miércoles, 4 de septiembre de 2013

Una bombilla de 40 watios

Cuando llegó don Galvino abrió la puerta que daba acceso a la pequeña habitación que tenía para él en la portería. En el interior había una caja de llaves, colgada en la pared, con vitrina de nogal, que permitía ver atreves del cristal los llaveros. Pegada a la esquina, al lado de la puerta y frente a un ventanal por el que veía toda la portería, había una mesa de castaño, con un teléfono por el que se atendían las llamadas de los familiares u otros recados; y arrinconado a un lado de la mesa un micrófono de pie por el que se gritaba, por una megafonía estridente que sonaba en todo el centro, llamando a tal o cual para que se personase fulanito en la portería donde recibiría el recado, encargo, noticia, o visita o lo que correspondiese. La mesa tenía un cajón en el guardaba sus cosas cerradas con llaves. Debajo de la mesa había una banqueta que retiraba para sentarse, lo que muchas veces hacia leyendo el periódico, o novelas de vaqueros de marcial. Don Galvino, mientras aparentaba que leía el periódico extendido encima de la mesa, podía ver a la gente que entraba y salía del colegio por la puerta principal; y vigilaba, en los pocos momentos que los alumnos pudiesen deambular por el centro con alguna libertad, que no escapase ninguno.
Después de abrir la puerta don Galvino se giró sobre si mismo y miró a los dos niños que estaban sentados en el banco, de las visitas donde esperaban mientras se daba recado al alumno que venían a ver, y les preguntó si eran ellos los niños que había mandado venir el padre prefecto. 

- ¡Si don Galvino! - respondieron al unisono el sisa y el abajorro.

- Buenos, pues venir conmigo los dos.

Don Galvino se puso una vieja chaqueta raida que colgaba en la pared de su habitación de la porteria; y después de cerrar su cuarto, salio llevando a los niños por una puerta escondida a la vista de los extraños, debajo de las escaleras principales por las que se subía a la planta alta del edificio; y por ella salieron a uno de los laterales del edificio.
Ya fuera del edificio los niños pudieron ver la parte del colegio inaccesible a los extraños y que escasos internos llegaban a conocer. Mientras iban detrás de don Galvino, los niños descubrieron que el colegio tenía huertas y  prados  con su ganado pastando; y que el edificio tenía establos de distintos animales, cerdos, pollos... había conejos que corrían libremente; a lo lejos se veían pastar unas vacas y mientras andaban una banda de gansos se anotó a ir detrás de ellos graznando con sus cuellos estirados; y todo este mundo que acababan de descubrir estaba separado del exterior por un alto muro de piedra que lo ocultaba de los transeúntes de la calle.
El muro solo dejaba acceder a la calle a traves de un gran portón de hierro por el que entraban los carros y las furgonetas con sus mercancias para el colegio, y llegaba a tener el suficiente tamaño para entrar hasta los camiones que venían de Villablino, desde la comarca leonesa de Laciana, cargados de carbón para la caldera.
Había varias puertas separadas, a lo largo de la pared del edificio, por las que se podía entrar de nuevo desde este lado al interior del colegio; y que daban acceso a los almacenes, a las cocinas, a las cuadras del ganado ... una de ellas, situada en el medio y medio, era extraña y negra, alta y cuadrada, y sus marcos de piedra estaban negros, y desde ellos con el paso del tiempo se había extendido una mancha anegrada de humo y hollín por la fachada de este lado del edificio: parecía así el colegio con sus ventanas, a lo lejos, un monstruo de mil ojos y estas eran sus fauces. Don Galvino y los niños entraron por ella y sus ojos se cegaron repentinamente por la oscuridad que había dentro. Poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a la poca luz de una bombilla de cuarenta watios, que llenaba de penumbra la repentina noche.
Allì con sus puertas de hierro abiertas, estaba la caldera del centro. Y don galvino le dijo a los niños:

 
   -    ¡ Bueno; Tiene que quedar esto hoy limpio como la hostia!
 

A mi amigo guillermo pascual

  • mvf

miércoles, 28 de agosto de 2013

Abejorro





Los castigos en el colegio eran llevados en una pequeña libreta de pauta que el padre prefecto guardaba en el bolsillo de su sotana. Allí estaban anotadas con lápiz, las fechas y las horas de las faltas cometidas, y en el tiempo eran reclamadas sus penitencias.
Al sisa le tocó la mañana de un sábado. El día anterior, cuando jugaban en el patio, después de oirse el silbato del padre prefecto oyó su voz que le llamaba :
- ¡ Sisa !
El sisa se puso pálido al oírlo y corrió juntó al cura sin demora. 
El padre prefecto tenía delante del sisa su libreta de pauta de tapas negras en la mano, y un raido lápiz. Miró para la libreta y le dijo:
- Mañana sábado, después de desayunar y limpiar los dormitorios, bajas a la portería y te presentas a don Galvino -. Galvino, el portero, era el hombre para todo del centro.
 - Si padre - le respondió el sisa.
Y el padre prefecto, después de oír la respuesta, sin apenas mirarle continuó su paseo por el patio.
A la mañana siguiente, el sábado, después de terminar la hora del desayuno, el sisa estaba con el abejorro esperando en la portería que llegase don Galvino.
Abejorro era un niño bajito y gordo, tenía su cara llena de pecas, una sonrisa limpia y le caía bien "a casi todo el mundo",  y nadie se atrevía a meterse con él porque nadie quería que le pasase lo mismo que a él.
Abejorro era la victima del profesor de educación física .
- ¡ A ver abejorro salta el potro !.
 El potro era un aparato de gimnasia que consistía en un cuerpo de cuero sobre cuatro patas  que había que saltar. Se echaba una carrera acalorada y poniendo las dos manos encima de él se tomaba impulso para saltar acrobáticamente con las piernas entreabiertas.
Abejorro se echaba a llorar de impotencia cada vez que oía la voz del profesor de gimnasia porque él era incapaz de saltar el potro. Tomaba carrera y su cuerpo se estrellaba derrotado contra el cuerpo duro y seco del potro , o caía humillado sobre sus patas.
y entonces todos los niños se reían de él:
 - ¡ A ver abejorro, salta el potro ¡ .
El profesor de gimnasia había estado en el ejercito. Se decía que había sido sargento en los pelotones que habían estado buscando gente, en nombre de dios, la patria y la familia, para ajusticiarlos por la noche en lugares escondidos. . A lo sumo no sabía más gimnasia que la de desfilar, marcar el paso, parar y cuadrarse, y correr, mucho correr en fila de a uno alrededor del campo de futbol donde acababan a pesar de los malos estudios los que creíamos que iban a ser más fuerte y mejores que los demás.
Mientras abejorro estaba tirado frente al aparato de gimnasia le profería insultos, ante las risas de los demás niños, que pretendía levantarle la moral y alentarlo con sus humillaciones para que se levantase del suelo y volviera a morder el potro.
- ¡ Abejorro, veamos que tal salta hoy el potro...!
Abejorro salió de la formación, mientras estallaban las risas de los niños, y se detuvo frente el profesor de gimnasia.
- Profesor , nos han enseñado que todos los hombres somos hermanos pero Ud. no lo debe saber. Porque Ud. debe ser un hijo de perra profesor.

Aquella tarde, en la clase de gimnasia todos los niños se quedaron mirando estupefactos para abejorro.

Abejorro era gordo, bajo y comunista.


mvf.

miércoles, 21 de agosto de 2013

El boleto



Los martes, a primera hora de la tarde, el sisa y su clase tenían educación física; al terminar recogían sus cosas y subían para el aula.
Ese día, después de subir al aula, los niños estaban sentados en sus bancos con sus libros encima del pupitre y sus libretas aún sin abrir; esperaban a que llegase el profesor de historia y que diera comienzo la clase. Mientras tanto permanecían  acosados por la arbitraria disciplina de un caótico delegado de los alumnos, que había sido nombrado por el padre prefecto, que servía más de acusica que para mantener el orden. 
La puerta del aula estaba abierta y desde ella se veía el pasillo vacío, su suelo de madera y los grandes ventanales de cristal, que les separaban del exterior; en espera de la llegada del profesor; pero la hora del comienzo de clases empezaba a demorarse. Cualquier novedad que rompiese la monótona costumbre del horario de clases era bien recibida, y por eso poco a poco fue aumentando el griterío en el aula. En medio de todo ello el delegado de clases, con la regla en la mano apuntando a sus compañeros, imitaba la tiranía de los profesores mientras profería amenazas de que tal o cual estarían castigados después de que él se lo dijese al padre prefecto.
  Ya las amenazas entre unos y otro, el delegado de clases y sus compañeros, estaban llegando a más; y el delegado de clases estaba siendo amenazado con ser arrojado en la fuente del jardín que había próximo, en los exteriores del colegio; cuando aparecieron de repente, entrando por la puerta, el padre amapola, que era el que impartía la clase de historia, y el padre prefecto.
El silencio se hizo al unisono.
El padre amapola se arrimó a su mesa donde dejó encima de ella, una vieja cartera de cuero, en la que traía sus libros y otras herramientas de trabajo.
El padre prefecto, mientras tanto, mirando para la clase, se colocó enfrente del medio y medio del encerado - el delegado de la clase había desaparecido sentándose en su pupitre, después de haber sido avisado con un golpe de ojo de que se esfumase convirtiéndose en uno más de la clase - levantó la mano como un julio cesar escolástico que conminaba al pueblo alumno a callarse para escuchar su mensaje. Un silencio grave se hizo en la clase, y entonces el padre prefecto empezó a explicar: que el día de santo Tomás de Aquino por la mañana se oiría misa, como todos los festivos, después habría distintas actividades deportivas y competiciones de atletismo; la estrella deportiva sería el partido de fútbol entre los alumnos y los profesores; y por la tarde se pondría una película de cine en el salón de actos, " Marcelino, pan y vino ", todos los niños se echaron a reir de contento al oir el titulo de la pelicula porque el que más y el que menos ya la había visto dos o tres veces. Además a todos se les entregaría un boleto para participar en el sorteo de juguetes.
El padre prefecto explicó que a la clase le sortearían un tren, con las vagones las vias y una estación.
Al terminar la película se haría la entrega de los trofeos deportivos y el sorteo de los juguetes. Cuando marchó el padre prefecto los niños estaban felices: por la entrega del boleto, que cada uno esperanzado tenía en la mano premiado, y porque no tuvieron la primera media hora de la clase.
Al cerrarse la puerta del aula comenzó la clase de historia y como todas las tardes, sin más dilación para recuperar la media hora perdida, el padre amapola miró por la ventana y los niños empezaron a recostar sus cabecitas en sus brazos extendidos encima del pupitre... El sisa miró un rato su boleto, que estaba premiado, el 101; era como una pequeña avioneta azulada, sujeto en su mano.
  • ¡Sisa … ! - se oyó la voz del padre amapola, sin retirar la mirada por la ventana - guarda tu boleto.
Obedeciendo, el sisa echó una última mirada a su boleto, el 101, y lo guardó en el interior de su libro enciclopedia; después continuó la clase. Era la clase de historia y el sisa acompañando las explicaciones del padre amapola, mientras su mirada volaba por la ventana de la clase, empezó a soñar que era maquinista y cayó su cabeza encima de la mesa.
La clase duró lo que un viaje en tren. Sonó la campana del fin de la clase cuando la locomotora del sisa con sus vagones cargados con todos sus compañeros estaba llegando a la estación .
Era la hora de recoger las cosas, el material escolar y las pertenencias que pudiera tener cada uno, y de bajar a merendar. Hoy tocaba bocadillo de mortadela, con aceitunas gordas y verdes. Mientras recogía sus cosas y las guardaba en el interior del cajón de su pupitre, al sisa se le deslizó su boleto del libro donde lo había metido, escapándose por debajo de su pupitre, cayendo al suelo lejos de su vista.
A la noche martinuka cuando movía los pupitres para barrer con su escoba de caña y hoja de palmitera, encontró el boleto número 101 debajo de la mesa del sisa. Lo recogió del suelo, y lo miró un instante. Sonrió. Entonces, con su carta metida en unos de los grandes bolsillos de su mandilón, martinuka abrió el cajón de la mesa del sisa y extrajo una de sus libretas. Estuvo ojeando un rato los dibujos que había en la libreta del niño, y después metió el boleto entre sus hojas y la volvió a guardar dentro del cajón del pupitre para que cuando fuera el momento oportuno el sisa lo volviera a encontrar.


mvf
wigfredo 

martes, 13 de agosto de 2013

Carta a martinuka




Querida martina:


Perdona lo que he tardado desde la última vez que te escribí. No es que me haya olvidado de ti en todo este tiempo.  Como ya sabes apenas tengo tiempo para escribir.

En el pueblo pocas cosas han pasado desde la última carta que te envié. Este año llovió abundantemente hasta finales de mayo por lo que las cosechas se han demorado un poco.

La mujer de don sebastián nos regaló un perro de lanas para las ovejas;  aquí estamos todos muy contentas porque hacia falta para que ayudase con el rebaño.


A paco, el de la fuente, el que quería ser tu novio, se le cayó la virgen en un pie cuando la cambiaba de lugar para poner, en su sitio en la iglesia, al san antonio que compró don sebastián.

A mi me parece que paco no tenía culpa y que si la virgen tendría que estar molesta con alguien, por que la quitasen de su lugar, para poner la imagen del san antonio, sería con la mujer de don sebastián que por lo visto está muy agradecida a ese santo; ya sabemos todos como es paco de interesado, y aunque hubiera pecado de exceso en su trabajo esperando una buena propina de don sebastián, de eso a que la santa le esmague un pie …

El perro se ve que es de gente fina. porque hoy cuando íbamos con el carro de las vacas, a recoger tojo a los acantilados para la cuadra del ganado, el perro se subió al carro y desde allí iba mirando como los otros perros venían corriendo detrás con la lengua fuera.


Murió don agustín, el de la tienda de los ultramarinos. No se si lo recordaras pero cuando fue el levantamiento vinieron unos falangista de la coruña para darle el paseo y fusilarlo a él y a otros vecinos. Lo digo porque al entierro de don Agustín vinieron las autoridades de la coruña y aquí no faltó ni el alcalde, ni siquiera don Sebastián.

 Como tu sabes cuando ganó la guerra franco habían venido unos falangistas de la capital para darle el paseo a él y a otros vecinos. La suerte fue que unos marineros que habían estado antes en la lonja de la coruña, al llegar al puerto de aquí, le trajeron el chivatazo ;  don Agustín tenía muchos amigos en la capital. Así que se enteró don agustín habló con don Anselmo, el que había sido alabardero del rey don Alfónso.

 Ahora que me tengo otro rato para escribirte quiero contarte que lo que te había escrito del perro, pues mira tu lo que son las cosas que sin embargo me ha dicho la niña que el perro igual no funciona bien, porque al bajar con el animalito para las lomas del monte, donde estaban las ovejas, se encontró con un corderillo recien nacido que saltaba tras su madre y el perro echo a correr despavoridamente. La niña dice que estuvo buscando toda la tarde y aún no ha aparecido. Esperamos que no haya vuelto para la casa grande de don sebastián y que vayan a pensar que igual somos muy brutos y no sabemos apreciar el regalo de su esposa.


Don Anselmo, sin más dilación se desplazó a la coruña para hablar con el hijo de un amigo con el que había servido juntos en la guardia del rey don Alfonso:  un destacado falangista que trabajaba en el gobierno civil; y le ofreció un regalo de tierras de don agustín a cambio de su vida.
 Los nacionales, como los republicanos se habían alzado contre el rey, le guardaban respeto a don anselmo por que no sabían a que atenerse con él, y también por la avaricia el falangista aceptó. Una vez aceptado el trato, don Anselmo regresó rapidamente de la coruña y movió rapidamente el regalo de tierras de don Agustín.
 El requeté que estuvo por la comarca buscando gente por las casas tenía orden de no tocar a don Agustín y algunos de los testigos que tambien figuraban entre los buscados.
Mientras que en la notaría siguiendo las instrucciones de don anselmo se demoraban todo lo que podían con las escrituras de las tierras.
 Llegado un momento, se tenía que dar aviso a la capitania general de la coruña de haber cumplido la misión y de que se habían efectuado los paseillos con la relación de  los nombres de las personas que habían sido detenidas o ajusticiadas, o como se diga en esos casos,  para que desde la capitania se informase a madrid.  Y como el tiempo ya comenzaba a apremiar se informó a madrid de que se había completado la limpieza con la relación de nombres de personas represaliadas en la provincia, entre las que claro está no figuraba el nombre de don Agustín y sus amigos.
 Asi fue como don Agustín y algunos vecinos del pueblo se salvaron: porque  tenían que estar vivos mientras no se firmaban las escrituras de regalo de parte de las tierras de don Agustín y que hoy pertenecen a don Sebastián.

Bueno. Por aquí, así, de momento no hay nada más que te pueda escribir. Perdona si algo he escrito mal que ya sabes que nunca tuve tiempo para aprender a escribir como enseñan en la escuela.


La niña abelarda, la hija de uno de los caseros de don sebastian, pobrecita tan jovencita y ella sola en la vida con un niño, se quiere marchar a la emigración que aquí la dan muy mala vida y está preocupada porque no tiene quien le cuide a su hijo.




mvf.







martes, 23 de julio de 2013

Era de noche






Era de noche y los perros ladraban al oír en la obscuridad a alguien que trataba de caminar sigilosamente sobre el camino empedrado. Apenas se veía su figura pues caminaba cobijándose en la negrura, apartada de la claridad de la luna.

Finalmente tuvo que dejarse ver en la claridad de la escasa luz de la luna, para atravesar la distancia que la separaba hasta una casa solitaria en el campo con una cerca de palos de madera que rodeaban un pequeño trozo de tierra. Caminó apurada encorvando su figura. Así que llegó a la casa, se arrimó a su muro de piedra escondiéndose de nuevo en la obscuridad entre el muro de piedra y un seto de laurel, que tras un terraplén separaba la casa de un camino que usaban los carros para ir y venir de los campos. Al cabo de un rato, tras sosegarse la respiración jadeante de su agitado pecho; petó suavemente con los nudillos de la mano en una de las ventanas de la vivienda, y esperó. No tardó en abrirse un pequeño resquicio por el que se oyó susurrando una voz.

-    ¿Quién es ? - se oyó decir al susurro.

La voz era de una señora ya entrada en años.

-    Soy Abelarda - respondió la sombra; así se llamaba la madre del sisa.

-    Y que quieres a estas horas Abelarda, niña - le respondió la voz.

-   Es que vengo a pedirle un favor muy grande que me podría hacer.

-    No vendrás a buscarme líos, niña, que don Sebastián es muy mala persona y sabe hacer mucho daño - dijo la voz de la ventana . - Hay, si dios nos librase de él, que riqueza nos daría librándonos de semejante podredumbre.

-   El favor que vengo a pedirle solo me lo puede hacer martinuka su prima - le dijo la voz, apremiando desde la obscuridad. - Dile que mi niño está en el colegio donde trabaja ella, y que por lo que más quiera que vele por él. Se lo suplico por mi vida.

-    Pero niña, que te pasa... No iras hacer alguna locura - dijo, asustada, la voz que salía por el resquicio de la ventana.

-    Cuando me pueda voy volver a coger el barco y cruzar el atlántico; y no quisiera que el niño quedase solo y no tuviese quien lo cuidase – terminó de decir la madre del sisa.

-    Yo no he escuchado nada de lo que me has dicho, niña Abelarda, que no quiero lios con Don Sebastián – dijo la voz, lo suficientemente alto para que la sombra la escuchase. - Pero anda márchate tranquila y que nadie te vea; mañana le escribo una carta a martinuka contándole cosas del pueblo y entre ellas sin querer también le escribo lo de tu niño y tú, que ella ya bien entenderá.



Al terminar, la sombra cruzó ahora por el seto de laurel para bajar por el terraplén que daba al camino. Un rayo de plata la iluminó entonces momentáneamente, al salir a la claridad de la luna en el camino, mientras desaparecía para perderse en dirección a los campos, de cara a las casas de las tierras de Don Sebastián.

Así pues martinuka era familia de las esparraguesas por que su madre era prima carnal de la abuela de las esparraguesas.

Martinuka era igual de alta y delgada como todas ellas; y además de llevar una vida anónima como las de muchas mujeres, con su escoba y su recogedor su bata, y su mandil de grandes bolsillos, de los que sobresalían sus trapos de limpiar el polvo, era algo así como un ángel de los niños pobres y abandonados.



mvf.

viernes, 12 de julio de 2013

los dientes del sisa


Un temblor recorrió el cuerpo de Sisa, al pensar que lo habían descubierto llevando los dientes de leche en la mano, y los escondió rápidamente detrás de su cuerpo cerrándola fuertemente. El padre Amapola se acercó junto al Sisa, desconcerntadolo con la amplia sonrisa que llevaba en su cara redonda. Le dio unas palmadas en la espalda y, para sorpresa del Sisa, le indicó que regresara a su aula para elogiarlo en medio de la clase por los grabados en su pupitre.

Después de dicha loa, por las protestas de Martinuka, la limpiadora, que había dado queja del estado de los pupitres, el padre planeaba anunciar a toda la clase que por la tarde les traerían unos cristales para hacer trozos, y con sus bordes afilados como navajas deberían raspar la madera de los pupitres hasta que desaparecieran todas las marcas y grabados.

Al verlos entrar en la clase, todos los niños se sentaron apresuradamente en sus pupitres guardando silencio.

- A ver, Sisa- dijo el padre Amapola poniendo énfasis en la palabra "poesías" en medio de la clase,

- me dijo un pajarito que usted es todo un filósofo escribiendo poesías sobre la madera de su pupitre.

Sisa, sin entender lo que le decían, escondía la mano detrás de su espalda, cerrándola fuertemente. Estaba pensando en las noches que había pasado poniendo sus dientes al ratoncito Pérez sin obtener moneda alguna.

Fue entonces cuando el padre Amapola se percató de que Sisa escondía algo detrás de su espalda.

- A ver, ¿qué escondes en la mano?" - le preguntó el padre.

El Sisa se quedó helado. En su puño cerrado escondía tres dientes de leche, pero al ver la mirada del padre Amapola, no tardó en mostrarle el tesoro que guardaba.

-Padre, son para el ratoncito Pérez. Llevo siete días poniéndolos por la noche bajo la almohada para que el ratoncito Pérez me deje unas monedas- dijo Sisa, derrotado, mientras quedaba en el aire la insinuación de que el ratoncito Pérez ignoraba a los niños pobres.

Lleno de ternura, el padre Amapola miró la mano abierta frente a él, en la que se veían tres pequeñas piezas dentales. Lágrimas de emoción se asomaron a sus ojos.

-¡Padre, un diente es mío - gritó un niño que estaba sentado en los pupitres más cercanos, tratando de señalar desde su sitio con un dedo acusador uno de los dientes que había en medio de la mano de Sisa. -Padre, ese diente de ahí es mío- volvió a decir.

El padre Amapola exclamó abriendo los ojos con sorpresa - ¡Pero cómo va a ser un diente tuyo! ¡A ver, a ver! - dijo el padre -acércate y abre la boca-, le indicó al niño.

El niño se acercó con su boca abierta y señaló con su dedo el hueco del diente que reclamaba. El padre Amapola miró la boca abierta, y el lugar vacío que este señalaba con su dedo. Cogió el diente que reclamaba, de la mano del Sisa, y tras comprobar que el diente correspondía al lugar señalado en la boca del niño, exclamó alzando la voz, mientras abría los ojos de estupor:

- ¡Pero... efectivamente! ¡No solo cabe el diente en el hueco, sino que este diente tiene su par gemelo del otro lado!

El niño arrebató su diente de la palma de la mano del padre, metiéndoselo rápidamente en el bolsillo de su pantalón y se fue corriendo para sentarse en su pupitre desapareciendo en el anonimato de los alumnos de la clase.

El padre Amapola miraba indignado, empequeñeciendo la figura del niño menudo que permanecía helado con la mano extendida y los dos dientes que quedaban.

-Padre, este diente es mío y ese otro diente lo encontré- explicaba el Sisa aterrorizado, sobre los dientes que aún temblaban en su mano.

Desde los pupitres se alzó otra voz para ser oída:

-Padre, el Sisa miente. El otro diente que tiene en la mano es mío..

-¡Sí! - dijo el Sisa inmediatamente - sí. Pero tú no dices que me lo vendiste por tres canicas.

-¡Que me aspen! - exclamó el padre Amapola agarrando a Sisa por una oreja. -¡Cada uno tiene que poner su diente- . Con la oreja a rastras, salieron de la clase y llevó a Sisa al despacho del padre prefecto.

El padre prefecto no estaba, en su despacho ya que era la hora en que caminaba solo, dando vueltas por el claustro, donde a primera hora vigilaba que las filas de niños llegaran a sus destinos y que todas las clases comenzaran en perfecto orden. Cuando apareció, el Sisa ya llevaba esperando una hora desde que se cerraron las puertas de todas las clases y sus compañeros entraban en el comedor. El padre prefecto venía por el pasillo, con su imponente sotana negra y su faja ceñida alrededor de su cintura, en la que asiduamente colgaba su mano izquierda entremetida. Sobre su pecho, pendiente de una cadena metálica se balanceaba de lado a lado su silbato de hierro, con el que a veces pitaba los partidos de fútbol o daba coscorrones en la cabeza de los niños. Pese a que Sisa lloró desconsoladamente, el padre prefecto no entendió en absoluto que Sisa solo quería los dientes para que el ratoncito Pérez le dejara unas monedas, como las que las mamas de los demás niños les enviaban a sus hijos en sus cartas, sin pensar en dejar algo en el cepillo de la iglesia del colegio para las misiones.




mvf 

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miércoles, 3 de julio de 2013

el padre amapola

A primera hora de la mañana, después de levantarse, los niños bajaban a desayunar al comedor y según iban terminando, subían a los lavabos de sus dormitorios para lavarse los dientes y terminar de asearse, mientrás que un bedel que corría de un lugar a otro les azuzaba; después cada uno hacía su cama y no tardaban en bajar al patio, donde aprovechaban para jugar los pocos minutos que quedaban antes de entrar en sus aulas. 
En el patio, los más madrugadores : los mayores y  los más rápidos, tenían un tiempo precioso para jugar un rato; unos lo hacían al frontón, otros jugaban a fútbol, o simplemente corrían persiguiéndose los unos a los otros; raro era el que no estaba haciendo nada.
Llegada la hora el padre prefecto que merodeaba velando por el orden en el patio, tocaba el silbato de hierro que llevaba colgado al cuello; entonces todos los niños se formaban en filas para ir entrando en las clases que les correspondían.
Una vez formados todos, las primeras fueron entrando en las clases que abrían sus puertas en el mismo patio, y al terminar empezaron a moverse las filas que iban a las clases situadas en la planta alta del edificio.
Cuando llegó el turno a la fila del sisa se puso en movimiento. La clase del sisa estaba en las aulas de la planta de arriba. Todos iban en silencio subiendo por las viejas escaleras de madera de castaño, tal vez apesadumbrados por la perdida de su ficticia libertad o simplemente tiranizados por el obligado silencio con el que tenían que subir a sus clases.
El sisa llevaba sus dientes en la mano, iban para siete días con sus noches que intentaba que el ratoncito perez le dejase unas monedas mientras dormía, con el beneplácito del celador de la noche, y aunque el padre de dibujo, que les daba la clase de latín les había explicado que el siete era un número mágico, estaba a punto de desesperar.
Iba la fila subiendo en movimiento perfecto por las escaleras a las plantas de arriba , en la que se encontraba la aula del sisa y al llegar a la planta superior empezaba a continuar por el pasillo cuando una voz detuvo llamándolo por su nombre detuvo al sisa, era el padre amapola.
La fila se estremeció levemente como si una gusano hubiera recibido un dardo en uno de sus costados y de ella emergió el sisa que quedó inmóvil en el pasillo, de pie, con sus libros, y su mano cerrada escondida en uno de los bolsillos del pantalón, mientras la fila repuesta de su herida continuaba el camino en dirección a su destino.
El padre amapola se llamaba segismundo. Era, o había sido sin saberlo aún, un joven apolíneo de rica familia que había sido metido a cura por ser demasiada fina su piel para la vida mundana. Tenía sonrisa angelical, y le llamaban así porque todo el mundo se dormía en sus clases
El padre amapola empezaba a explicar la lección  y su mirada se perdía por la ventana, y escapaba por la ventana., y se perdía soñando con en el ancho y grande mundo, y escapaba por el grande y ancho mundo del que había sido secuestrado, y cuando se había dado cuenta ya había pasado la hora de clase.



mvf.

* la historia arranca desde "una nueva aventura del sisa"