamente con sus calzoncillos les mandó ponerse unos trapos que había hecho, para que se taparan sus narices, y después les mandó entrar por la boca de la caldera por donde podían pasar por su pequeño tamaño de niños, al interior de la caldera donde el sisa y el abejorro cabían holgadamente.
Una vez dentro les pasó unos cepillos de púas de acero para que limpiasen el hollín incrustado en los pliegues y entresijos de la calder, por donde circulaban separadamente el agua y el aire caliente, y el fuego de las brasas avivadas en su interior.
Los niños obedecieron y mientras comenzaron a rascar con la púas de acero el hollín incrustado en las paredes, don Galvino desapareció.
Ya eran las doce cuando el sisa asomaba por la caldera imitando un gato negro.
- Miauuuuuuuuuuuuuuuuuuuu – maullaba el sisa;
Justo en el momento en que entraba el padre prefecto, que venía a ver a los niños.
- ¡ UYYYYYYYYYYY !
Exclamó sorprendido el sisa al verlo, mientras el abejorro, que de nada se enteraba desde el interior de la caldera, trataba de pegarle con el palo del cepillo en la espalda.
Quien viera la mirada del padre prefecto cuando descubrió al sisa con la cabeza asomada por la puerta de la caldera, maullando, diría que odiaba la felicidad de los niños; pero el padre no le había gustado lo que vio porque creía en la fortaleza y en la contrición del castigo. Pero estaba en el territorio de don Galvino y don Galvino dependía directamente del rector del centro.
Mientras el abejorro seguía atacando la espalda del sisa y le gritaba, sin enterarse de nada.
- ¡ Cuando venga don Galvino le voy pedir una Catana, que pegándote con el palo de la escoba no te dejo marca.
El padre prefecto se dio la vuelta y salió, sin mediar palabra con los niños .
Ya habían terminado cuando don Galvino regreso tirando de una manguera grande.
Después de ver el trabajo de los niños les mandó que metiesen la ropa en una caja y que la sacaran para fuera poniéndola a buen recaudo, en un lugar alto, porque todo se iba llenar de agua.
Cuando los niños volvieron entrar, don Galvino les tenía preparadas unas escobas grandes que les mandó coger, después agarró la manguera y abrió su boquilla expulsando un fuerte chorro de agua a presión que chocó contra las paredes. Mientras empezaban a clarear las paredes el agua negra comenzó a inundar la carbonera creando un rio que empezó a correr para fuera, ayudado por los dos niños que con las escobas empujaban al agua para que saliera por la puerta, desembocando en el patio exterior donde se creó un improvisado mar negro que desaparecía por el sumidero de las aguas de las lluvias.
Entonces don Galvino disimuladamente les echó a los niños un chorro de agua por encima y mientras se iban mojando, y su piel tornándose blanca de nuevo, todo volvió a ser un juego.
Y el sisa empezó a cantar, y con él el abejorro .



mvf.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Una bombilla de 40 watios

Cuando llegó don Galvino abrió la puerta que daba acceso a la pequeña habitación que tenía para él en la portería. En el interior había una caja de llaves, colgada en la pared, con vitrina de nogal, que permitía ver atreves del cristal los llaveros. Pegada a la esquina, al lado de la puerta y frente a un ventanal por el que veía toda la portería, había una mesa de castaño, con un teléfono por el que se atendían las llamadas de los familiares u otros recados; y arrinconado a un lado de la mesa un micrófono de pie por el que se gritaba, por una megafonía estridente que sonaba en todo el centro, llamando a tal o cual para que se personase fulanito en la portería donde recibiría el recado, encargo, noticia, o visita o lo que correspondiese. La mesa tenía un cajón en el guardaba sus cosas cerradas con llaves. Debajo de la mesa había una banqueta que retiraba para sentarse, lo que muchas veces hacia leyendo el periódico, o novelas de vaqueros de marcial. Don Galvino, mientras aparentaba que leía el periódico extendido encima de la mesa, podía ver a la gente que entraba y salía del colegio por la puerta principal; y vigilaba, en los pocos momentos que los alumnos pudiesen deambular por el centro con alguna libertad, que no escapase ninguno.
Después de abrir la puerta don Galvino se giró sobre si mismo y miró a los dos niños que estaban sentados en el banco, de las visitas donde esperaban mientras se daba recado al alumno que venían a ver, y les preguntó si eran ellos los niños que había mandado venir el padre prefecto. 

- ¡Si don Galvino! - respondieron al unisono el sisa y el abajorro.

- Buenos, pues venir conmigo los dos.

Don Galvino se puso una vieja chaqueta raida que colgaba en la pared de su habitación de la porteria; y después de cerrar su cuarto, salio llevando a los niños por una puerta escondida a la vista de los extraños, debajo de las escaleras principales por las que se subía a la planta alta del edificio; y por ella salieron a uno de los laterales del edificio.
Ya fuera del edificio los niños pudieron ver la parte del colegio inaccesible a los extraños y que escasos internos llegaban a conocer. Mientras iban detrás de don Galvino, los niños descubrieron que el colegio tenía huertas y  prados  con su ganado pastando; y que el edificio tenía establos de distintos animales, cerdos, pollos... había conejos que corrían libremente; a lo lejos se veían pastar unas vacas y mientras andaban una banda de gansos se anotó a ir detrás de ellos graznando con sus cuellos estirados; y todo este mundo que acababan de descubrir estaba separado del exterior por un alto muro de piedra que lo ocultaba de los transeúntes de la calle.
El muro solo dejaba acceder a la calle a traves de un gran portón de hierro por el que entraban los carros y las furgonetas con sus mercancias para el colegio, y llegaba a tener el suficiente tamaño para entrar hasta los camiones que venían de Villablino, desde la comarca leonesa de Laciana, cargados de carbón para la caldera.
Había varias puertas separadas, a lo largo de la pared del edificio, por las que se podía entrar de nuevo desde este lado al interior del colegio; y que daban acceso a los almacenes, a las cocinas, a las cuadras del ganado ... una de ellas, situada en el medio y medio, era extraña y negra, alta y cuadrada, y sus marcos de piedra estaban negros, y desde ellos con el paso del tiempo se había extendido una mancha anegrada de humo y hollín por la fachada de este lado del edificio: parecía así el colegio con sus ventanas, a lo lejos, un monstruo de mil ojos y estas eran sus fauces. Don Galvino y los niños entraron por ella y sus ojos se cegaron repentinamente por la oscuridad que había dentro. Poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la poca luz de una bombilla de cuarenta watios, que llenaba de penumbra la repentina noche.
Allì con sus puertas de hierro abiertas, estaba la caldera del centro. Y don galvino le dijo a los niños:

 
   -    ¡ Bueno; Tiene que quedar esto hoy limpio como la hostia!
 

A mi amigo guillermo pascual

  • mvf

miércoles, 28 de agosto de 2013

Abejorro





Los castigos en el colegio eran llevados en una pequeña libreta de pauta que el padre prefecto guardaba en el bolsillo de su sotana. Allí estaban anotadas con lápiz, las fechas y las horas de las faltas cometidas, y en el tiempo eran reclamadas sus penitencias.
Al sisa le tocó la mañana de un sábado. El día anterior, cuando jugaban en el patio, después de oirse el silbato del padre prefecto oyó su voz que le llamaba :
- ¡ Sisa !
El sisa se puso pálido al oírlo y corrió juntó al cura sin demora. 
El padre prefecto tenía delante del sisa su libreta de pauta de tapas negras en la mano, y un raido lápiz. Miró para la libreta y le dijo:
- Mañana sábado, después de desayunar y limpiar los dormitorios, bajas a la portería y te presentas a don Galvino -. Galvino, el portero, era el hombre para todo del centro.
 - Si padre - le respondió el sisa.
Y el padre prefecto, después de oír la respuesta, sin apenas mirarle continuó su paseo por el patio.
A la mañana siguiente, el sábado, después de terminar la hora del desayuno, el sisa estaba con el abejorro esperando en la portería que llegase don Galvino.
Abejorro era un niño bajito y gordo, tenía su cara llena de pecas, una sonrisa limpia y le caía bien "a casi todo el mundo",  y nadie se atrevía a meterse con él porque nadie quería que le pasase lo mismo que a él.
Abejorro era la victima del profesor de educación física .
- ¡ A ver abejorro salta el potro !.
 El potro era un aparato de gimnasia que consistía en un cuerpo de cuero sobre cuatro patas  que había que saltar. Se echaba una carrera acalorada y poniendo las dos manos encima de él se tomaba impulso para saltar acrobáticamente con las piernas entreabiertas.
Abejorro se echaba a llorar de impotencia cada vez que oía la voz del profesor de gimnasia porque él era incapaz de saltar el potro. Tomaba carrera y su cuerpo se estrellaba derrotado contra el cuerpo duro y seco del potro , o caía humillado sobre sus patas.
y entonces todos los niños se reían de él:
 - ¡ A ver abejorro, salta el potro ¡ .
El profesor de gimnasia había estado en el ejercito. Se decía que había sido sargento en los pelotones que habían estado buscando gente, en nombre de dios, la patria y la familia, para ajusticiarlos por la noche en lugares escondidos. . A lo sumo no sabía más gimnasia que la de desfilar, marcar el paso, parar y cuadrarse, y correr, mucho correr en fila de a uno alrededor del campo de futbol donde acababan a pesar de los malos estudios los que creíamos que iban a ser más fuerte y mejores que los demás.
Mientras abejorro estaba tirado frente al aparato de gimnasia le profería insultos, ante las risas de los demás niños, que pretendía levantarle la moral y alentarlo con sus humillaciones para que se levantase del suelo y volviera a morder el potro.
- ¡ Abejorro, veamos que tal salta hoy el potro...!
Abejorro salió de la formación, mientras estallaban las risas de los niños, y se detuvo frente el profesor de gimnasia.
- Profesor , nos han enseñado que todos los hombres somos hermanos pero Ud. no lo debe saber. Porque Ud. debe ser un hijo de perra profesor.

Aquella tarde, en la clase de gimnasia todos los niños se quedaron mirando estupefactos para abejorro.

Abejorro era gordo, bajo y comunista.


mvf.

miércoles, 21 de agosto de 2013

El boleto



Los martes, a primera hora de la tarde, el sisa y su clase tenían educación física; al terminar recogían sus cosas y subían para el aula.
Ese día, después de subir al aula, los niños estaban sentados en sus bancos con sus libros encima del pupitre y sus libretas aún sin abrir; esperaban a que llegase el profesor de historia y que diera comienzo la clase. Mientras tanto permanecían  acosados por la arbitraria disciplina de un caótico delegado de los alumnos, que había sido nombrado por el padre prefecto, que servía más de acusica que para mantener el orden. 
La puerta del aula estaba abierta y desde ella se veía el pasillo vacío, su suelo de madera y los grandes ventanales de cristal, que les separaban del exterior; en espera de la llegada del profesor; pero la hora del comienzo de clases empezaba a demorarse. Cualquier novedad que rompiese la monótona costumbre del horario de clases era bien recibida, y por eso poco a poco fue aumentando el griterío en el aula. En medio de todo ello el delegado de clases, con la regla en la mano apuntando a sus compañeros, imitaba la tiranía de los profesores mientras profería amenazas de que tal o cual estarían castigados después de que él se lo dijese al padre prefecto.
  Ya las amenazas entre unos y otro, el delegado de clases y sus compañeros, estaban llegando a más; y el delegado de clases estaba siendo amenazado con ser arrojado en la fuente del jardín que había próximo, en los exteriores del colegio; cuando aparecieron de repente, entrando por la puerta, el padre amapola, que era el que impartía la clase de historia, y el padre prefecto.
El silencio se hizo al unisono.
El padre amapola se arrimó a su mesa donde dejó encima de ella, una vieja cartera de cuero, en la que traía sus libros y otras herramientas de trabajo.
El padre prefecto, mientras tanto, mirando para la clase, se colocó enfrente del medio y medio del encerado - el delegado de la clase había desaparecido sentándose en su pupitre, después de haber sido avisado con un golpe de ojo de que se esfumase convirtiéndose en uno más de la clase - levantó la mano como un julio cesar escolástico que conminaba al pueblo alumno a callarse para escuchar su mensaje. Un silencio grave se hizo en la clase, y entonces el padre prefecto empezó a explicar: que el día de santo Tomás de Aquino por la mañana se oiría misa, como todos los festivos, después habría distintas actividades deportivas y competiciones de atletismo; la estrella deportiva sería el partido de fútbol entre los alumnos y los profesores; y por la tarde se pondría una película de cine en el salón de actos, " Marcelino, pan y vino ", todos los niños se echaron a reir de contento al oir el titulo de la pelicula porque el que más y el que menos ya la había visto dos o tres veces. Además a todos se les entregaría un boleto para participar en el sorteo de juguetes.
El padre prefecto explicó que a la clase le sortearían un tren, con las vagones las vias y una estación.
Al terminar la película se haría la entrega de los trofeos deportivos y el sorteo de los juguetes. Cuando marchó el padre prefecto los niños estaban felices: por la entrega del boleto, que cada uno esperanzado tenía en la mano premiado, y porque no tuvieron la primera media hora de la clase.
Al cerrarse la puerta del aula comenzó la clase de historia y como todas las tardes, sin más dilación para recuperar la media hora perdida, el padre amapola miró por la ventana y los niños empezaron a recostar sus cabecitas en sus brazos extendidos encima del pupitre... El sisa miró un rato su boleto, que estaba premiado, el 101; era como una pequeña avioneta azulada, sujeto en su mano.
  • ¡Sisa … ! - se oyó la voz del padre amapola, sin retirar la mirada por la ventana - guarda tu boleto.
Obedeciendo, el sisa echó una última mirada a su boleto, el 101, y lo guardó en el interior de su libro enciclopedia; después continuó la clase. Era la clase de historia y el sisa acompañando las explicaciones del padre amapola, mientras su mirada volaba por la ventana de la clase, empezó a soñar que era maquinista y cayó su cabeza encima de la mesa.
La clase duró lo que un viaje en tren. Sonó la campana del fin de la clase cuando la locomotora del sisa con sus vagones cargados con todos sus compañeros estaba llegando a la estación .
Era la hora de recoger las cosas, el material escolar y las pertenencias que pudiera tener cada uno, y de bajar a merendar. Hoy tocaba bocadillo de mortadela, con aceitunas gordas y verdes. Mientras recogía sus cosas y las guardaba en el interior del cajón de su pupitre, al sisa se le deslizó su boleto del libro donde lo había metido, escapándose por debajo de su pupitre, cayendo al suelo lejos de su vista.
A la noche martinuka cuando movía los pupitres para barrer con su escoba de caña y hoja de palmitera, encontró el boleto número 101 debajo de la mesa del sisa. Lo recogió del suelo, y lo miró un instante. Sonrió. Entonces, con su carta metida en unos de los grandes bolsillos de su mandilón, martinuka abrió el cajón de la mesa del sisa y extrajo una de sus libretas. Estuvo ojeando un rato los dibujos que había en la libreta del niño, y después metió el boleto entre sus hojas y la volvió a guardar dentro del cajón del pupitre para que cuando fuera el momento oportuno el sisa lo volviera a encontrar.


mvf
wigfredo 

martes, 13 de agosto de 2013

Carta a martinuka




Querida martina:


Perdona lo que he tardado desde la última vez que te escribí. No es que me haya olvidado de ti en todo este tiempo.  Como ya sabes apenas tengo tiempo para escribir.

En el pueblo pocas cosas han pasado desde la última carta que te envié. Este año llovió abundantemente hasta finales de mayo por lo que las cosechas se han demorado un poco.

La mujer de don sebastián nos regaló un perro de lanas para las ovejas;  aquí estamos todos muy contentas porque hacia falta para que ayudase con el rebaño.


A paco, el de la fuente, el que quería ser tu novio, se le cayó la virgen en un pie cuando la cambiaba de lugar para poner, en su sitio en la iglesia, al san antonio que compró don sebastián.

A mi me parece que paco no tenía culpa y que si la virgen tendría que estar molesta con alguien, por que la quitasen de su lugar, para poner la imagen del san antonio, sería con la mujer de don sebastián que por lo visto está muy agradecida a ese santo; ya sabemos todos como es paco de interesado, y aunque hubiera pecado de exceso en su trabajo esperando una buena propina de don sebastián, de eso a que la santa le esmague un pie …

El perro se ve que es de gente fina. porque hoy cuando íbamos con el carro de las vacas, a recoger tojo a los acantilados para la cuadra del ganado, el perro se subió al carro y desde allí iba mirando como los otros perros venían corriendo detrás con la lengua fuera.


Murió don agustín, el de la tienda de los ultramarinos. No se si lo recordaras pero cuando fue el levantamiento vinieron unos falangista de la coruña para darle el paseo y fusilarlo a él y a otros vecinos. Lo digo porque al entierro de don Agustín vinieron las autoridades de la coruña y aquí no faltó ni el alcalde, ni siquiera don Sebastián.

 Como tu sabes cuando ganó la guerra franco habían venido unos falangistas de la capital para darle el paseo a él y a otros vecinos. La suerte fue que unos marineros que habían estado antes en la lonja de la coruña, al llegar al puerto de aquí, le trajeron el chivatazo ;  don Agustín tenía muchos amigos en la capital. Así que se enteró don agustín habló con don Anselmo, el que había sido alabardero del rey don Alfónso.

 Ahora que me tengo otro rato para escribirte quiero contarte que lo que te había escrito del perro, pues mira tu lo que son las cosas que sin embargo me ha dicho la niña que el perro igual no funciona bien, porque al bajar con el animalito para las lomas del monte, donde estaban las ovejas, se encontró con un corderillo recien nacido que saltaba tras su madre y el perro echo a correr despavoridamente. La niña dice que estuvo buscando toda la tarde y aún no ha aparecido. Esperamos que no haya vuelto para la casa grande de don sebastián y que vayan a pensar que igual somos muy brutos y no sabemos apreciar el regalo de su esposa.


Don Anselmo, sin más dilación se desplazó a la coruña para hablar con el hijo de un amigo con el que había servido juntos en la guardia del rey don Alfonso:  un destacado falangista que trabajaba en el gobierno civil; y le ofreció un regalo de tierras de don agustín a cambio de su vida.
 Los nacionales, como los republicanos se habían alzado contre el rey, le guardaban respeto a don anselmo por que no sabían a que atenerse con él, y también por la avaricia el falangista aceptó. Una vez aceptado el trato, don Anselmo regresó rapidamente de la coruña y movió rapidamente el regalo de tierras de don Agustín.
 El requeté que estuvo por la comarca buscando gente por las casas tenía orden de no tocar a don Agustín y algunos de los testigos que tambien figuraban entre los buscados.
Mientras que en la notaría siguiendo las instrucciones de don anselmo se demoraban todo lo que podían con las escrituras de las tierras.
 Llegado un momento, se tenía que dar aviso a la capitania general de la coruña de haber cumplido la misión y de que se habían efectuado los paseillos con la relación de  los nombres de las personas que habían sido detenidas o ajusticiadas, o como se diga en esos casos,  para que desde la capitania se informase a madrid.  Y como el tiempo ya comenzaba a apremiar se informó a madrid de que se había completado la limpieza con la relación de nombres de personas represaliadas en la provincia, entre las que claro está no figuraba el nombre de don Agustín y sus amigos.
 Asi fue como don Agustín y algunos vecinos del pueblo se salvaron: porque  tenían que estar vivos mientras no se firmaban las escrituras de regalo de parte de las tierras de don Agustín y que hoy pertenecen a don Sebastián.

Bueno. Por aquí, así, de momento no hay nada más que te pueda escribir. Perdona si algo he escrito mal que ya sabes que nunca tuve tiempo para aprender a escribir como enseñan en la escuela.


La niña abelarda, la hija de uno de los caseros de don sebastian, pobrecita tan jovencita y ella sola en la vida con un niño, se quiere marchar a la emigración que aquí la dan muy mala vida y está preocupada porque no tiene quien le cuide a su hijo.




mvf.